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Cristina Losada

Zapatero, la insoportable levedad

El “diálogo” era su lema, y dialogó y pactó con nacionalistas de vario pelaje y con la banda terrorista ETA, pero no con el partido que representaba a media España.

Cristina Losada
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Cuando ganó las elecciones de 2004, José Luis Rodríguez Zapatero ya no era el de la "oposición tranquila", el Sagasta que había creído ver en él Aznar varios años antes, el Bambi al que no le gustaban los miércoles, como en el título de Raúl del Pozo. Ya no era nada de eso, pero no se sabía quién era y, en realidad, nunca se supo, hasta el punto de que nos mantuvo ocupados tratando de desentrañarlo durante los siete años y pico de su estancia en La Moncloa.

Ya sé que para muchos no hay enigma y lo tienen muy claro. ¿Y quién no lo tiene, si atiende a los actos, a los hechos y a las consecuencias? Pero la paradoja fue que pudiera causar tanto destrozo una personalidad política que semejaba colgar en el vacío como la sonrisa –y la sonrisa fue su marca- del gato de Cheshire en el cuento de Alicia. "Miraba con unos ojos tan claros que daba la impresión de una transparencia demasiado límpida como para contener ni un rastro de sustancia". No escribió esto nadie de la derecha, sino Muñoz Molina en su reciente Todo lo que era sólido al recordar una entrevista con él nueve meses después de aquellas elecciones.

La falta de sustancia, la carencia de solidez: con esos mimbres cualquier cosa era posible y, en efecto, lo fue. Zapatero había sido el chico de León, nacido en Valladolid, discreto diputado desde 1986, culiparlante, o sea, que por azares de la vida partidaria, por sorpresa, llegó a la secretaría general del PSOE en el 2000 con un grupo que parecía querer tomar distancias del felipismo. Era una nueva camada socialista que protagonizó lo que Florentino Portero llamaría en una ocasión "la rebelión de los mindundis".

El "diálogo" era su lema, y dialogó y pactó con nacionalistas de vario pelaje y con la banda terrorista ETA, pero no con el partido que representaba a media España: gobernar "contra la derecha" fue obsesión. Fue esta otra de sus paradojas, que enarbolara el consenso como bandera y quebrara de hecho consensos básicos. Hasta la nación española resultó "discutida y discutible", igual que la Transición, obliterada para emprender el regreso a la guerra civil y a la República, viejos fantasmas que resucitó con gran éxito de público y que trajeron una fantasmagórica tropa de antifranquistas sobrevenidos.

Zapatero arribó a la presidencia ayuno de cualquier experiencia de gestión, pero con una carga de sectarismo acumulado que sería error atribuirle a él en exclusiva, porque era compartido y además tenía historia. Con él se manifestaron los rasgos de una izquierda que habiendo perdido sus señas de identidad clásicas, se engolfaba en la superioridad moral, en un "ser de izquierdas" que ya no representaba un doctrina política específica y era ante todo una proclamación de virtud sentimental y orgullosa. El zapaterismo, fuera lo que fuese, no renunciaba a la vieja retórica socialista allá en Rodiezmo, pero lo esencial era instalar la paridad, aprobar el matrimonio homosexual, hacer profesión de fe laicista.

La exacerbación de las diferencias, la radicalización ideológica, se hacía desde la sonrisa y el sentimentalismo, siempre con "la lágrima socialdemócrata", como acuñó el periodista Santiago González. Era un fundamentalismo, pero era un fundamentalismo blando. Y tuvo su fruto, porque volvió a ganar en 2008. Ya no era el "presidente por accidente". Era el presidente con el que se identificaba la mayoría. El "pensamiento Alicia" (Gustavo Bueno) proveía una fantástica huida de la realidad, y sólo cuando ésta fue ya inescapable, cuando solidificó en la mayor crisis económica de nuestra época, se rompió el hechizo.

Ironías del destino. Casi lo único medianamente sensato que emprendió Zapatero, que fue aquel mini-plan de ajuste en 2010, fue la causa de su hundimiento. Aquello fue lo que le privaría del apoyo de la izquierda volátil que él había logrado agrupar en las urnas en dos ocasiones. Se fue de aquella manera, empujado por los suyos, y ahora es como si no hubiera existido. Las huellas de su tiempo siguen ahí todavía, pero es como si él se hubiera evaporado. No hay duda de que el papel que mejor ha interpretado es el de ex presidente.

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