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De jarabe a purgante

A los que dirigían, alentaban y elogiaban los escraches, lo que les toca es aguantarse

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Todos hemos escuchado a Pablo Iglesias presumir de las cualidades terapéutico-democráticas de los escraches –como denomina la izquierda a sus operaciones organizadas de acoso– y de lo bueno que era para todos que una pandilla de energúmenos gritasen e insultasen a la puerta de un banco, en el mitin de un partido o frente a la casa de un político del PP.

Es más, todos hemos visto las imágenes del propio Iglesias irrumpiendo como jefe de la jauría en un acto para no dejar hablar a Rosa Díez gritando eslóganes muy al uso, como"¡Fuera fascistas de la Universidad!" y similares fascistadas, tan del gusto del extremo no tan opuesto del totalitarismo.

Eran otros tiempos en los que la palabra casta no se le caía de la boca a "la gente", aquella juventud sin futuro que decía protestar por "los de abajo", pero que en realidad estaba llamando a la puerta del paraíso de las poltronas, los sueldecitos y las prebendas.

Ahora, ay, "la casta" son ellos y sus latisueldos de diputados, presentadores, escritores y lo que caiga. Son ellos… o no: igual es que a Iglesias y a Montero, por ejemplo, les ha pasado lo que a Pedro Sánchez, que era una persona antes de entrar en la Moncloa y ahora es otra; en su caso, el hito divisor es el chalé de Galapagar.

Casta de chalé que el pueblo sólo puede ver mirando hacia las alturas de las urbanizaciones junto al campo, los coches semioficiales y las alfombras oficialísimas. Así que, es comprensible, algunos sienten la necesidad de decirles lo que piensan de ellos a gritos y con modos y maneras escracheantes.

Pero hete aquí que para él esto no son escraches, pásmense ustedes: ahora los que gritan e insultan a un político poderoso ya no son la vanguardia del pueblo indignado, sino que se han convertido en"violentos encapuchados de extrema derecha".

Aunque tengo que reconocer que la fulminante mirada de odio de Iglesias a sus insultadores me ha resultado de lo más divertida, la verdad es que no me gustan nada las escenas en las que se insulta y se grita a alguien en la calle bajo el amparo cobarde de que la persona acosada no puede responder, bien por encontrarse en minoría, bien porque su posición social o política se lo impide.

Eso sí: somos los que criticábamos antes estos acosos los que tenemos la legitimidad para censurar que alguien vaya a insultar a Iglesias a la puerta de una librería o a quien sea a la puerta de un juzgado, que es una actitud patética, antidemocrática y propia de gentuza totalitaria… como los podemitas que con tanto fervor los practicaban.

En cambio, a los que dirigían, alentaban y elogiaban los escraches lo que les toca es aguantarse; y si a Pablo Iglesias le parecía jarabe democrático y ahora le resulta un mero purgante, lo sentimos mucho, pero así de dura es la vida de "la casta".

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