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Eduardo Goligorsky

El Parque Jurásico nacionalista

El nacionalismo, una vez depurado del barniz civilizado con que lo recubre el neocórtex, muestra su feo instinto reptiliano.

Eduardo Goligorsky
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El nacionalismo, una vez depurado del barniz civilizado con que lo recubre el neocórtex, muestra su feo instinto reptiliano.
Asistentes al acto protagonizado en Perpiñán por el golpista fugado Carles Puigdemont. | EFE

Cuando les pedimos a los conciudadanos catalanes que hagan funcionar la parte más evolucionada de su cerebro para inmunizarse contra la avalancha de mitos supremacistas, fraudes históricos y prejuicios cainitas con que los bombardean los adoctrinadores nacionalistas desde los centros escolares y los medios de comunicación públicos para aislarlos del resto de sus compatriotas españoles, no los estamos halagando con una figura retórica sino que nos referimos a algo muy concreto: a la zona del encéfalo que nos distingue de nuestros antepasados reptiles e incluso de nuestras mascotas.

El complejo reptiliano

"El gato está especialmente imbuido de instintos territoriales. El instinto de reclamar y defender territorio es muy fuerte en el gato casero típico, aunque lleve muchas generaciones de adaptación a la vida doméstica", advierte Mordecai Singer (The Good Cat Book, Simon and Schuster, 1981). ¿Y el hombre? Basta echar una mirada a la prensa escrita y a las imágenes de los telediarios para comprender que el instinto de territorialidad, y otros que le son afines, rompen el frágil barniz de racionalidad para arrasarlo todo. Lo que aflora entonces no es la esporádica y puntual fuerza del gato casero sino algo mucho peor, que almacenamos en el tramo más arcaico de nuestro cerebro, en lo que Paul Mac Lean denomina complejo reptiliano o complejo-R. Y nuestros antepasados reptiles eran infinitamente más perversos que cualquier micifuz.

Escribió Carl Sagan (The Gardens of Eden, Random House, 1977):

Si este enfoque es correcto, resulta previsible que el complejo-R del cerebro humano aún esté desarrollando las funciones propias del dinosaurio. (…) Mac Lean ha demostrado que el complejo-R desempeña un papel importante en el comportamiento agresivo, la territorialidad, el ritual y la creación de jerarquías sociales.

Sagan no creía que estemos irremisiblemente condenados a actuar como dinosaurios, y recordaba que el 85% del cerebro humano corresponde al neocórtex, su parte más evolucionada, donde residen las funciones cognitivas. Las cosas se complican cuando, como sucede ahora, el dinosaurio se apropia de algunas de las facultades superiores del neocórtex para aumentar su poder destructivo. El fenómeno no es nuevo, pero no por ello es menos alarmante: el complejo-R se arma con el lenguaje del neocórtex para suministrar una falsa coherencia a discursos viscerales que, enmascarados tras invocaciones metafísicas y esotéricas a la tradición, la fe y el territorio, cuando no a peculiaridades y exclusivismos étnicos, enardecen a las multitudes y estimulan su belicosidad.

Exigen más y más

Ya entramos de lleno en el tema del nacionalismo, que una vez depurado del barniz civilizado con que lo recubre el neocórtex, muestra su feo instinto reptiliano. El Parque Jurásico nacionalista catalán está en su apogeo. Quienes deberían desempeñar la función de cuidadores de la fauna prehistórica no solo no cumplen con su deber sino que, para colmo, miman y estimulan a los machos alfa de la manada. Y los depredadores, cebados por la abundancia del banquete, exigen más y más. Por ejemplo, la anexión con pretextos lingüísticos, imitando a los descerebrados nazis del anschluss, de lo que ellos llaman países catalanes. Ya empezaron invadiendo la capital del Rosellón francés encabezados por un trabucaire usurpador prófugo de la justicia española.

El problema consiste en que este Parque Jurásico no está situado en una isla inaccesible sino en la costa de un país llamado España, ubicado a su vez en la prolongación de un continente llamado Europa, habitados ambos por ciudadanos libres e iguales, evolucionados muy por encima del nivel de los chamanes tribales. La carcundia anclada en el complejo-R y en aquellas supersticiones arcaizantes, compone la aristocracia humana del Parque Jurásico y conspira para convertir en haciendas feudales las parcelas cedidas por los felones de turno. Y explota en ellas a la mayoría que no reúne los requisitos de pureza de sangre, homogeneidad cultural y sectarismo ideológico, indispensables para ascender en la jerarquía del Parque Jurásico.

Dejen convivir en paz

O sea que se da el fenómeno inverso al que dicta la lógica: como si en el zoológico las fieras se pasearan libremente por los caminos interiores y los visitantes estuvieran en las jaulas. Aquí los más primitivos son los que aprovechan su hegemonía en el Parque Jurásico para imponer la servidumbre a los más evolucionados. Un espectáculo bochornoso que se desarrolla ante la mirada cómplice de la casta gobernante y se completa con las escenas de lucha despiadada entre los machos rivales de la manada antediluviana que se disputan el puesto alfa.

Urge desalojar del espacio civilizado a estos ejemplares regresivos de la cadena evolutiva. Y si encuentran un Parque Jurásico hermético donde puedan intercambiar dentelladas dinosaurios, gliptodontes, pterodáctilos… y neandertales, que la suerte los acompañe. Mientras tanto, dejen convivir en paz a los ciudadanos respetuosos de la ley en la sociedad abierta del siglo XXI.

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