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Cristina Losada

Bienvenida a los golpistas

Aún está por medir el grado de blanqueamiento de la rebelión separatista catalana, pero así, a ojo, ya se ve que falta poco para que adquiera la blancura de la inocencia.

Cristina Losada
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Cristina Losada - Bienvenida a los golpistas
Atlas

Era de esperar que los cuatro golpistas elegidos diputados fueran recibidos con entusiasmo por los suyos al entrar en el hemiciclo del Congreso. Es un precio que paga la soberanía nacional, allí representada, a esos dos millones de ciudadanos de Cataluña que votan para cargársela. Aunque es un precio bajo si se recuerda que hasta una organización terrorista ha tenido posibilidad de colocar sus piezas allí y en otras instituciones. La diferencia es que estas son las primeras elecciones generales posteriores al golpe separatista de octubre. Y que es la primera vez que recogen su acta cuatro diputados a los que se juzga por rebelión, que es un delito contra la Constitución. La Constitución que, como diputados, deben acatar y a la que, como miembros de un Gobierno autonómico catalán, no hicieron más que atacar.

Con el fervor de la peña separatista y la satisfacción de los cuatro electos, que fueron todo sonrisas mientras estuvieron en el Congreso, había que contar. Cosa distinta es que hubiera que acogerlos con cariño más allá del grupo de fans y hooligans. Pero ocurrió. Un espectador que no estuviera en la Cámara, que viera las noticias, fotos y vídeos de la sesión para hacerse una idea de lo sucedido, concluiría que en el Congreso se estaba recibiendo con afecto y cordialidad a unos diputados que habían sufrido algún percance y que, por fin, gracias a Dios, podían estar en el sitio que les correspondía. Lo que no podría deducir, viendo las escenas entrañables, es que esos cuatro diputados están procesados y en prisión preventiva por intentar derribar el orden constitucional del que nace el Congreso, y al que ha de someterse.

Fue una sesión de bienvenida a los cuatro golpistas. De bienvenida a casa. Sólo lo fue en parte, pero es la parte que sobresale. Y no es más que la punta del iceberg. Es posible que algunos diputados, nada sospechosos de simpatía por los golpistas, no cayeran en la cuenta de que, por ser educados, estaban contribuyendo al proceso de normalización de los acusados. A la normalización del golpe. Lo de otros ya fue más que cortesía: fue contribuir al proceso de canonización. El más santo, Junqueras, por supuesto, al que el presidente del Gobierno dio la mano, pero sobre todo dio la palabra. El portavoz de ERC, Gabriel Rufián, quedó tan encantado que hizo saber que Sánchez le dijo a su jefe que estaba de acuerdo en "hablar". Del plan calmante y antiinflamatorio, de la terapia del ibuprofeno, como decía Borrell, vamos a pasar a la terapia de la desinhibición.

En la constitución de las Cortes se hicieron los shows que son de costumbre desde hace algunos años, incluidos los falsos acatamientos. Parece que en este tipo de sesiones los únicos que cumplen el protocolo sin excepción, en todos los aspectos, incluida la vestimenta, son los ujieres. Pero lo que queda y lo que espanta es la acogida que se dio a los que unos llaman "presos políticos" y otros, "políticos presos". La impresión general fue de camaradería, como si unos y otros y, en todo caso, muchos miembros del Congreso vieran a los cuatro acusados de rebelión, ante todo, como políticos. Procesados y en prisión preventiva, sí, pero políticos, igual que ellos. No habrían acogido del mismo modo, de ninguna manera, a un político procesado por delitos graves de corrupción al que permitieran salir de la cárcel para recoger su acta. Ni darle la mano ni abrazos ni besos ni nada. Porque la corrupción pringa. Pero un golpe –¿qué golpe?– como el de octubre no mancha: eso fue política y la prueba es que lo hicieron políticos. Aún está por medir el grado de blanqueamiento de la rebelión separatista catalana, pero así, a ojo, ya se ve que falta poco para que adquiera la blancura de la inocencia.

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