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Francoland, de ida y vuelta

¿Han hecho su trabajo todos los periódicos internacionales, los corresponsales, los enviados especiales destacados en Cataluña?

Cristina Losada
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Pixabay

El escritor Antonio Muñoz Molina contaba días atrás en un artículo su experiencia con los viejos clichés que circulan sobre España. Esos clichés a los que recurre, con invariable automatismo, parte de la prensa internacional, cuando aquí pasa algo. Era a propósito de los hechos en Cataluña, asunto que salía en sus conversaciones con colegas y amigos extranjeros, y reflejaba la frustración que sienten muchos españoles al ver como están opinando e informando sobre esos hechos algunos dirigentes internacionales y medios de comunicación de distintos países.

En el artículo, titulado "En Francoland", el escritor confesaba que, en distintas épocas y circunstancias, le había tocado explicar "con paciencia" y "voluntad pedagógica" a interlocutores extranjeros que España es una democracia. Una democracia con imperfecciones, sí, aunque no más graves que las de otros países semejantes. El hecho mismo de tener que explicar tal cosa ya es indicativo de una resistencia a aceptar esa obviedad, una resistencia cuyo humus psicológico veía el autor de la siguiente manera:

Una parte grande de la opinión cultivada, en Europa y América, y más aún de las élites universitarias y periodísticas, prefiere mantener una visión sombría de España, un apego perezoso a los peores estereotipos, en especial el de la herencia de la dictadura, o el de la propensión taurina a la guerra civil y al derramamiento de sangre. El estereotipo es tan seductor que lo sostienen sin ningún reparo personas que están convencidas de sentir un gran amor por nuestro país. Nos quieren toreros, milicianos heroicos, inquisidores, víctimas. Nos aman tanto que no les gusta que pongamos en duda la ceguera voluntaria en la que sostienen su amor. Aman tanto la idea de una España rebelde en lucha contra el fascismo que no están dispuestos a aceptar que el fascismo terminó hace muchos años.

Podríamos discutir si el amor es así de ciego. O si no es amor, sino otra cosa. Pero lo que no le discutiré a Muñoz Molina es que el arraigo de esos estereotipos ha hecho que a los independentistas catalanes les haya costado relativamente poco esfuerzo tener a su favor a una parte nada desdeñable de la opinión internacional. El escritor no comentaba la falta o no de esfuerzo por parte del Gobierno de España para contrarrestar el relato del separatismo catalán en la arena internacional. Pero apuntaba a las deficiencias de la política exterior española, que no son de hoy, para decir que "la democracia española no ha sido capaz de disipar los estereotipos de siglos".

Es verdad. La democracia española no ha podido con ese viejo arcón de clichés que se remontan tan lejos como a la Leyenda Negra. Pero sería injusto e incierto culpar en exclusiva a la democracia española, a sus gobernantes o a su precaria política exterior de la persistencia de tales estereotipos. Las élites ilustradas de Europa y América tienen su responsabilidad. No hablamos de niños. No hablamos de personas sin acceso a información y conocimientos. Si mantienen sus prejuicios y estereotipos sobre España, si se aferran ellos por pereza intelectual o por lo que sea, es que no se esfuerzan en absoluto por saber. No sería la primera ceguera voluntaria que sufren. Tampoco tenemos que flagelarnos siempre.

Como muchos otros, yo he criticado al Gobierno de Rajoy desde hace tiempo por no molestarse en ofrecer datos y discurso frente a las falsedades del independentismo catalán. Y tanto fuera de España como en España. Pues hay que decir que no se ha distinguido por desmontar, aquí, las mentiras o medias verdades difundidas por los separatistas durante los años del procés. Esa labor ha tenido que hacerse desde la sociedad civil. Cómo extrañarse de que ahora, en los instantes más críticos, el Gobierno haya estado completamente ausente del terreno en el que se forma la opinión pública. Es, de hecho, una constante del Partido Popular. Seguramente relacionada con un profundo y amorfo apoliticismo: les interesa el poder, no la política.

Ese trabajo no lo ha hecho el Gobierno de España, es verdad. Pero ¿han hecho su trabajo todos los periódicos internacionales, los corresponsales, los enviados especiales destacados en Cataluña? Porque no estamos hablando de niños. Hablamos de medios y de profesionales cuyo trabajo consiste, en gran medida, en no dejarse engañar. No vamos a montar una guardería para explicarles a medios y periodistas internacionales el abecé de su trabajo. Si no son capaces de distinguir lo cierto de lo incierto, si se dejan engatusar por propagandistas y agitadores, no tenemos la culpa sólo nosotros. En puridad, no tendría que ser necesario que el Gobierno ni nadie les hiciera llegar otro "relato". Lo único que hace falta es que los medios y los corresponsales hagan su trabajo. Nada más.

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