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Hablemos claro

Si no fuera por Felipe VI y por las Fuerzas Armadas, todo el Estado padecería un desgobierno idéntico al que castiga a la región catalana.

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Pablo Iglesias, con el presidente y algunos ministros al fondo | EFE

Hablemos claro. Si España fuera una república, en circunstancias como las actuales estaría acéfala y desmembrada, o se hallaría sometida a una dictadura como las que oprimen a los desventurados húngaros, polacos, venezolanos, nicaragüenses o cubanos. La cultura cívica y la lucidez premonitoria de los protagonistas de la Transición, nos legaron una Constitución que consagra los valores tradicionalmente asociados al republicanismo, y los coloca bajo la custodia de un monarca sujeto al imperio de la ley. En tanto que encarga a las Fuerzas Armadas la defensa de la soberanía y la integridad del país regenerado.

Nocturnidad y alevosía

Solo la presencia física y el discurso racional de Felipe VI ocultan el vacío que, si España fuera república, la situarían al margen de la Comunidad Europea y del concierto de naciones civilizadas. Hablando desde una perspectiva realista, se puede afirmar que el puesto de presidente de Gobierno está vacante, dado que lo usurpa un mediocre ensoberbecido por la megalomanía, colocado allí con nocturnidad y alevosía por partidos políticos que son hostiles a la sociedad abierta y plural, aliados a otros que reniegan de su condición intrínseca de españoles.

¿A quién representa, concretamente, el sedicente doctor Pedro Sánchez? Solo a los 187.949 militantes, alevines de la (de)generación zapateril, desconectados del PSOE histórico, que lo sacaron del limbo adonde lo habían arrojado los compañeros de filas que le conocían las mañas. Los votos que se sumaron a los raquíticos 84 de su séquito de trepadores para catapultarlo a la Moncloa llevaban, todos, el sello totalitario. Ya fuera leninista o identitario. Con semejante tropa de filibusteros es razonable decir, hablando claro, que si no tuviéramos una monarquía ejemplar, el país estaría acéfalo y descuartizado, o desangrado por la tiranía

Suena la alarma

Ahora, un filibustero de la tropa finge cambiar de escuadra. Pablo Iglesias se divorcia públicamente de la dictadura venezolana. Nada nuevo en los giros tácticos de la izquierda despótica, que salta de una forma de dictadura a otra sin modificar su fondo autocrático. Trotskistas, estalinistas, maoístas, titoístas, castristas, tanto monta, monta tanto. La ideología leninista de Iglesias, trufada con el populismo del peronista Ernesto Laclau y del exterrorista Toni Negri, está explícita en el artículo en inglés que lleva su firma, "Understanding Podemos" (Entendiendo Podemos), publicado en la ultraizquierdista New Left Review, nº 93, mayo-junio 2015. Y esa ideología es la que impulsa el asalto al poder de la minoría revolucionaria, montada sobre los hombros del entreguista Pedro Sánchez y propulsada por el combustible del secesionismo atrabiliario.

Lloís Foix hace sonar la alarma ("Torra no gobierna", LV, 1/10):

Para precipitar cambios no se precisan muchas personas. En su relato de la técnica del golpe de Estado, Curzio Malaparte describe la técnica que Trotski y Lenin estaban estudiando para el golpe que hizo triunfar la revolución del 25 de octubre de 1917. Lenin sostenía que la revolución consistía en que millones de hombres y mujeres, masas de obreros y desertores, tomaran las calles de San Petersburgo para derrotar al gobierno y apoderarse del Estado. A Trotski le bastaban mil hombres para apoderarse del Estado y después derrotar al gobierno. Fue la opinión de Trotski la que triunfó con solo unos centenares de agitadores y técnicos que se entrenaron inadvertidos durante unos días por las calles de San Petersburgo para en muy pocas horas, el día indicado, controlar las estaciones de tren, los teléfonos, los puentes sobre el Neva y asaltar el Palacio de Invierno. Todo fue muy rápido y con muy poca gente "ya que las masas no sirven de nada, una pequeña tropa basta".

A este análisis de las técnicas del golpe de Estado, conviene añadirle una opinión jurídica, cuando los golpistas autóctonos se declaran inocentes y acusan de "fascistas", como lo hace Joan Tardà, a quienes los desenmascaran. ¿Se puede hablar de golpe de Estado si no existe violencia? Juan-José López Burniol contesta la pregunta con rigor notarial citando textualmente al clásico Hans Kelsen ("Kelsen y el golpe de Estado", LV, 3/11):

Una revolución, en el sentido amplio de la palabra, que abarca también el golpe de Estado, es toda modificación no legítima de la Constitución –es decir, no efectuada conforme a las disposiciones constitucionales–, o su reemplazo por otra. Visto desde este punto de vista (sic) jurídico, es indiferente que esa modificación de la situación política se cumpla mediante un acto de fuerza dirigido contra el gobierno legítimo, o efectuado por miembros del mismo gobierno;, que se trate de un movimiento de masas populares, o sea cumplido por un pequeño grupo de individuos. Lo decisivo es que la Constitución válida sea modificada de una manera, o reemplazada completamente por una nueva Constitución que no se encuentra prescripta en la Constitución hasta entonces válida.

El pacto letal

Pone los pelos de punta comprobar que las tácticas de los revolucionarios bolcheviques arriba resumidas están siendo copiadas al pie de la letra por los enemigos internos del Reino de España. Son la sustancia de los manuales de instrucciones para los activistas de las CUP, los CDR, Arran, La Forja, CAAR, Bandera Negra y otros colectivos de especialistas en trabajos sucios, retoños del pistolerismo de los años 1920 y 1930 que Quim Torra enarbola como modelo para jóvenes supremacistas en sus interludios de historiador.

Y que nadie se engañe cuando los padrinos de estos bárbaros -los Junqueras, Tardà, Campuzano y otros guías de la rebelión- entonan himnos al pacifismo, el diálogo y la democracia. Sus únicos aliados potenciales para encarrilar a la sociedad cautiva por la vía eslovena son los anticapitalistas podemitas. El pacto letal está maduro. Lo avala el predicador Francesc-Marc Álvaro al comentar el pleno sobre Cataluña en el Congreso ("Una oportunidad malgastada", LV, 13/12):

El líder de Podemos pronunció un discurso valiente, una apuesta clara por la plurinacionalidad, el reconocimiento y la negociación, una posición que es imprescindible en España. (…) Es paradójico que sea Podemos, un partido nacido al calor del 15-M y lejos de las instituciones, la formación que está demostrando tener más sentido de Estado ante la situación catalana.

La bendición de Pilar Rahola, deslizada en medio de una de sus cotidianas descargas de bilis, da la bienvenida al flamante cofrade ("El nadismo", LV, 14/12):

El "a por ellos" masivo y desaforado que se vivió en el Congreso, sin apenas disidencia (con la notable excepción de Pablo Iglesias).

Oligarquía enrocada

Hablemos claro. Si no fuera por la presencia pedagógica del rey ilustrado Felipe VI y por la garantía para la soberanía y la integridad de España que la Constitución encomienda a las Fuerzas Armadas -como acaba de suscribir la ministra de Defensa, Margarita Robles- todo el Estado padecería un desgobierno idéntico al que castiga a la región catalana. En esta, los partidos secesionistas se enfrentan entre sí en una guerra intestina sin cuartel, y la oligarquía enrocada en centros antagónicos de poder situados dentro y fuera de su territorio patrocina las campañas de odio y estimula a la manada vandálica, mientras se jacta de su desprecio por las necesidades de la plebe que la votó engañada. "El Parlament de Catalunya terminará el año sin aprobar una sola norma nueva", informa la prensa (LV, 17/12), aunque le sobra tiempo para menesteres golpistas: "El Parlament tacha de `antidemocrática´ la Constitución" (LV, 19/12).

Los partidos que encarnan la lealtad al patriotismo cívico deben cumplir, unidos por encima de las diferencias puntuales, con su deber de restaurar el orden constitucional antes de que sea demasiado tarde.

PS: La mandamás de la ANC, Elisenda Paluzie, exasperada por la convocatoria del Consejo de Ministros del 21-D en lo que considera su enclave tribal, acusó al Ejecutivo de "llevar estas reuniones a Barcelona como se hacía durante el franquismo" (LV, 18/12). Oculta esta señora que muchos hispanófobos furibundos de su casta etnocentrista disfrutan todavía de la opulencia heredada de sus padres y abuelos, empresarios, profesionales y funcionarios de rancia alcurnia catalana, que agasajaban colectivamente al dictador y sus favoritos durante sus visitas a Barcelona para agradecerles la riqueza que les obsequiaba su política económica. Y no hablemos de los estraperlistas catalanes del régimen, como el que legó una cuantiosa fortuna mal habida a su vástago, el evasor fiscal Jordi Pujol i Soley.

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