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Cristina Losada

Los hilillos de don Mariano

Si hay un político que debiera desconfiar de las virtudes comunicativas de los expertos es justamente Rajoy. Por hacerles caso, quedó en ridículo y como embustero cuando la catástrofe del Prestige.

Cristina Losada
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Un ensayista británico ha escrito que Blair tenía un talento político excepcional: no dudaba jamás de su propia sinceridad. De los desastrosos efectos de ese don cuando no está compensado por otros, tenemos aquí pruebas de sobra. El ex presidente Zapatero transmitía una enorme y preocupante sinceridad cada vez que decía lo contrario de lo que había dicho y cada vez que los hechos se alineaban contra sus palabras. En todos los casos y en (casi) todas las crisis allí estaba él, exhibiéndose sinceramente como si nunca hubiera roto un plato. De ahí que no se pudiera saber a ciencia cierta cuánto había de engaño y cuánto de autoengaño. Se ha sabido, sí, que dio el pego. Hasta que el hechizo se rompió y, entonces, ya nada de lo que decía, aunque fuera cierto, se le creyó. Dicho en términos del tópico que endulza fracasos, perdió la capacidad de comunicar.

Ahora es el PP el que lidia con los eternos problemas de comunicación. De incomunicación, si nos referimos al presidente. Mariano Rajoy ha preferido no explicar personalmente a los españoles cómo fue que su temprano plan de ajuste incluyera una subida de impuestos que no llevaba en el programa y lo contradecía. Yo sospecho que no salió por carecer de la capacidad para no dudar de la propia sinceridad,pero la versión oficial sostiene que no hay caso. Que los asuntos económicos han de presentarlos los ministros del ramo, esto es, los técnicos en lamateria, y punto. Un punto que escurre el bulto, pues soslaya el carácter político del incumplimiento de compromisos de cualquier ramo.
 
Si hay un político que debiera desconfiar de las virtudes comunicativas de los expertos es justamente Rajoy. Por hacerles caso, quedó en ridículo y como embustero cuando la catástrofe del Prestige. Fueron los técnicos, los científicos que bajaron en un batiscafo a inspeccionar el pecio del petrolero, los que bautizaron como “hilillos de plastilina” los chorros de fuel que salían. Pero fue Rajoy, al transmitirlo fielmente, el que se ganó el mote de “señor de los hilillos”. Quizá desee parapetarse tras sus ministros económicos y quecarguen ellos con los hilillos. Quizá. Desde luego, no propongo que el presidente comparezca cada día para marcar liderazgo y ponerse al frente de la sociedad, como reclama algún nostálgico de los caudillos. Sin embargo, tiene obligaciones políticas que implican comunicarse con el público, por muy enojoso que le resulte. Y tampoco está de más ponerorden cuando sus expertos van de hilos sueltos. Recuerde aquello de Roma locuta, causa finita.

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