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¿Qué pasará el 1 de octubre?

No pasará nada, si por nada entendemos un cambio de estatus en la relación soberanista de Cataluña con España, lo cual no quiere decir que no pase nada.

Antonio Robles
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¿Qué pasará el 1 de octubre? Es la pregunta más recurrente después de esa otra que solemos largar en el ascensor para salvar la distancia hasta el rellano de tu piso: ¡Ufff qué sofoco! ¿Cuándo bajarán estos calores?

Son de esas preguntas pretenciosas que parecen detener la historia y no son más que flatulencias que pasan tan rápido como han venido. Lo escribió Josep Pla y lo manejó con maestría Albert Boadella: "El nacionalismo es como los pedos, que sólo gustan a quien se los tira".

Situada la seriedad de la pregunta en su justa medida, pasemos a contestarla. El 1 de octubre pasará lo que ha venido pasando estos últimos 40 años: la culminación de una estación más del Calvario según Puigdemont. Son el pueblo elegido, y solo un pueblo elegido se puede permitir plantear una campaña electoral con Artur Mas de Moisés separando las aguas del Mar Rojo.

¿Les suena el vía crucis de Cristo, también conocido como la vía dolorosa o las estaciones de la cruz? según la tradición cristiana fueron las dificultades y vejaciones que debió sufrir Cristo en su camino a la crucifixión para salvar a la humanidad.

Si fijan exactamente en este martirologio la respuesta a la pregunta podrán obtener la respuesta.

No pasará nada, si por nada entendemos un cambio de estatus en la relación soberanista de Cataluña con España, lo cual no quiere decir que no pase nada. Pasar, pasará, pero sólo aquello circunscrito a la necesidad vital de los nacionalistas de sentirse un poco más víctimas. En ese escenario, cada vez más cerca de la cruz, tendrán necesidad de escenificar un nuevo drama adornado con activismo callejero, lamentos y performances destinados a quebrar el corazón de las buenas gentes allende nuestras fronteras. Su objetivo húmedo: dar lástima, provocar pena y desamparo a nivel internacional. ¿Para qué? Para deslegitimar la democracia española y ganar adeptos. Populismo de la peor estofa. Mientras tanto, los pobres infelices seguirán cobrando los sueldos más altos de España, gastando en el procés (el Calvario) a cuenta de los servicios sociales y las políticas de empleo, seguirán aumentando la deuda de Cataluña, depurando a responsables dudosos y asegurándose las instituciones catalanas con personajes cada vez fanatizados.

¿Hasta cuándo? Hasta que el cuerpo aguante o logren pervertir sin marcha atrás la mente de una generación más de escolares, a ver si logran por fin la mayoría electoral. Mientras tanto, habrán roto definitivamente cualquier compromiso con la ley y la dialéctica racional. Para que se me entienda, para convertir Cataluña en una grada del Camp Nou donde las reglas se reducen a ser del Barça o del Real Madrid. O del Español, que viene a ser lo mismo en versión interna.

"Una vez inmersos en esta vorágine de creencias alimentadas por los sentimientos, el recurso a la racionalidad de los hechos es inútil, porque no solo los valores de la ética no son evidentes por sí mismos, sino que el lenguaje emotivo usado por los demagogos es inmune a los hechos. Esto lleva irremisiblemente, en las condiciones adecuadas, a que una mayoría de votantes decidan primando sus opiniones subjetivas sobre cualquier información objetiva. Es decir, cuando el votante opta por la fe en la certeza de los hechos alternativos que le llegan a través de los medios sociales, la verdad objetiva pasa a ser una opción más, y no una regla de oro" (Santi Mondejar).

Pues eso.

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