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El PSOE y los presos de ETA

Uno siempre podrá agarrarse a la extraordinaria exhortación de mi querido y admirado Gabriel Moris, que perdió a un hijo en el 11-M: "No olvidar lo inolvidable".

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¿Quién se puede extrañar de que una de las primeras medidas del Gobierno de Sánchez vaya a ser acercar a los presos de ETA a cárceles ubicadas en el País Vasco, incluso excarcelar a algunos de ellos? Ya no es que esta sea una de las contrapartidas que el nuevo presidente del Gobierno tenga que pagar al PNV por su apoyo en la moción de censura. Es que un simple repaso de la estrategia seguida por el PSOE en la lucha contra ETA, sobre todo desde la llegada de Zapatero al poder (2004), lleva de forma irremediable a comprender que ahora adopte esa medida.

Un partido que estando en el Gobierno, etapa de Zapatero, negoció políticamente con ETA en numerosas reuniones, celebradas tanto en Loyola como en Oslo; un partido y un Gobierno que cedieron al chantaje del sanguinario asesino Iñaki de Juana Chaos; un partido –Patxi López, Rodolfo Ares– que se reunió en un céntrico hotel de San Sebastián con los cabecillas del brazo político de ETA cuando Batasuna estaba ilegalizada; un partido y un Gobierno que, siguiendo el guion de la banda terrorista, internacionalizaron el conflicto llevándolo al Parlamento Europeo o permitiendo la vergonzosa conferencia de Ayete; un partido y un Gobierno que forzaron, a través del Tribunal Constitucional, la vuelta a la legalidad de Batasuna, contraviniendo la decisión del Supremo… Con todos estos antecedentes, ¿por qué no va el PSOE a acercar y excarcelar a los presos de ETA, una vez que tiene el argumento de que la banda terrorista ya no mata? Está en la lógica de los hechos que lo haga, y el actual líder de ese partido y presidente del Gobierno ha anunciado que lo hará, acompañado de un lacónico "Yo no me escondo".

Lo grave de esta decisión es que será percibida por las víctimas del terrorismo y por la sociedad española como lo que en realidad es: una cesión al mundo de ETA. Aquellas bonitas palabras de que a la banda terrorista no había que premiarla por dejar de asesinar se las lleva el viento. Estamos ante una nueva ofensa a quienes han sufrido directamente el terrorismo y a toda una sociedad que durante unos años, sobre todo a raíz del asesinato de Miguel Ángel Blanco (1997), supo reaccionar, salir a la calle y estar siempre y de forma incondicional al lado de las víctimas.

Pero los tiempos cambian y, en la actualidad, la capacidad de reacción de la sociedad ante hechos de este tipo no es la misma. A este clima de falta de reacción social contribuyó en los últimos años el Gobierno de Rajoy. Su falta de política antiterrorista propia fue clamorosa; sus maniobras para dividir a los colectivos de víctimas del terrorismo, algo vergonzoso; la suelta de Bolinaga, el capítulo más negro de un partido que tiene tantas víctimas en sus propias filas.

Por eso, en un momento en que el PP se juega su futuro, el gesto de Pablo Casado de empezar su campaña electoral en Ermua ante el monolito de Miguel Ángel Blanco fue un motivo de esperanza para pensar que todavía queda gente en ese partido que tiene el sentido de la dignidad y del respeto que las víctimas merecen.

Me gustaría equivocarme, pero pienso que, cuando el Gobierno de Sánchez lleve a cabo esos acercamientos y excarcelaciones de presos de ETA, las muestras de desacuerdo serán escasas. Se argumentará que hay que mirar al futuro, incluso algunos se atreverán a pedir a las víctimas o a quienes muestren su oposición que no alimenten el rencor y que apuesten por la reconciliación. Pero uno siempre podrá agarrarse a la extraordinaria exhortación de mi querido y admirado Gabriel Moris, que perdió a un hijo en el 11-M: "No olvidar lo inolvidable".

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