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La primera ola de la epidemia nos ha dejado prácticamente en el mismo estado de vulnerabilidad.

Cristina Losada
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Ahora que hemos aprendido que hay una inmunidad de rebaño, e incluso que el concepto tiene un siglo de existencia, cabe preguntarse en qué nos hemos portado como rebaño y en qué nos hemos conducido como los individualistas que se supone que somos en las sociedades más avanzadas del planeta. Porque el problema o el dilema central de esta epidemia viene a plantearse en esos términos, dada la ausencia de vacuna. Si nuestro objetivo es conseguir que el coronavirus deje de ser una amenaza para la sociedad en el menor tiempo posible, lo suyo es comportarse como un rebaño: congregarse y contagiarse para lograr esa inmunización que protege a la comunidad. Hay que seguir viviendo como antes, sin poner barreras al paso del virus de unos a otros.

Si nuestro objetivo, en cambio, es evitar la muerte de muchos individuos y ahorrar a otros las graves secuelas que la infección puede tener para su salud, el comportamiento de rebaño está contraindicado. Hay que procurar que se contagie el menor número de personas posible y obstaculizar la transmisión del virus con todo lo que tenemos: a la manera tradicional, con aislamiento y confinamiento, o de modo más sofisticado, mediante una actuación selectiva. Y habrá que recurrir a la coerción estatal o apelar a la responsabilidad individual. Con todo ese arsenal, se protege –mejor o peor– a los individuos, pero al utilizarlo estamos retrasando la protección futura de la comunidad. La situación descarnada es que para salvar vidas ahora hay que renunciar por mucho tiempo a la inmunidad de rebaño y a su efecto protector. Y así debe ser.

El gran problema de seguir viviendo como antes era que significaba morir como nunca. No exactamente como nunca, cierto. Pero, digamos, en parecida cuantía a como se murió a causa de la gripe española. Murieron entonces en nuestro país más de 200.000 personas. En porcentaje puede que no parezca tanto si se considera el supuesto beneficio de la inmunidad grupal. Pero hoy no aceptaríamos que murieran 200.000 españoles por el coronavirus y aún aceptaríamos menos que muriera el uno por ciento de nuestra población. Sea cual sea la letalidad de esta infección, el coste en vidas de un intento de llegar por las bravas a la inmunidad de rebaño resulta inasumible en nuestra época. Por eso ningún país se lo ha propuesto. Ni siquiera aquellos que cuentan con lograrla como subproducto de una contención más laxa.

Al optar por proteger hoy a los individuos, aunque fuera en detrimento de la protección comunitaria de mañana, nos encontramos con que la gran mayoría sigue siendo una presa casi perfecta para el virus. La primera ola de la epidemia nos ha dejado prácticamente en el mismo estado de vulnerabilidad. Comparado con las consecuencias de dejar pasar la ola sin poner barreras, este estado de vulnerabilidad es el mal menor. Pero sólo seguirá siendo el mal menor si los individuos se resisten más que nunca a la cálida llamada del rebaño.

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