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Cristina Losada

La poda de la exuberancia municipal

"Y todo esto, ¿quién lo paga?". Aunque hoy la cuestión, en plena sequía de ingresos tras el maná del boom inmobiliario, es que no se puede pagar.

Cristina Losada
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Quien visite la página web de un ayuntamiento de alguna enjundia encontrará allí una paleta de servicios sorprendente. Quiero decir que sorprenderá a los desavisados, a aquellos que pensaran que un municipio se limita a gestionar los asuntos que le son propios: transporte, alumbrado, limpieza, recogida de basuras, mantenimiento de calles, parques y jardines, seguridad, tráfico y cosas por el estilo. Pues no. Esas limitaciones son pura antigüedad, que el moderno municipio español ha superado con creces. Tan es así, que junto a la generosa cartera de prestaciones, uno hallará, tras la correspondiente búsqueda, la manera de optar a esta o aquella subvención. Sea para fomentar el asociacionismo juvenil o el deporte, sea para promocionar la cultura o el aprendizaje de la lengua cooficial (no la española, obviamente), sea para cualquier otra actividad que hayan decidido sufragar las inquietas mentes políticas del municipio.

Tenemos en cualquier ayuntamiento que se precie, concejalías de cooperación internacional, y de juventud, y de adolescencia y de infancia, y de usos alternativos del tiempo, y de ocio, porque no sabríamos qué hacer con el tiempo libre sin el concurso municipal; y por supuesto, de fiestas, ¡imprescindible!; y qué sería de las fiestas sin megaconciertos a los que todos contribuimos para que disfruten a bajo precio los fans, pongamos, de Serrat y Sabina. Del mismo modo que abonamos entre todos una parte del billete de avión al destino que se le haya ocurrido subvencionar al municipio, tal vez con el propósito de revitalizar el aeropuerto local. El de Vigo, por ejemplo, puso casi dos millones de euros entre 2008 y 2012 para que una compañía volara de Peinador a Heathrow, y aún así, no es rentable y ha de cancelarse. Y éste es sólo uno de los muchos ayuntamientos que extendió sus competencias al campo de los vuelos comerciales.

Igualito que las administraciones autonómicas, las locales se rodearon de un denso anillo de servicios, prestaciones, subvenciones, organismos autónomos, empresas propias, mixtas o participadas, que invitaban a preguntarse, al modo de Josep Pla ante el luminoso paisaje nocturno de Nueva York, "y todo esto, ¿quién lo paga?". Aunque hoy la cuestión, en plena sequía de ingresos tras el maná del boom inmobiliario, es que no se puede pagar. Así, a la fuerza ahorcan, no queda otra que reducir la hinchazón municipal, aunque en conjunto sea de menor gravedad que la autonómica. Como ese hueso es mucho hueso, y es más fácil hincarle el diente a lo local, el PP y el PSOE pergeñan ahí una reforma. Hay quien propone suprimir municipios, como UPyD, que se queja de la reducción de concejales prevista: hará más difícil que los partidos pequeños obtengan representación. Cada cual tiene su interés. Pero ninguna reforma local será decisiva si no usa la podadera y reduce los ayuntamientos a su hechura tradicional.

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