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El fracaso de Tsipras ya es el fracaso de Iglesias

Negar la realidad es una de las características definitorias de la izquierda, y en eso Podemos raya la excelencia.

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Dentro de la ola de insensatez y cobardía en la que España lleva metida más de una década, en este año 2015 hemos tenido bastante suerte: en pocas ocasiones un país tiene la oportunidad de escarmentar en cabeza ajena de los males que está a punto de infligirse.

Seducidos por la palabrería de un grupo de charlatanes universitarios, engañados por unos profesionales de la comunicación que en lugar de informar viven para imponer su agenda pseudorrevolucionaria –y mientras tanto forrarse, dicho sea de paso–, los españoles han estado a punto de confiar la solución de sus muchos problemas a una izquierda que tiene mucho más de radical e inconsistente que de nueva.

Pero, mira tú por donde, en el mismo año en el que podía consumarse el desastre Tsipras, Varoufakis y demás podemitas helenos se han apiadado de nosotros y nos ha enseñado el lugar al que llevan la mentira y la soberbia de aquellos que se creen amos del mundo pero en realidad tiene mucho que aprender: al desastre.

Me ha sorprendido la forma en la que Pablo Iglesias ha vuelto a abrazarse este lunes a un proyecto que ya es un completo fracaso y que ahora es su fracaso. No es una decisión muy inteligente, pero hay que reconocerle que es coherente: los parecidos entre Podemos y Syriza van mucho más allá de lo ideológico, que no es poco, y realmente se trata de partidos dominados por élites bastante similares en lo personal e incluso en lo psicológico. Uno mira a los Monederos y a los Varoufakis y se da cuenta de que muchos de ellos son el mismo tipo de profesor universitario acomodado, que no ha trabajado en su vida y que se cree que por controlar una facultad en una universidad de tercera es el mayor lince de la política desde Talleyrand.

Tipos francamente engreídos que creen que pueden apoyar sin despeinarse una cosa –la lucha a degüello contra la malvada troika, el referéndum "para que el pueblo hable"– y la contraria: el pacto en condiciones durísimas de Tsipras, pasarse la consulta por la Acrópolis y hacer lo que te dé la gana…

Iglesias se abraza a Tsipras en la confianza de que éste ganará las elecciones y con el típico discurso de que el griego es estupendo porque "deja decidir a la gente" –por cierto, que ser gobernante a veces consiste en gobernar–, pero su fracaso es incontestable: en siete meses, el que lo prometió todo y se creía capaz de todo ha ido de los unicornios al corralito.

Negar la realidad es una de las características definitorias de la izquierda, y en eso Podemos raya la excelencia: pueden fracasar una y otra vez –y de hecho lo hacen en Venezuela, en Argentina, en Grecia…– y ellos siguen erre que erre con sus mantras. Yo creo que ya no cuela: hasta los desnortados españolitos se están dado cuenta de que Iglesias y los suyos son un fraude, un seguro naufragio en Atenas… y en Madrid.

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