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Un logro del separatismo

Esta nacionalización del problema es, seguramente, la mejor consecuencia imprevista del golpe.

Cristina Losada
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C.Jordá

Mucho se ha escrito sobre la empresa de internacionalización del separatismo. Y de sus costes, tanto simbólicos, para la imagen de España, como pecuniarios: lo que nos cuesta a los contribuyentes que se hable mal de España; no dentro, donde es costumbre, sino fuera. Se ha escrito, en cambio, mucho menos sobre un fenómeno previo o simultáneo, y es que el separatismo catalán ha conseguido, con su obstinada y retorcida actuación, que el problema –no el catalán, sino el separatista– se perciba, al fin, como un problema de todos los españoles. Se perciba, se resienta y hasta se vote pensando en cómo hacerle frente.

Esto, que parece ahora natural, lógico y obvio, porque obvio es que el separatismo catalán afecta a España en su conjunto, no era así ni remotamente hace algunos años. Entonces, todavía enmascarado bajo un nacionalismo del que se presumía pragmatismo, pactismo y sentido del Estado –y que presumía de ello en Madrid–, se lo veía como un problema localizado. Ni siquiera sonó el despertador en las primeras horas de su muda de piel, cuando pasó a vestirse únicamente con la estrellada y con el eufemístico –místico, sobre todo– derecho a decidir, ahora ya autodeterminación descarada.

Ha habido que esperar al 1-O para que el problema separatista dejara de observarse como un asunto catalán, de todos conocido y cansino, sí, pero circunscrito en sus términos y consecuencias, y empezara a experimentarse como un problema que concierne y preocupa, de forma directa e intensa, en toda España. Lo que no consiguieron los cuatro gatos que en Cataluña clamaban contra el nacionalismo y trataban de que el resto de España se hiciera consciente de la amenaza lo ha logrado el propio independentismo con su proceder turbio y brutal durante aquel octubre. Esta nacionalización del problema es, seguramente, la mejor consecuencia imprevista del golpe.

Pensaba sobre ello mientras veía parte del debate que organizó La Vanguardia con seis cabezas de lista a las generales por Barcelona. Un debate así respondía a esa nueva dimensión del problema. Para empezar, se transmitía a toda España, tanto en streaming como por una cadena de televisión nacional –de ámbito nacional, es decir–. Por ello, como expuso el moderador, porque estas cosas tienen que justificarlas, era un debate en la lengua común de los españoles. Sólo la candidata de como-se-llame-ahora la lista del PDeCAT, Laura Borràs, habló en catalán. No hubo intérpretes y pinganillos, como es habitual en TV3 para marcar el idioma invasor: porque lo esencial allí no es traducir las intervenciones en catalán al que no lo hable, sino sobreponer la voz de un intérprete al catalán a la del invitado que habla español. ¡Que no se oiga la lengua de las bestias!

Cómo ha cambiado la correlación de fuerzas, me dije, con un viejo término de los marxistas que ha recuperado, de aquella manera, el líder de Podemos. No era sólo un debate para toda España y prácticamente todo en español. Además, estaban allí dos candidatas clara y combativamente constitucionalistas, la de Ciudadanos y la del PP, y una, del PSC, que trataba de aparecer como tal, sacudiéndose como podía los antecedentes de su partido y los suyos propios. Meritxell Batet se esforzó por no olvidarse de adjetivar el bálsamo de Fierabrás que ofrecía –diálogo, diálogo, diálogo– con un "dentro de la ley". Claro que el anuncio de la oferta que puso en su cuenta de Twitter decía: "A PP y Cs les pido que apuesten por el diálogo, dentro de la ley, y a los partidos secesionistas que renuncien a la unilateralidad". Hombre, mujer, a quienes hay que pedir que estén dentro de la ley no es a Cs ni al PP. Y pedir tampoco es el verbo.

Mientras el PSC busca y rebusca un hueco en el constitucionalismo, En Comú Podem lo busca en el separatismo. Ajeno a la nueva dimensión, ciego al cambio en la correlación, sin terceras, sin paliativos, sin remisión. "Somos una nación, y tenemos derecho a decidir", dijo de entrada el candidato Jaume Asens, en la vieja fórmula nacionalista que, como las consignas de antaño, puedes invertir sin que pase nada, porque nada significa. Asens, que facilitó la entrevista de Iglesias con Junqueras en la cárcel de Lledoners para intentar salvar los Presupuestos del Gobierno Sánchez, es la apuesta de los comunes y del propio Iglesias. Si alguien alberga alguna duda sobre la simbiosis entre Podemos y el separatismo, no tiene más que escucharle. El 15-M queda muy lejos de Galapagar. Si a eso se añade la sumisión a las actitudes y postulados separatistas, se tiene, grosso modo, la explicación de que la sociedad limitada Iglesias-Montero vaya hacia la quiebra.

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