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Cristina Losada

'Watergate' y la leyenda de la prensa heroica

Uno de aquellos jóvenes reporteros, Bob Woodward, declararía mucho después: "Decir que la prensa echó a Nixon es una gilipollez".

Cristina Losada
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 Uno de aquellos jóvenes reporteros, Bob Woodward, declararía mucho después: "Decir que la prensa echó a Nixon es una gilipollez".

A la edad en que uno empieza a considerar que habrá de dedicarse a algo, a mí me atrajo temporalmente el periodismo por dos motivos: por ser oficio de noctámbulos y porque esos noctámbulos se enteraban de cosas que ignoraba el común de las gentes, dicho sea al modo naif de la adolescencia. Lo primero nunca tuvo ningún sentido, y además se acabó con los vespertinos. En cuanto a lo segundo, se supone que el interés por desentrañar y desvelar sigue siendo un motor de la actividad periodística. Por eso me resultan bochornosas las ceremonias autocomplacientes mediante las que el periodismo se celebra, se canta y se pone los laureles por triunfos más supuestos que reales. Es decir, se deleita y babea con sus cuentos de hadas, como el que se ha venido escribiendo sobre el Watergate.

Ha muerto Ben Bradlee, el director del Washington Post que destapó aquel escándalo, y junto a las loas pertinentes ya veo venir los rutilantes letreros que siempre anuncian esta película: una versión de la bíblica pelea entre David y Goliat, o cómo dos jóvenes reporteros, guiados por el viejo maestro, lograron que cayera el todopoderoso presidente de los Estados Unidos de América. Uno de aquellos jóvenes reporteros, Bob Woodward, declararía mucho después: "Decir que la prensa echó a Nixon es una gilipollez". Pero esa gilipollez sigue vivita y coleando. En gran medida, ¡ay!, por falta de información y en otra por el afán de emulación, que es el deseo de colgar en casa, como trofeo y máxima señal de poder, la cabeza de un presidente.

En un artículo sobre los años de Nixon, publicado en 1990, el historiador Paul Johnson examinaba el Watergate desde tres ángulos: como una muestra más de la propensión americana a la caza de brujas, como un episodio de la batalla entre el Ejecutivo y el Legislativo y como un putsch mediático, fruto del odio que se profesaban mutuamente los medios progresistas de la Costa Este y Richard Nixon. Los mandarines mediáticos, dice Johnson, vieron la arrolladora victoria del californiano en 1972 como un desastre histórico y el caso Watergate les dio la oportunidad de revertirlo.

Las tesis de Johnson son discutibles y se han discutido, incluso desdeñado como pura bilis de un conservador. Pero tienen mucho más interés que el cuento para niños que ha quedado gracias, huelga decir, a la capacidad mitificadora de los medios, puesta en este caso a su servicio. En realidad, como apuntaba Woodward, el descubrimiento del espionaje al Partido Demócrata se convirtió en la debacle de Nixon gracias a los demócratas, que tenían el control del Congreso. Contra la creencia de que la prensa "hizo frente al poder" ella solita, fue otro poder político, como suele ocurrir, el que dio recorrido a una historia inicialmente de poca monta que el Post lanzó por razones bien prosaicas. La prensa no juega fuera del campo del poder, salvo que se reduzca el poder al gobierno de turno: está jugando en ese campo. Un campo en el que hay por cierto más jugadores que los partidos y sus facciones.

Quiere la leyenda del Watergate varias cosas inciertas. Una, ya comentada, que la prensa hizo caer a Nixon por sus propios medios. La otra, que cayó por negar que hubiera ordenado el espionaje. Los norteamericanos, se dice entonces, tienen en tan alto aprecio a la verdad que no toleran que un presidente les mienta. Bueno, quizá tengan más aprecio por la verdad que otros, y no miro a nadie, pero lo que hundió definitivamente a Nixon no fue la mentira, sino oírle hablar en la intimidad. El hombre ordenaba grabar todas las conversaciones que mantenía en la Casa Blanca, y cuando tuvo que entregar esas cintas y se vio (se escuchó) que era grosero y soez y destilaba desprecio por sus conciudadanos, perdió el apoyo de su partido y ahí se acabó su tiempo. Nixon no cayó tanto por espiar a sus adversarios como por su obsesiva manía de espiarse a sí mismo. Pero todo esto compone una historia emborronada, sin héroes y villanos cristalinos, sólo sucia y grotesca como la vida misma.

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