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La marcha de Santiago Abascal

Estoy seguro de que, allí donde esté, seguirá defendiendo las mismas ideas y los mismos valores por los que hace diecinueve años se afilió al PP.

Cayetano González
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Llevaba veintitrés días afiliado al PP cuando ETA asesinó, el 23 de enero de 1995, a Gregorio Ordóñez mientras comía en el bar La Cepa de la parte vieja de San Sebastián acompañado, entre otras personas, por María San Gil. A Santiago Abascal le crecieron los dientes entre pintadas de los simpatizantes de ETA en su casa de Amurrio, cócteles molotov contra el establecimiento de ropa que regentan sus padres en esa localidad alavesa y pintadas con expresiones nada cariñosas –"Abascal, cabrón; Abascal, hijo de puta"– en los lomos de los caballos que tenía la familia.

Santi Abascal mamó la vocación política en su propia casa debido al ejemplo que recibió de su abuelo y de su padre, este último puntal del PP desde hace muchos años en el valle de Ayala. El pequeño de los Abascal se forjó en la defensa de la libertad y de la Constitución en lugares nada fáciles, como el Ayuntamiento de Llodio –localidad de la que llegó a ser alcalde un elemento como Pablo Gorostiaga, miembro de Herri Batasuna actualmente en prisión, o el posteriormente lehendakari Juan José Ibarretxe–, o en un Parlamento vasco donde la connivencia del PNV con las diferentes marcas de ETA convertía a los diputados del PP casi en elementos extraterrestres.

Por eso su marcha del PP, que acaba de anunciar a Rajoy por carta, tiene un significado muy especial. Y es que un ex cargo público del PP vasco como Santi Abascal no es alguien más dentro de ese partido, por mucho que se empeñe en minimizar esa marcha, con su torpeza y su zafiedad intelectual habituales, el actual portavoz de los populares en el Parlamento vasco, y presidente del PP de Guipúzcoa, Borja Semper.

Durante muchos años, el PP del País Vasco y sus dirigentes fueron un referente en la lucha por la libertad y por la democracia para muchos españoles, votaran o no a esas siglas. Fueron años en que los concejales del PP eran cazados como conejos por los terroristas de ETA. Fueron años en que, con el PP en el Gobierno de España, éste se decidió ir a por ETA con la ley, sólo con la ley pero con toda la ley, consiguiendo poner a la banda terrorista contra las cuerdas y a su brazo político ilegalizado y por tanto fuera de las instituciones.

Fueron los años en que se plantó cara al nacionalismo obligatorio impuesto por el PNV desde las instituciones vascas. Fueron los años en que las víctimas del terrorismo, dentro de su inmenso dolor, se sentían reconfortadas al ver que al menos desde el Gobierno de España comandado por Aznar se respetaba su Memoria, su Dignidad y se hacía Justicia con los asesinos o con sus cómplices. En ese PP vasco estuvieron en primera línea personas como Jaime Mayor Oreja, Carlos Iturgaiz o María San Gil. En ese PP vasco militó hasta este domingo Santi Abascal.

Conociendo al personaje, es de suponer que Rajoy no habrá movido un músculo, o como mucho habrá hecho una ligera mueca de fastidio –¡cómo es posible que me hagan esto a mi!– al tener noticia de esta marcha, sobre todo si su coro de aduladores le ha dicho que no es una noticia preocupante desde el punto de vista electoral.

Pero si en Rajoy y en la cúpula del PP quedara algún gramo de capacidad autocrítica deberían analizar los porqués de esta marcha de Santi Abascal, o por qué María San Gil decidió irse a su casa, o por qué Ortega Lara se dio de baja en el partido, o por qué Regina Otaola renunció a seguir dando la batalla en Lizarza, o por qué se ha producido el distanciamiento abismal con la mayor parte de las víctimas del terrorismo, que encima son insultadas un día si y otro también por Iñaki Oyarzabal, que aparte de ser uno de los máximos culpables de la caída en picado del PP vasco fue la persona que Rajoy designó en el Congreso de Sevilla del 2012 para relacionarse con ellas.

Ha dicho Semper, en un intento de quitar importancia a la marcha de Abascal, que "todos los días entra y sale gente en el PP" y que "la situación del 2013 no es la de 1995", y ha apostado por "amoldarse a las nuevas circunstancias" en el País Vasco. Sería interesante que Semper preguntase en Génova cuántas altas y cuántas bajas ha habido en su partido en los últimos meses. Si le dan los datos verdaderos, a lo mejor le da un pasmo. Y también sería interesante que explicara a los militantes del PP de toda España cuántos votos más necesita perder el PP en el País Vasco –la última encuesta del Gobierno autonómico sigue dando a la baja a los populares– para tener la vergüenza de dimitir e irse a su casa.

Mientras tanto, no tengo ninguna duda: me quedo con la dignidad y con la coherencia de Santi Abascal, que justamente por ello estoy seguro de que, allí donde esté, seguirá defendiendo las mismas ideas y los mismos valores por los que hace diecinueve años se afilió al PP.

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