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La nueva inquisición del matrimonio homosexual

Estos conflictos vienen en buena parte de la apropiación del matrimonio por parte del Estado.

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En menos de una década hemos pasado de ver impensable que los gays se casen entre sí a que resulte impensable que alguien se oponga a ello. Es un cambio cultural enorme que rompe con milenios de tradición y que muchos aplaudirán, pero ha traído consigo una consecuencia que no por previsible resulta menos dañina: una intolerancia brutal contra quienes aún se siguen oponiendo al matrimonio homosexual. Como en tantas cosas, aunque esta tendencia empieza a vislumbrarse en España, está ya muy a la vista en Estados Unidos. Allí no sólo se forzó a dimitir al responsable de Mozilla, el genio informático Brendan Eich, por haber apoyado una propuesta contra el matrimonio homosexual; también han condenado a varias pastelerías por no querer hacer la tarta de una boda gay, perniciosa costumbre que parece estar llegando a Europa también, o a una fotógrafa que no quiso trabajar en otra.

En ese ambiente, sorprende agradablemente un artículo publicado hace unas semanas en The Atlantic donde dos hermanas escriben sobre sus discrepancias sobre esta cuestión. Una de ellas considera que tanto la complementariedad de los géneros como la posibilidad de creación de vidas nuevas fruto de esa unión son elementos esenciales, y no accidentales, del matrimonio que no se dan en el caso de las parejas del mismo sexo. Su hermana, homosexual y con pareja estable, piensa en cambio que el matrimonio no es más que una relación contractual entre dos adultos que consienten, y que al poder casarse parejas estériles o ateas los argumentos basados en la religión o la procreación no tienen sentido para ella. Nada demasiado raro. Lo que desgraciadamente sí empieza a resultar extraño es el tono amable y el afecto que se percibe tras su desacuerdo.

Para que no parezca que me escondo: creo que estos conflictos vienen en buena parte de la apropiación del matrimonio por parte del Estado, que no debería tener voz ni voto en las relaciones contractuales entre dos adultos. Y es que el argumento de que no debemos meternos en lo que hacen dos personas que consienten sería perfecto si no fuera porque el reconocimiento estatal de una unión, del tipo que sea, ya nos obliga a todos a meternos en esa relación. La diferenciación entre hombre y mujer es una parte esencial de lo que hace a un matrimonio lo que es, pero no veo por qué ha de ser un problema que dos hombres, o dos mujeres, o un número indeterminado de personas, ya que nos ponemos, firmen un contrato de derechos y deberes esencialmente idéntico al matrimonio, aunque, sospecho, generalmente funcionará peor porque ese contrato ha evolucionado en el tiempo asumiendo que los contrayentes son hombre y mujer. Tampoco me parece que el matrimonio homosexual cause especial daño a la institución ni la diluya, como argumentan algunos detractores, pero sí que es aberrante que los mismos que reclaman respeto para su contrato libre entre adultos quieran obligar a otros adultos a trabajar para su boda aunque no quieran.

Lo esencial es que ninguna de estas ideas nace de ningún prejuicio contra los homosexuales ni de nada personal contra nadie. No miro mal a ningún homosexual casado y acudiría sin problemas a una boda gay si fuera de alguien cercano. Pero parece que de un tiempo a esta parte cada vez es más habitual considerar las ideas contrarias como una imperdonable ofensa personal. Y esa es la lección que nos dan estas dos hermanas: saber distinguir lo esencial de lo accesorio. La vida de la política.

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