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El fetichismo federal

Hasta hace un par de años, no había nadie en España que propusiera una reforma federal de la Constitución, sea lo que fuere tal cosa.

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Hasta hace un par de años, no había nadie en España que propusiera una reforma federal de la Constitución, sea lo que fuere tal cosa. "Nadie" quiere decir ningún partido político relevante, ninguna corriente de opinión claramente visible, ningún grupo de intelectuales de renombre. La razón de la ausencia del asunto federal de la pista del debate político se encontrará al buscar en qué instante entró esa buena pieza en el baile. Esto se produjo a finales de 2012, cuando tomó cuerpo la exigencia de un referéndum de autodeterminación en Cataluña, el PSC asumió el derecho a decidir y el PSOE colocó la reforma federal en el escaparate para no estar, digámoslo en su lenguaje, "ni con los separatistas ni con los separadores".

De entonces acá, no se ha vestido del todo al maniquí, seguramente porque es mucho más útil mantenerlo desnudo de precisiones. Recuerdo a Corcuera preguntando ante Manuel Chaves y Pere Navarro: "¿Me queréis decir algún artículo que queráis cambiar de la Carta Magna para que esto sea un Estado federal?". Y ahí llevaba casi un año el PSOE con el juguete, entreteniéndose y entreteniendo al respetable. Cuando le inquirían aquí y allá a Ramón Jáuregui sobre la naturaleza de aquella reforma superferolítica, respondía invariablemente con lo del Senado. Transformar el Senado en una cámara de representación territorial, en un Bundesrat, era el gran cambio, el meollo del cogollo, el ungüento amarillo, la solución al problema; una solución que, mira tú por dónde, ya proponía Fraga en tiempos de Maricastaña.

El manifiesto "por una España federal en una Europa federal", impulsado por Nicolás Sartorius y presentado la semana pasada en Madrid, hace poco más por vestir el muñeco. A la vista de sus cuatro propuestas, entre ellas, cómo no, la ya comentada del Senado, se diría que la reforma federal de la Constitución que plantean tiene toda su chicha puesta en el nombre. Como si el propio término federal fuera un fetiche que tuviera un poder mágico, y además doble: el de apaciguar a los secesionistas catalanes y el de satisfacer a una izquierda que sospecha que España fue un invento del dictador Francisco Franco.

¿De verdad creen los autores y firmantes del manifiesto federal que el auge del independentismo en Cataluña se debe al mal funcionamiento del Estado de las Autonomías? Ni la historia del nacionalismo catalán ni la génesis del actual desafío secesionista permiten suscribir tal diagnóstico. Un diagnóstico que lleva implícito que son reales los agravios económicos, políticos, culturales que el nacionalismo catalán ha fabricado para justificar su decisión rupturista. El Estado de las Autonomías sólo le ha interesado a ese nacionalismo como escala técnica o estación de tránsito. Y el federalismo aún le interesa menos. Salvo, claro está, que el federalismo que se exhibe no sea más que un señuelo. Una de esas "maniobras opacas para ofrecer nuevos privilegios a los nacionalistas a costa de la soberanía de los españoles", como se apunta en el otro manifiesto, el de los Libres e Iguales.

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