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El PNV nunca ha sido de fiar

El PNV no ha apoyado ninguna de las medidas que desde la legalidad y el Estado de Derecho se han ido tomando para combatir a la banda terrorista.

Cayetano González
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Reciente todavía el fallecimiento de Adolfo Suárez, no está de más recordar que fueron él y la UCD quienes en la transición política llegaron a un pacto tácito, no escrito, con el PNV, por el cual se aprobó el Estatuto de Guernica, que, junto a los conciertos económicos, dotó al País Vasco de un poder real como nunca antes había tenido. Además, el Gobierno de Suárez llegó a facilitar que ese poder fuera administrado desde el Gobierno vasco y las diputaciones forales por el propio PNV. A cambio, se pidió a este partido que fuera leal al marco constitucional y estatutario y que colaborara en la derrota de ETA.

Transcurridos treinta y siete años de aquel pacto, el balance del cumplimiento del mismo por parte del nacionalismo vasco no puede ser más desolador. No apoyaron la Constitución; hace años que al Estatuto de Guernica lo han dado por muerto; desafiaron la soberanía nacional con el conocido como Plan Ibarretxe y ahora han planteado en el Parlamento autonómico una ponencia que estudie un nuevo marco político para Euskadi.

En cuanto a la lucha contra ETA, el PNV no ha apoyado ninguna de las medidas que desde la legalidad y el Estado de Derecho se han ido tomando en estos años para combatir a la banda terrorista. Si ETA se encuentra en la actualidad derrotada policialmente, que no políticamente, se debe única y exclusivamente a la labor eficaz de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, es decir, de la Guardia Civil y del Cuerpo Nacional de Policía, porque la Ertzaintza, como policía que ha estado sometida casi siempre a los dictados y conveniencias políticas del PNV, se puede apuntar muy pocas medallas.

En los últimos tiempos, el PNV se encuentra a rebufo del desafío soberanista protagonizado por Artur Mas y ERC en Cataluña, a la espera de cómo se sustancia. Pero de vez en cuando enseña la patita, como ha sucedido este pasado domingo durante el Aberri Eguna (Día de la Patria vasca), que ya son ganas de mezclar lo divino con lo humano y fijar –lo hizo el iluminado de Sabino Arana– el Domingo de Resurrección como fecha para llevar a cabo esa celebración.

Urkullu, que en sus intervenciones públicas es mas bien un tipo triste y aburrido, nada que ver con la marcha que le metía Xabier Arzalluz a los mítines, ha vuelto a repetir el racaraca nacionalista de siempre: "Euskadi, nación Europea", "en España tienen un problema, y es que sólo saben decir que no". La suerte que tiene Urkullu es que luego en “Madrid”, como dicen ellos, surgen gentes como el lenguaraz, torpe e inoportuno ministro de Asuntos Exteriores, García Margallo, que les baila el agua y sin saber de la misa la media dice esa tontería de que el Gobierno está dispuesto a dialogar con el PNV sobre el futuro del País Vasco. ¿Dialogar sobre qué y para qué, señor ministro?

El PNV siempre ha jugado con esa ventaja de que hay mucho tonto útil en la Villa y Corte. Y, en última instancia, cuando le ha visto las orejas al lobo –como en la reacción social que hubo en el País Vasco tras el asesinato a cámara lenta de Miguel Ángel Blanco en julio de 1997–, ha pactado con ETA y santas pascuas. Ellos quieren tener todo el poder y suelen presumir de estar en la centralidad, de ser capaces de pactar con todos: lo mismo hacen un gobierno de coalición en el País Vasco con el PSE, que apoyan la investidura de Aznar o que, repito, pactan con ETA o con algunas de sus marcas políticas.

En el fondo y en la forma, el PNV es un partido profundamente desleal con la democracia española e insolidario ya no con el resto de España sino con los propios vascos que no son nacionalistas. No digamos nada sobre el comportamiento que ha tenido durante muchos años con las víctimas del terrorismo.

Pero como los dos grandes partidos han renunciado a dar la batalla ideológica contra los nacionalismos vasco y catalán, habrá que colegir que el futuro pinta bien para ellos y mal para el resto. No sé si conseguirán, como decía Urkullu, ser una nación en Europa, pero no estaría de más que el lehendakari tuviera presente lo que hace años dijo su pope Xabier Arzalluz: "Con la independencia, en Euskadi no nos da ni para plantar berzas".

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