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La izquierda fagocitada

El progresismo identifica una institución, la asesina, la destripa y se disfraza con la piel del cadáver exigiendo el respeto que tenía cuando estaba viva.

El progresismo identifica una institución, la asesina, la destripa y se disfraza con la piel del cadáver exigiendo el respeto que tenía cuando estaba viva.
8 de marzo de 2025, Madrid: Manifestantes corean consignas feministas en el 8-M. | Cordon Press

El progresismo, como explicó el ingenioso David Burge en un tuit icónico, tiene un modus operandi que repite una y otra vez: identifica una institución respetada, la asesina, la destripa y se disfraza con la piel del cadáver exigiendo el respeto que la institución tenía cuando estaba viva. Robert Conquest lo anticipó en su segunda ley sobre la política: cualquier organización que no sea explícitamente de derechas acabará antes o después siendo de izquierdas.

Lo hemos visto repetido una y otra vez. Organizaciones de derechos humanos como Amnistía Internacional o Human Rights Watch fueron pioneras. Un caso menos conocido aquí, pero ampliamente documentado en Estados Unidos, es el de la American Civil Liberties Union (ACLU), que pasó de defender legalmente el derecho de unos neonazis a manifestarse en los años 70 a denunciar a quienes se oponen a que un adolescente entre en los baños de chicas porque dice ser mujer. Oxfam pasó de ser una institución asistencial a hacer propaganda anticapitalista casi al mismo ritmo con que sus voluntarios empezaron a violar mujeres del tercer mundo. Save the Children incluyó dentro de su misión de proteger a niños campañas políticas contra la reducción de gasto público o a favor de la inmigración masiva. La ocupación por parte de la izquierda de la universidad se ha filtrado a revistas científicas como Nature o Science que empezaron a apoyar candidatos demócratas y escribir editoriales a favor de la ideología de género. Y así podríamos seguir hasta escribir un libro entero.

En muchas ocasiones hablamos, en buena parte por simplificar, de la izquierda como responsable de esta destrucción de instituciones que antaño eran de todos y ahora son puramente sectarias. Pero ¿y si la propia izquierda hubiera sido la primera víctima? Esa izquierda obrerista, ese señor de gafas que se había leído a Marx o al menos fingía haberlo hecho, ese sindicalista que de verdad creía en las huelgas y los piquetes como forma de mejorar las condiciones de vida de los trabajadores, ese político que aborrecía a ETA y Batasuna por mucho que se dijeran de izquierdas. Sí, hay un poco de mito en el recuerdo de aquella izquierda y excepciones por doquier, pero también refleja una realidad que se ha ido diluyendo con el tiempo. Hace unos años el progresismo no era ni siquiera la mayoría de la izquierda, aunque sí una minoría especialmente presente en medios y universidades. Pero ahora parece que no hay nada más.

La diferencia entre izquierda y progresismo no es tanto programática como moral. Un progresista es quien piensa que todos aquellos que piensan como él son buenas personas, y quienes discrepan son los malos de la película. Cuando se piensa así, es casi inevitable concluir que ninguna institución respetable puede albergar a nadie de derechas, porque ninguna institución respetable puede incluir malas personas a sabiendas. Así que procurará expulsarlas mientras aumenta los números propios, hasta que llega el momento de que la institución deja de tener carácter propio y principios fundacionales distintivos como la defensa de la libertad de expresión o los principios científicos. Pasa entonces a convertirse en un clon más de la organización única que sólo produce pensamiento único.

¿Y qué le ha pasado a la izquierda sino esto? Los más jóvenes no se lo creerán, pero hubo un tiempo en que había feministas de izquierdas contra la ley de violencia de género, entre ellas nada más y nada menos que Manuela Carmena. Que el progresista Zapatero se avino a firmar el pacto antiterrorista por temor a que sus propias bases de izquierdas le diesen la espalda. Todo esto sucedió a comienzos de este siglo. Pero ya nada queda de aquello. La unanimidad progresista lo mismo se muestra condenando la inexistente agresión a la tertuliana Santaolalla que alabando la amnistía que cinco minutos antes condenaban. Sí, hay en la izquierda quien discrepa. Pero su papel real es servir de coartada. Al igual que el feminismo ya no incluye a quienes defienden la igualdad entre hombres y mujeres, toda la izquierda es hoy progresismo.

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