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Cristina Losada

El duelo chico-chica en el ring electoral

El mejor modo de debatir es hacer caso omiso de la diferencia de sexos.

Cristina Losada
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El mejor modo de debatir es hacer caso omiso de la diferencia de sexos.

Michael Ignatieff, un intelectual metido a político que ha escrito un libro sobre la experiencia, cuenta que en ninguna de las tres elecciones que disputó hubo un debate sobre el futuro del país. Todas ellas, dice, fueron feroces batallas por la reputación: por la imagen, diríamos aquí. Esto es así en Canadá, país donde Ignatieff vivió su aventura política, y en cualquier parte. De ahí que no sea para llevarse las manos a la cabeza que Arias Cañete y Valenciano apenas bucearan en los asuntos de la política europea. Y de ahí que lo más sobresaliente del debate fuera lo que sucedió después, cuando el candidato del PP dejó tocada su reputación por un error de principiante que ha permitido colgarle el sambenito de machista.

A estas alturas Arias Cañete ya será muy consciente de que fue una torpeza reconocer, ¡y con aquellas palabras!, que en un debate electoral con una mujer hay que andarse con cuidado para no parecer machista. Su pifia abrió la puerta a que se le viera como un señor que justifica su mediocre desempeño alegando que bajó el nivel porque discutía con una señora. Y esa interpretación, aun exagerada, injusta o torticera, es verosímil y es la que cuenta. Un político ha de prever la peor de las interpretaciones posibles de cuanto diga, aunque esa cautela pueda conducir, cierto es, al lenguaje político anodino, ni chicha ni limoná, al uso.

Salgamos, no obstante, del círculo de la anécdota para ver si en los debates electorales entre un candidato y una candidata influye o no la diferencia de sexos. Ejemplos hay de que pesa. Así, en 2007, tras el duelo televisivo que enfrentó a Nicolas Sarkozy y Ségòlene Royal, se atribuyó la contención del candidato a una estrategia diseñada para el debate con una mujer. La historiadora Michelle Perrot, firme partidaria de Royal, notó que Sarko había estado "a la defensiva" y no había querido parecer "machista y dominante", y concluyó que la supuesta desigualdad entre un hombre y una mujer en política se había vuelto ahí contra el hombre. Claro que ni el candidato ni la candidata, que tuvo su propia estrategia para la ocasión, cometieron el error político de confesar tal condicionante.

Por si se piensa que esta distorsión de las reglas del debate sólo se da en países latinos ergo machistas, vayamos a Estados Unidos. Allí, antes del duelo entre Joe Biden y Sarah Palin, candidatos a la vicepresidencia en 2008, abundaron los comentarios periodísticos relacionados con el asunto chico-chica. Se previó que Biden suavizaría el tono para no parecer abusón y en Slate Dahlia Lithwick abordó de cara el problema en una pieza titulada "Cómo debatir con una chica y ganar". Uno tras otro, repasaba los riesgos que corría Biden: "Si le da lecciones, le verán como un abusón sexista. Si va de listillo, le verán como un abusón sexista. Si es condescendiente, le verán como un abusón sexista". Tras ello, le daba este consejo: el mejor modo de debatir con una mujer es olvidar que se trata de una mujer. Yo diría más: el mejor modo de debatir es hacer caso omiso de la diferencia de sexos. Tomen nota los asesores. Y si recetan contención, asegúrense de que el candidato no la pierde a las doce horas.

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