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El presidente del Gobierno de España anuncia en Australia que visitará Cataluña

Lo primero que debería hacer Rajoy en Cataluña sería pedir perdón a los españoles, por no haber querido ni sabido defender la Constitución y la ley.

Cayetano González
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No recuerdo que hubiera pasado nunca antes: el presidente del Gobierno del Reino de España anunciando con cierta solemnidad en una rueda de prensa celebrada en el extranjero –en Australia– que tiene previsto visitar próximamente una parte del territorio nacional y todos los medios dándolo como gran noticia destacada. O aquí nos hemos vuelto todos locos, incluidos los periodistas; o Rajoy considera que Cataluña es ya una especie de Estado Libre Asociado a España y por lo tanto su próximo viaje será su primera visita a la otrora comunidad autónoma, lo que sí sería un hecho noticioso; o, lo que es lo más probable: el dislate con el que Moncloa ha afrontado el proceso secesionista impulsado por Artur Mas y Oriol Junqueras ha alcanzado con este anuncio desde Australia unos niveles esperpénticos.

Para justificarlo, Rajoy dijo que quería explicar bien a los catalanes cuál era su posición respecto al reto soberanista planteado por los partidos independentistas, y en un ejercicio de autocrítica que sonó poco sincero reconoció que podían haberse cometido fallos de comunicación. Uno, que ya tiene alguna experiencia en esto de la comunicación política, piensa que cuando un responsable político intenta disimular sus carencias en lo de los fallos de comunicación, en realidad lo que está reconociendo es que tiene muy pocas ideas para comunicar.

Los fallos cometidos por Rajoy en la denominada cuestión catalana son de otro orden. Hagamos un rápido repaso:

Ha errado en el diagnóstico. Después de la Diada de 2012, cuando era evidente el camino que había emprendido Artur Mas, el presidente del Gobierno se refirió a los análisis que se hacían o a los mensajes que llegaban desde Cataluña como "dimes y diretes". Si se falla en el diagnóstico, aplicar la solución correcta se convierte en un ejercicio casi imposible.

Además, ha renunciado a dar la batalla política, la batalla de las ideas en Cataluña. Si la dieron en su día el Gobierno de España y el PP vasco –en los años de Aznar, Mayor Oreja, María San Gil, Carlos Iturgaiz– contra el nacionalismo obligatorio del PNV y la violencia de ETA.

Para haber dado esa batalla con cierta garantía de éxito, lo primero que tenían que haber hecho Rajoy y la secretaria general del PP es jubilar a la directiva de los populares catalanes, especialmente a Alicia Sánchez Camacho, que ha demostrado con creces que no da la talla, y así lo confirman los ciudadanos elección tras elección. El PP ya es una fuerza irrelevante en Cataluña, como lo es en el País Vasco o en Navarra.

En esa batalla por la defensa de la libertad y de los valores constitucionales no sobra nadie, y el presidente del Gobierno debería intentar sumar y no restar en ese empeño. Lo digo por el desdén con el que Rajoy y el PP han tratado a Ciudadanos, a UPyD o últimamente al movimiento Libres e Iguales, donde hay personas de todas las ideologías a las que les une algo esencial: la defensa de la Nación y de la libertad.

No se puede estar durante tres años, como ha hecho el PP en Cataluña, apoyando los Presupuestos de un Gobierno de la Generalitat que te está diciendo todos los días que lo que quiere es irse de España. O eres muy tonto o muy masoquista, o ambas cosas a la vez.

Tampoco se puede ensalzar e intentar tener como interlocutor –destacando su aparente "sensatez"– a un personaje como José Antonio Durán Lleida, un profesional de la política, democristiano para más señas, que por las mañanas, cuando se despierta en la suite del Palace, es autonomista y no independentista, al mediodía tiene dudas y por la noche ya no se aclara. El Gobierno de Rajoy ha querido hacer creer en bastantes ocasiones que Duran Lleida era el poli bueno y Artur Mas el malo.

El discurso de la ley y las reiteradas ofertas de diálogo repetidas hasta la saciedad por Rajoy, por la portavoz Soraya o por el lenguaraz Margallo se han demostrado falsos de toda falsedad. En el 9-N no se aplicó la ley, hubo urnas y papeletas en la calle, hubo un desafío al Estado de Derecho; y en cuanto al diálogo, hemos sabido posteriormente que consistió en mandar a Pedro Arriola y al fontanero mayor de Felipe González y Zapatero, José Enrique Serrano, a intentar mercadear con un personaje que no pintaba nada en el entorno de Mas, Joan Rigol, que no se celebrara la consulta. Lo que no se sabe es a cambio de qué, aunque nos lo podemos imaginar.

El último, hasta el momento, error de Rajoy en relación con Cataluña ha sido su peculiar análisis de lo sucedido en aquella parte del territorio nacional el 9-N, hecho tres días después de haberse llevado a cabo la parodia de referéndum. Primero habló David Cameron sobre Cataluña; luego lo hizo Rajoy. Decir, como hizo éste, que la consulta constituyó un sonoro fracaso es un intento bastante infantil de hacerse trampas en el solitario. Añadir, sin que nadie preguntase, que su actuación ese día fue "sensata" y proporcionada, aparte de dejar patente el alto concepto que Rajoy tiene de sí mismo, define perfectamente al actual inquilino de La Moncloa y explica muchas de las cosas que los ciudadanos, y especialmente quienes dieron su voto al PP en las elecciones generales de hace tres años, han tenido que padecer en todo este tiempo.

Por eso, lo primero que debería hacer Rajoy en su anunciado viaje a Cataluña, que al parecer realizará el próximo día 29, sería reconocer esos errores y pedir perdón en primer lugar a los españoles, por no haber querido ni sabido defender la Constitución y la ley en Cataluña; también a los catalanes no independentistas que se han sentido desamparados, desasistidos, abandonados por el Gobierno de España que preside; y a los militantes y votantes del PP, que en una proporción que se podrá evaluar en las próximas citas electorales están literalmente hartos de este presidente, que lleva camino de ser, junto a Zapatero, el peor jefe del Ejecutivo que ha tenido España en mucho tiempo. Sí, sí, a la altura del nefasto Zapatero. Hasta ese punto está llegando la insolvencia y la mediocridad como gobernante de Mariano Rajoy Brey.

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