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El encaje del supremacismo

Creen que pueden ignorar los derechos de los demás, que pueden imponer su voluntad por encima de la ley y de la Constitución, que Cataluña es suya.

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EFE

El "encaje de Cataluña en España" es un clásico de aquel nacionalismo catalán que se vistió de pactista y moderado. El fracaso del "encaje" es la justificación con la que ampara su apuesta por la vía insurreccional. El destituido y fugado Puigdemont, por no ir más lejos que a Bruselas, se lo explicaba así hace poco a un periódico belga. Él lo ponía en primera persona, porque su fuga ha debido de dar alas a su vanidad, pero a lo largo de los años han sido muchos los dirigentes nacionalistas que hicieron del encaje una forma de vida. Lo determinante del encaje perseguido por el nacionalismo no es, sin embargo, el encaje. Es el sujeto a encajar: Cataluña como un ente homogéneo que define y representa el nacionalismo y nadie más que él.

El encaje del que habla el nacionalismo es el encaje del "un sol poble". Pierde sentido sin ese pueblo nacionalista erigido en único pueblo existente. Ciertamente, ese "un sol poble" no ha existido nunca. Es otra ficción, y una ficción interesada, pero es una ficción que el nacionalismo ha tratado de hacer realidad mediante la ingeniería social del gran proyecto pujoliano de construcción nacional. Ese proyecto, en contraste con otros anteriores del nacionalismo catalán, tenía como uno de sus objetivos primordiales integrar a la población procedente de otros lugares de España en el "un sol poble": encajarla en el lecho de Procusto nacionalista.

Ese es el otro encaje que ha estado en juego. Para lograrlo, han usado elementos coercitivos y elementos persuasivos. Los más visibles, aunque no los únicos ni mucho menos, fueron y son la inmersión lingüística obligatoria, el adoctrinamiento escolar o el adoctrinamiento a través de los medios de comunicación. Desde su perspectiva, el nacionalismo se ha esforzado mucho por encajar a los que vinieron de fuera o descienden de los de fuera, y los candidatos al encaje deberían estar eternamente agradecidos por ello. De ahí que el estallido de la ficción del "un sol poble"tras la decidida aparición en la arena pública y política de la Cataluña no nacionalista ni separatista, esté provocando manifestaciones de despecho y animadversión hacia los no encajados.

En ese orden de ruindades tenemos a una expresidenta del Parlamento catalán como Núria de Gispert conminando a Inés Arrimadas, la líder de la oposición, a volver a Cádiz. O un artículo que publicó el digital del anterior director de La Vanguardia diciendo que los que hablan la lengua común de los españoles son "el único colectivo inmigrante que tiene la arrogancia de vivir en Cornellà como viviría Chiquito de la Calzada en Tokio, prácticamente como si no se hubiera movido de casa, de la casa de los orígenes, de España y olé". Tal vez haya que recordarle al autor, entre otras muchas cosas elementales, que esos que llama "colectivo inmigrante" no se han movido de casa, porque Cornellà, al contrario que Tokio, está en España.

Pero a lo que iba, "la arrogancia". Arrogancia en lugar de humildad. La humildad que deberían tener aquellos a los que se ofrece la oportunidad de integrarse. ¿En qué? No hace falta que lo expliciten, ya se entiende: en una cultura distinta y superior a la suya. Este es el trasfondo de toda la martingala de la integración. Aquello que el nacionalismo catalán encubrió durante décadas bajo conceptos suaves y blanditos como el de cohesión social. Es lo que ahora sale del fondo a la superficie en oleadas de rencor hacia esos catalanes no nacionalistas y no separatistas que lejos de permanecer pasivos y silentes, como esperaban, han roto pública y notoriamente la ficción del "un sol poble".

La ruptura de ese espejo narcisista en que se miraba el nacionalismo y sólo se veía a él en Cataluña tiene consecuencias. Las tiene también para la floritura del "encaje de Cataluña en España": sin aquel espejo y su acompañante espejismo, apenas se sostiene. Pero es verdad que tenemos un problema de encaje. Y muy difícil. Porque tenemos el problema de encajar a un amplio grupo de ciudadanos que se creen superiores al resto, que creen que pueden ignorar los derechos de los demás, que creen que pueden imponer su voluntad por encima de la ley y de la Constitución, y que creen que Cataluña es suya. Es un problema de encaje, sí. De cómo encajamos el supremacismo catalán.

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