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Cristina Losada

¿Desaparecerá Podemos?

No en todas partes hay partidos como EH Bildu o como el Bloque.

Cristina Losada
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No en todas partes hay partidos como EH Bildu o como el Bloque.

Un lustro después de la fulminante aparición en escena de los partidos que cambiaron nuestro mapa político, hay señales que invitan a pronosticar su ocaso definitivo. Con la marca en la que se integraba Podemos barrida del Parlamento gallego y muy perjudicada en el País Vasco, se diría que el crepúsculo es inminente para el partido de Iglesias y Montero. Vistos los resultados de las dos elecciones regionales, se podría predicar poco más o menos lo mismo del otro partido que representó la "nueva política", lema que ya va quedando anacrónico. Pero los que vieron con escepticismo las profecías a que dio lugar el vertiginoso ascenso de los nuevos partidos verán ahora con idéntico escepticismo las que predicen su próxima desaparición.

Los datos del País Vasco y Galicia muestran una volubilidad del electorado como pocas veces se habrá visto. En la región gallega, la marca En Marea obtuvo hace cuatro años el 19 por ciento del voto, y se encumbró como segunda fuerza política. El 12 de julio sus dos sucesores sumaron un 4,15 por ciento y ninguno entró en el Parlamento. Cómo pasar de catorce escaños a cero es un misterio igual de interesante que cómo pasar de cero a catorce. Pero las derrotas, además de quedar siempre huérfanas, no interesan a nadie. Sólo interesan para profetizar nuevos e inmisericordes desastres. En el País Vasco, los de Iglesias no fueron expulsados a las tinieblas exteriores, pero perdieron cinco escaños. De todo lo cual se ha deducido que el partido menor de la coalición que gobierna España está para el arrastre.

Si la impactante aparición de la nueva política obedeció a un estado de ánimo particularmente enojado con las consecuencias de la crisis económica y la corrupción de los viejos partidos, habría que decir que se ha volatilizado. Pero esta conclusión, como las predicciones que circulan, tiene algunos puntos débiles. La principal flaqueza es que también refleja un estado de ánimo. Ocurre lo contrario de lo que sucedió en la fase de ascenso, cuando Podemos se benefició del dopaje de la euforia, un dopaje generosamente distribuido por los medios, que condujo a predecir grandes y sonadas victorias. Ahora, en la fase de descenso, todo son pulgas. Y si concurren dos batacazos notables, ya expedimos el certificado de defunción.

Las dos regiones donde Podemos se la ha pegado tienen una característica. En las dos hay partidos con los que comparten rasgos y con los que compiten por votantes. Lo que perdieron esos partidos en 2016 en beneficio de Podemos lo han recuperado ahora. Pero esos trasvases no tienen por qué darse en todas partes ni en todo tipo de elecciones. Entre otras cosas, porque no en todas partes hay partidos como EH Bildu o como el Bloque. En tiempos, en ese campo podía entrar en juego Izquierda Unida, pero ya no. Las proyecciones a nivel nacional del bajón de Podemos en Galicia y el País Vasco hay que tomarlas cum grano salis.

La divisoria más importante entre el voto a los viejos partidos y a los nuevos era –y es– la edad. ¿Van a recuperar PP y PSOE a los votantes jóvenes? Difícil parece. Es más probable que los nuevos partidos, y tanto Podemos como Ciudadanos como Vox, continúen llevándose una porción del voto. Será menor de lo que era cuando estaban en su fase de ascenso y de euforia, pero será. Los partidos tradicionales desean, obviamente, su desaparición. Yo no apostaría por ella. Habrá excepciones, como las de Galicia y el País Vasco. Pero, en general, no podrán librarse de esos incómodos compañeros de viaje.

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