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El único cambio sustancial

Rajoy desaprovechó la ocasión de prestar un último servicio a su partido: anunciar su renuncia a ser el candidato a la Presidencia del Gobierno.

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Mariano Rajoy desaprovechó el pasado jueves, ante el comité ejecutivo de su partido, la ocasión de prestar un último servicio, que en este caso hubiese ido en la buena dirección: anunciar su renuncia a ser el candidato a la Presidencia del Gobierno en las próximas elecciones generales. No solamente no lo hizo, sino que los cambios que comunicó –la incorporación de tres nuevos vicesecretarios generales y el nombramiento de su jefe de gabinete como director de la campaña electoral– a los dóciles miembros de la ejecutiva dejaron un claro poso de insuficiencia para intentar revertir la grave situación del PP. El único cambio sustancial hubiese sido la marcha de Rajoy, pero el interesado y afectado no estaba por la labor.

Desconozco si el actual presidente del Gobierno hizo caso al consejo que le dio tras las pasadas elecciones municipales y autonómicas uno de sus barones regionales, el burgalés Juan Vicente Herrera. No sé si Rajoy se miró al espejo y concluyó que él seguía siendo el mejor candidato. La autoestima del político gallego es tan alta que dudo de que haya necesitado poner en práctica el citado consejo.

Contaba Pablo Montesinos este fin de semana en una de sus habituales crónicas bien informadas del estado interno de la familia popular que varios barones y dirigentes del partido habían comentado a raíz de los cambios hechos públicos por el presidente del PP el pasado jueves: "Para bien o para mal, estamos en manos de Rajoy". Da la impresión de que esos barones se acaban de caer de un guindo, porque el PP está descaradamente y añadiría que hasta despóticamente en manos de Rajoy desde hace mucho tiempo. Como lo estuvo en un pasado en manos de Aznar y antes en las del difunto Fraga. Eso es lo que tienen los partidos muy presidencialistas y con nula o escasa democracia interna.

En manos de Rajoy estuvo poner a María San Gil o a Jaime Mayor en una tesitura que al final ambos optaron por irse a su casa; Ortega Lara y Santiago Abascal se dieron de baja en el partido y fundaron Vox; Manuel Pizarro se hartó de su infrautilización en el Congreso de los Diputados tras las elecciones del 2008 y decidió volver al mundo empresarial; muchas víctimas del terrorismo se hayan sentido traicionadas, sí, traicionadas, por la no política antiterrorista de Rajoy, que tuvo en la puesta en libertad del torturador-secuestrador de Ortega Lara Josu Bolinaga una de sus expresiones más repugnantes e hirientes.

En manos de Rajoy han estado muchas designaciones de candidatos que producen sonrojo por la falta total de democracia interna en que se han producido: ¿se nos ha olvidado lo que tardó en designar a Arias Cañete como cabeza de lista en las europeas?, ¿o cómo decidió que fuera Moreno Bonilla el candidato en Andalucía, en contra de la opinión de su secretaria general?, ¿o lo que tardó en aclarar quiénes iban a ser los candidatos en una plaza tan importante como Madrid, sometiendo tanto a Ignacio González como a Esperanza Aguirre a un desgaste y a una espera insoportable que, además, en el caso del primero acabó en su defenestración?

Rajoy tiene todo el derecho a ser el candidato de su partido en las próximas elecciones generales. Entre otras cosas, ya se ha encargado él durante estos años de crear las condiciones internas para que casi nadie se atreva a toserle, lo cual también dice muy poco de la vitalidad del PP y de sus dirigentes.

La cuestión de aquí al día de las elecciones generales es si el PP será capaz de recuperar y en qué proporción el voto que en las europeas y municipales se quedó en casa o se fue a otras opciones políticas, fundamentalmente a Ciudadanos.

El PP necesita como agua de mayo que vuelvan muchos de sus antiguos votantes, porque con el 27% que obtuvo el 24-M podría ser el partido más votado, pero no estaría en condiciones de formar gobierno, ya que se movería en una horquilla de escaños de 120-130. En ese supuesto, y siempre que el PSOE sacase un voto más que Podemos, que nadie dude de que Pedro Sánchez y Pablo Iglesias llegarían a un pacto para aupar al primero a La Moncloa. Y si en ese pacto necesitaran la ayuda de algunos nacionalistas, como ERC, BNG, Compromís, incluso PNV y Convergencia, la tendrán.

Para la tarea de recuperar al votante desencantado del PP, Rajoy es el peor candidato. Tiene un nivel de rechazo en la opinión pública muy alto, y su valoración en las encuestas es muy baja. No creo que esa falta de empatía de Rajoy pueda ser cubierta por un voluntarioso Pablo Casado o por una desconocida Andrea Levy. El problema y la enfermedad que padece el PP no se resuelven con unos cuantos cambios de caras. Es mucho más profundo y grave. Afectan a las ideas y a los principios que durante estos últimos cuatro años han sido claramente abandonados y despreciados por quien se ahora se empeña en seguir al frente de la nave.

Es verdad que, al igual que en 2011 el desastre de las políticas de Zapatero propició la victoria popular, en el momento actual el ver ya en varios ayuntamientos las actitudes, los modos y las políticas de Podemos, junto a la deriva confusa del PSOE y la inconsistencia de su líder, puede ayudar de rebote al PP. La duda es cuánto puede recuperar este partido, si recupera, de aquí a noviembre. Y para esa tarea Rajoy no es el mejor instrumento. Hace tiempo que se convirtió no en la solución, sino en una parte muy importante del problema que tiene el centroderecha en España.

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