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Cayetano González

Suprimir homenajes a víctimas de ETA

Cuanto menos se recuerde a las víctimas, mucho mejor para aquellos que causaron tanto dolor y muerte, o para quienes miraron para otro lado.

Cayetano González
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El 8 de agosto del año 2000, ETA asesinaba al empresario vasco, simpatizante del PNV y presidente de la patronal guipuzcoana Adegi José María Korta. Diecisiete años más tarde, la fundación creada en su memoria, y de la que es secretario uno de sus hijos, ha decidido suprimir el homenaje público que cada año le tributaban en las puertas de la empresa de la que era propietario. La razón aducida no tiene desperdicio: pretende ser "una aportación a un proceso gradual de la consecución de la normalidad en la sociedad en un momento cualitativamente distinto al de la década de los años 2000", según han explicado desde la citada fundación.

Para evitar que alguien pensara que esta decisión pudiera suponer un olvido de la víctima, los responsables de la Fundación José María Korta han aclarado que seguirán dando continuidad a los objetivos recogidos en los estatutos de la misma como mejor manera de recordar al asesinado y especifican que continuarán con el "impulso a la formación teórica y práctica de los jóvenes, proyectos de innovación y educación integral, a la mejora de los recursos humanos, al emprendimiento, al deporte y a la salud de la juventud". Si lo anterior no lo hubieran puesto por escrito, sería como para no creerlo; pero una vez leído todavía es peor. Podían ser, perfectamente, los objetivos de cualquier asociación u ONG nacida en un país del Tercer Mundo, no de una fundación creada a raíz de un crimen cometido por una banda terrorista en un rincón de una nación de Europa como es España.

Tengo para mí que en esta decisión de suprimir el homenaje anual que le tributaban a Korta amigos y conocidos ha pesado y mucho el posicionamiento político e ideológico de su entorno familiar y social, que es muy similar al del PNV, el Gobierno Vasco y el mundo sociológico de lo que se denomina la "izquierda abertzale", es decir, los amigos de ETA. Un posicionamiento que se podría resumir en que en el País Vasco se está ante un nuevo tiempo en el que, como ETA ya no mata, hay que pasar página y mirar al futuro. En ese escenario, cualquier recordatorio de los crímenes de la banda terrorista resulta molesto e innecesario, porque de lo que se trata es de construir un relato donde no haya vencedores ni vencidos, donde las dos partes del "conflicto" –ETA y el Estado– cometieron excesos y causaron dolor y daño a través de la violencia. Si en ese empeño se encuentra a la familia y al entorno de una víctima que está dispuesta a colaborar suprimiendo un homenaje, miel sobre hojuelas.

Que José María Korta era una persona muy próxima al PNV era un dato de sobra conocido. De hecho, cuando ETA le asesina, el entonces diputado general de Guipúzcoa –y amigo del propio Korta–, el peneuvista Román Sudupe, en un arranque tan espontáneo y sincero como mezquino para con otras víctimas dijo aquello de: "ETA ha matado a un abertzale de verdad, a uno de los nuestros".

La Fundación José María Korta, sus familiares y amigos, deberían haber tenido presente que, aun respetando absolutamente su dolor y sufrimiento, las víctimas del terrorismo de ETA son de todos, porque son un símbolo de la resistencia y de la lucha por la libertad que durante tantos años han mantenido el Estado y una parte de la sociedad vasca. Y nadie tiene derecho a privar a esa parte de la sociedad que hizo frente a ETA del recuerdo y del homenaje público a sus víctimas. Por eso, la decisión de esa fundación no es sólo un profundo error, es algo más: es una baza que se da a quienes quieren blanquear el pasado criminal de ETA. Cuanto menos se recuerde a sus víctimas, mucho mejor para aquellos que causaron tanto dolor y muerte, o para quienes miraron para otro lado.

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