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ETA lidera el 'proceso'

Desde la transición democrática, el PNV no ha apoyado ni una sola de las medidas que desde las instituciones se han tomado para combatir a ETA.

Cayetano González
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El apoyo prestado por el PNV a ETA, convocando conjuntamente con Sortu -una de las marcas políticas que usa la banda terrorista- la manifestación del pasado sábado en Bilbao a favor de los presos de ETA, no debería sorprender a nadie medianamente avezado en dos cuestiones: la trayectoria histórica del partido fundado por Sabino Arana y quién dirige eso que se ha venido en llamar "el proceso".

Vayamos por partes.

El PNV siempre ha visto a ETA como ese hijo descarriado que un día se fue de la casa del padre. Aparte de la similitud con la parábola evangélica del hijo pródigo que en algunos pueda suscitar esta comparación, es que además literalmente fue así. Euskadi eta Askatasuna (Euskadi y Libertad), ETA, nació en 1959 como consecuencia de una escisión dentro de EGI, las juventudes del PNV. Los cachorros de este partido consideraban que sus mayores no eran todo lo contundentes que había que ser en la lucha contra el régimen de Franco y por eso decidieron fundar ETA. La mayor contundencia consistió en que al poco tiempo empezaron a pagar tiros y a poner bombas.

Desde entonces el odio, no africano sino profundamente eukaldún, que ETA y su mundo han sentido por el PNV ha sido una constante en el devenir de lo que ahora se llama "la izquierda abertzale". Como también lo han sido los continuos salvavidas que el PNV ha lanzado a la banda terrorista cuando esta se ha visto con el agua al cuello. Recordemos, por ejemplo, lo que sucedió tras el asesinato a cámara lenta de Miguel Ángel Blanco en julio de 1997. A raíz de este atentado hubo una explosión social de rechazo a ETA en general y al nacionalismo obligatorio del PNV en particular como nunca se había producido antes en el País Vasco. ¿Qué hizo el partido presidido entonces por Arzalluz? Irse con ETA y con los comparsas de Eusko Alkartasuna a Estella y firmar el pacto que lleva el nombre de esa localidad navarra, por el cual, entre otras lindezas, se comprometían PNV y EA con la banda terrorista a expulsar de la vida política vasca a los partidos constitucionalistas, el PP y el PSE-EE.

Desde la transición democrática, el PNV no ha apoyado ni una sola de las medidas que desde las instituciones se han tomado para combatir a ETA. No apoyaron la Ley de Partidos, criticaron hasta la saciedad decisiones judiciales como el encarcelamiento de la Mesa Nacional de Herri Batasuna y su posterior ilegalización, el cierre de Egin, el mantenimiento por parte de los Gobiernos de Aznar de la política penitenciaria de dispersión de los presos, la aplicación de la Doctrina Parot hasta su reciente derogación. Y así hasta el infinito.

La colaboración de ETA con el PNV tuvo su punto culminante cuando el 30 de diciembre de 2004 el conocido como Plan Ibarretxe fue aprobado en el Parlamento vasco gracias a que la marca de la banda terrorista en la Cámara Vasca, Sozialista Abertzaleak, prestó tres votos al PNV –uno de ellos, el del entonces parlamentario Arnaldo Otegui– para que pudiera salir adelante.

Con estos precedentes, no es de extrañar que, en lo que sin duda ha sido una decisión profundamente indigna e inmoral, el PNV diera el pasado viernes un paso al frente y, tras la prohibición dictada por la Audiencia Nacional contra la manifestación convocada por la plataforma Tandaz Tanta, decidiera hacer él otra convocatoria junto a Sortu, EA, Aralar, Alternatiba y los sindicatos ELA y LAB. Una manifestación cuya coreografía y gritos a favor de la independencia y de los presos de ETA puso en evidencia que quien dirigía el cotarro eran los amigos de la banda terrorista y los demás, incluido el PNV, meras comparsas.

ETA ha conseguido de nuevo arrastrar al PNV a su huerto y de paso dejar bien claro quién manda y quién lidera el "proceso". Esto le ha producido una enorme satisfacción, como se desprende de las declaraciones hechas estos días por diferentes dirigentes de Sortu. ¿En que consiste ese "proceso"? Sustancialmente en lograr la ruptura de España y, en segundo lugar, en conseguir el máximo poder en el País Vasco y Navarra para instaurar su proyecto totalitario de una Euskadi socialista e independiente.

Respecto a la ruptura de España, ETA tiene que estar muy satisfecha de cómo van las cosas. Su reunión en Perpignan en enero de 2004 con ERC y la posterior tregua, solo para Cataluña, ya ha producido sus frutos. Diez años después, el desafío independentista catalán está lanzado con toda nitidez por CiU y ERC. En cuanto al País Vasco, tanto ETA como el PNV esperarán a ver cómo transcurre lo de Cataluña, bien para volver a tomar el relevo, si el pulso planteado por Mas se atasca, bien para apuntarse los siguientes en la lista, si ven que hay barra libre para la independencia. De momento, el PNV ya ha puesto en marcha en el Parlamento vasco una ponencia para estudiar un nuevo estatus jurídico y político para la región.

En cuanto a la consecución de mayores cotas de poder, las próximas elecciones autonómicas vascas, previstas, si el lehendakari Urkullu no las adelanta, para el otoño de 2016, son una cita clave para ETA. Tiene difícil conseguir ese triunfo, pero lo va a intentar, y en cualquier caso para tener posibilidades de lograrlo necesita que Arnaldo Otegui, actualmente en la cárcel, sea su cabeza de cartel. Que Otegui salga o no de prisión es una decisión que está en manos del Gobierno y de los jueces. Por lo tanto, pongámonos en lo peor.

Parte fundamental para el éxito del "proceso" es que la izquierda española siga desempeñando el mismo papel que hasta la fecha. Me refiero a la izquierda política, social y mediática. Si uno se para a ver lo que han hecho el PSOE, algunos denominados intelectuales de izquierda y el grupo Prisa en estos últimos años, y lo que siguen haciendo en el momento presente, habrá que concluir que están haciendo bien su labor de acompañantes de ese "proceso". La alianza histórica de la izquierda con ETA nunca ha desaparecido, siempre ha estado ahí.

Ante un diagnóstico que soy consciente es muy pesimista, uno puede preguntarse: ¿hay alguna solución?, ¿alguien puede parar o cambiar esta dinámica? Teóricamente, sí. Lo podría hacer un Gobierno que tuviera un proyecto político fuerte de defensa de la Nación, de las libertades y de la Constitución. Pero para ello hay una condición previa; hay que hacer un diagnóstico acertado de la delicadísima situación política que se vive en el País Vasco y en Cataluña y actuar en consecuencia. Si el presidente de ese Gobierno que teóricamente tendría que liderar esa batalla política les dice a los suyos hace una semana que de lo único que hay que hablar es de economía, no hace falta añadir mucho más.

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