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Despoblación: ¿qué han hecho las autonomías?

Hay que decirlo porque se dice poco: las comunidades autónomas tienen una tendencia centralista acusada.

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El pueblo castellano de Atienza | David Alonso

Cinco ministros del Gobierno de España fueron a la manifestación de la "España vaciada". De una España que ningún Gobierno central, éste incluido, ha conseguido que deje de perder población a chorros. Si es que se lo ha propuesto alguno. Desde un acto de partido, el presidente Sánchez se subió al carro, que no al tractor, diciendo que ya ha empezado a "dar respuestas". Dar respuesta es el estadio anterior a crear una comisión, que a su vez es señal inconfundible de aplazamiento sine die. Pero qué diablos. Que repiquen las campanas de las iglesias vacías, donde aún queden campanas, porque el Gobierno ha comenzado a "llenar de oportunidades esa España interior". No va a caber nadie, de tantas oportunidades. Claro que nadie se lo va a creer. Parafraseando al clásico, las promesas electorales, que ahora son todas, están para incumplirse.

A pocas semanas de unas elecciones generales en las que se disputa cada voto en cada lugar, la causa de la "España vaciada", impulsada por plataformas de 24 provincias, ha logrado hacerse un hueco, que no es poco. Un hueco en la apretada agenda de los políticos y en la caprichosa agenda de los grandes medios. No durará. El lapso de atención es cada vez más breve. Y ya quedan lejos aquellas campañas a la antigua, cuando se iba en caravana de pueblo en pueblo, provincia a provincia, para sellar físicamente el vínculo entre representantes y representados hasta en esos lugares a los que no se va nunca. Claro que el asunto importante no es tanto qué pasará, que es sabido, como qué ha pasado, algo de lo que se habla mucho menos.

La pregunta remite, inmisericorde, a las autonomías. A esas administraciones más cercanas a los ciudadanos –así se venden sus bondades cuando toca venderlas– que por eso mismo y por las competencias que les corresponden tenían que haberse ocupado más que ninguna otra de paliar las desigualdades dentro de sus territorios. Unas desigualdades en materia de infraestructuras, de atención sanitaria y de enseñanza, por citar algunos de los ámbitos de los que se ocupan, que han contribuido al vaciamiento del rural. La pregunta, en fin, es qué han hecho las comunidades autónomas concernidas para evitar la despoblación.

No es sólo una pregunta malintencionada. No se trata únicamente de mostrar su dejadez o su ineficacia. Es evidente que si han hecho algo, no ha servido de nada y convendría saber el qué y el porqué. Para aprender de la experiencia. De la experiencia del fracaso. De un fracaso que es palmario. Que es, además, su fracaso. Ninguna otra administración tiene mayor capacidad y responsabilidad que las autonomías en la corrección de los desequilibrios en servicios y prestaciones dentro de su territorio. Y no es cuestión de pedir lo imposible –y lo imposible es revertir por completo tendencias consolidadas, que obedecen a cambios profundos en la economía, en la forma de vivir y en las expectativas de vida–, pero sí de hacer lo posible.

Hay que decirlo porque se dice poco: las comunidades autónomas tienen una tendencia centralista acusada. El coco del centralismo donde más aparece y donde pasa más desapercibido es en las autonomías. Habrá excepciones. Para confirmar la regla. Y la regla, resumiendo y exagerando lo justo, es esta: todo para la capital y nada para el resto. No impulsa esa actitud ninguna corriente profunda, histórica, inevitable: es un pecado puramente político, casi de vanidad política, y como tal perfectamente reversible. El centralismo autonómico, reflejo de una hipertrofia política provocada por el afán de autolegitimación, contribuye a preterir a las zonas menos pobladas y, por ello, políticamente menos determinantes, y a acentuar las desigualdades.

La Revuelta de la España Vaciada acudió a Madrid, porque es en la capital de España donde se cuece la noticia y se difunden las causas. Pero su elección indica, pienso, que ya descreen de la voluntad política de los Gobiernos autonómicos, cosa que no puede extrañar, a la vista de los resultados. A mí me coincidió pasar por Madrid el día de la manifestación, aunque sólo para coger el tren a Galicia. En el largo trayecto uno puede ver con sus propios ojos el que es, para mí, el signo más triste de la España vacía: las pequeñas estaciones de tren clausuradas, abandonadas, cerradas a cal y canto de mala manera, vandalizadas por las omnipresentes pintadas. Quizá pare en ellas algún regional, quizá no. Pero la estación, que fue centro vital de tantos pueblos y comarcas, ya no existe. Esto también es reversible.

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