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Cristina Losada

La familia feliz

Las incógnitas del cónclave se ciñen, así, a pequeños cambios en el cartel. Si una estrella sube o baja, si el nombre se pone en letras más grandes, si se le da o se le quita poderío

Cristina Losada
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Dice la célebre primera frase de Ana Karenina, de Tolstoy, que "todas las familias felices se parecen entre sí, pero las desdichadas lo son cada una a su manera". Luego, son las segundas las que capturan, por así decir, el interés de la imaginación. Siendo el Partido Popular, en este preciso instante, una familia dichosa,  similar a cualquier otra en tal estado de beatitud, el Congreso que la reúne en Sevilla se nos presenta muchos menos apasionante que el que tuvo,  en la misma ciudad,   una familia socialista sumida en su desgracia particular. Aquello fue una batalla y esto va a ser un fiestón.

En la capital andaluza, el PP hará, como es lógico,  la celebración de la victoria de noviembre y Rajoy con mayor motivo. Quizá recuerde el Congreso de Valencia, cuando su liderazgo, sin discutirse abiertamente, se discutía, recién herido como estaba por la derrota. Pero el triunfo suele endulzar esas amarguras hasta el punto del olvido, a lo que ayudará  la anunciada ausencia de Francisco Camps, que fue capital apoyo entonces. Ya no hay  contestación, ni subterránea. Todo el partido es profundamente rajoyano y como si lo hubiera sido siempre. Dirán los socialistas: qué fácil es estar unidos cuando se gana, y tendrán razón.

Las incógnitas del cónclave se ciñen, así,  a pequeños cambios en el cartel. Si una estrella sube o baja, si el nombre se pone en letras más grandes, si se le da o se le quita poderío. Si alguno que no resultó agraciado en el reparto de cargos, va a conseguir  un premio de consolación. Menudencias que no alteran el pulso de nadie, salvo el de los concernidos, y menos  el pulso de un partido que goza de una amplísima cuota de poder.  Y aún confía en hacerse con más, con ese trofeo final que sería arrebatar al PSOE la comunidad  autónoma que ha monopolizado durante  tres décadas. El Congreso es también, como lo fue el socialista, un acto de campaña, y en este caso, un homenaje al PP andaluz, un brindis por Javier Arenas.

Será un Congreso capaz de reventar un aplausómetro más que un seminario de reflexión política. Y aunque esa discusión ya no se hace en actos de esta clase, diseñados para otros fines, se echa de menos. Está por ver si el impulso reformista del PP alcanza también a cuestiones medulares como la configuración del Estado. No ya la vieja disyuntiva entre el cierre y la apertura indefinida del estado autonómico, que también, sino, para empezar, algo más sencillo como poner fin a la dejación de las competencias que todavía posee el Gobierno central. Me temo, sin embargo,  que  es demasiada política  para un festejo.

El Partido Popular está en sus días de gloria, aunque también son días difíciles y más que lo serán para el Gobierno. Está bien que los disfrute,  pero una familia feliz aprovecha esos instantes, que suelen ser fugaces, para prepararse. El PP sólo ha llegado a gobernar en situaciones límite, en circunstancias agónicas, cuando España ya no puede más. ¡Es que España es de izquierdas!, ha sido la explicación. Y una vez salvada del abismo, vuelve por sus fueros. Este fenómeno debería ser motivo de debate en un partido que ocupa el espacio liberal-conservador. Pero proponer tal cosa, lo sé,  es de aguafiestas. Carpe diem.

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