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Últimas tardes con Juan Marsé

En su tierra catalana, después de muerto, le han hinchado a palos en las RRSS.

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En su tierra catalana, después de muerto, le han hinchado a palos en las RRSS.
Juan Marsé | EFE

A burro muerto, la cebada al rabo, dice sabiamente el refranero español para lamentar la falta de reconocimiento de aquellos a quienes se ignoró en vida. Así es España, olvidadiza y roñosa con el mérito del vivo y muy generosa con el del muerto; más por adornarse con el gesto que por reconocer al muerto.

No es el caso de Juan Marsé, Premio Planeta 1978, Premio Ciudad de Barcelona 1985 y Premio Cervantes 2008, entre otros laureles. Aunque desgraciadamente en su tierra catalana, en vez de cebada al rabo después de muerto, le han hinchado a palos en las RRSS. Un detector sin igual de la burricie supremacista.

La Cataluña nacionalista también en esto es diferente del resto de España. Lo ignora en vida y lo despelleja en cuanto muere. Dos desprecios en uno. Es la medicina que reservan para los malos catalanes. Para los buenos catalanes, sueldos generosos, adjudicación de contratos públicos y premios a granel desde la pila bautismal del Barça. Hasta el fútbol entra en el lote. Para el resto, ni agua. Una manera de ser un mal catalán es escribir en español. Cosa que Juan Marsé ejerció con la belleza reservada a los grandes.

El desprecio cosechado por esa atmósfera camorrera contra Marsé queda reflejado especialmente en el mundo de la cultura. Como el tuit del escritor Jaume Nolla i Martí, tan exquisitamente xenófobo. Traduzco:

Ha muerto un escritor español que vivía en nuestra casa y que tenía la jeta de retratar su realidad haciéndola pasar por la realidad general del país. Además era tan caradura que atacó siempre la lengua catalana, despreciándola constantemente. Dios lo haya perdonado. Yo no.

Sólo le faltó llamarle bastardo y malnacido por su origen.

La polvareda que ha infectado las RRSS refleja algo más que el mal gusto o la escasa generosidad con un hombre bueno. No fue Marsé un escritor dado al activismo social ni a la beligerancia contra el statu quo del nacionalismo a la manera de Albert Boadella, Félix de Azúa o Iván Tubau, aunque no dejó de decir de guindas a peras alguna obviedad sobre su anacronismo:

Nos han incrustado recuerdos falsos. Están creando imágenes de un pasado histórico que en un porcentaje bastante elevado es pura filfa. Están creando un pasado de fantasía en un país de fantasía. A la gente le emociona y le gusta mucho como una película de Disney.

Remarco lo de hombres de cultura, porque Joaquim Torra, el de las bestias que hablan castellano, también es hombre de cultura, como lo es la actual consejera de Cultura del Gobierno de la Generalidad, Mariàngela Vilallonga, que hace unos días reprendía a la dirección de TV3 porque oía demasiado castellano en la cadena (¡qué detector de partículas virtuales tan agudo gasta la señora!), para incluir días después al Parlament, porque también en él se habla demasiado castellano. Según ella, las lenguas propias de Cataluña son el catalán, el occitano-aranés y el idioma de signos catalán. La estrella de David al menos te reconocía tu condición de judío. Aquí, ni siquiera el 55,3% de ciudadanos de lengua materna española existe. Y si existe no tiene lengua.

No son anécdotas, ni la rauxa viene de ahora. Ya en 2007 excluyeron de la Feria del Libro de Frankfurt a todos los escritores que escribían en castellano por no ser de cultura catalana. No es una cuestión de cicatería o mala educación, falta de generosidad o escasa tolerancia, es racismo cultural, lo peor de la mentalidad totalitaria de los años treinta. Porque negar la existencia de una colectividad, sea esta cultural, religiosa, lingüística, sexual o de cualquier otra índole, es racismo, y éste siempre ha sido el alma del totalitarismo y del fascismo.

Hace muchos años advertí de que el ejército de Cataluña eran sus maestros. Que nadie se llame a engaño, la clase política nacionalista y la casta cultural que la dirige sólo se diferencian del nacionalsocialismo en las armas; este utilizó la violencia para eliminar a los malos alemanes, aquellos utilizan la cultura identitaria para despojar de derechos a los malos catalanes. Y ahora indígnense desde sus cómodos sepulcros blanqueados.

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