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Los genes fascistas de nuestros antifascistas

Las emociones de los idólatras del sanguinario Lenin están gobernadas por genes que podrían haberlos convertido igualmente en devotos de Mussolini.

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Quema de neumáticos en la AP7 | Europa Press

España, incluida su región catalana, asiste a una contradictoria eclosión de movimientos retóricamente antifascistas. Contradictoria, porque dichos movimientos están acaudillados por personajes cuyo comportamiento torticero, autoritario y discriminatorio se ciñe estrictamente a los cánones fascistas, y porque las masas que les obedecen actúan con la disciplina ciega y la propensión al maniqueísmo y la intolerancia que son típicas de esa ideología.

Fenómeno aberrante

En España, los sedicentes antifascistas abogan por un sistema plurinacional que congela las identidades locales como si de las razas que mitificaba el fascismo se tratara. En Cataluña y la comunidad vasca los secesionistas que enarbolan pancartas antifascistas ostentan su identidad como prueba de superioridad sobre los vecinos a quienes desprecian con orgullo fascista. Y en Cataluña reclutan escorias antisociales como fuerza de choque para apretar a los opositores y a los propios cofrades sospechosos de blandenguería, mientras en la comunidad vasca los descerebrados tributan homenajes a los asesinos impenitentes en las plazas públicas. La presencia de este antifascismo marcado por genes fascistas es un fenómeno aberrante pero muy real.

Lo mejor para desenmascarar la naturaleza fraudulenta de este antifascismo de matriz fascista es imaginar cómo formularía su hoja de ruta un activista de cualquiera de estos abortos de la vida política, en España y en sus apéndices catalán y vasco, con énfasis en las apelaciones al pueblo abstracto. Porque -otro gen fascista- esta parodia de antifascismo no reconoce que en las sociedades abiertas y plurales la fuente del poder no reside en la entelequia maleable del pueblo, sino en la voluntad que los ciudadanos concretos expresan periódicamente a través de las urnas.

He aquí la que podría ser la hoja de ruta del activista pseudoantifascista.

Breviario (apócrifo) del antifascismo con genes fascistas

Nuestro programa es el único que asegura la felicidad y la prosperidad del pueblo.

Todo el que discrepe con este programa y ponga obstáculos a su realización es un fascista enemigo del pueblo.

Es preciso levantar un cordón sanitario para impedir que los fascistas enemigos del pueblo se conviertan en la mayoría gobernante.

Allí donde los fascistas gobiernan, los antifascistas tenemos el deber de movilizarnos, asediarlos y concertar alianzas con otros antifascistas para desalojarlos del poder apelando a todos los recursos desestabilizadores hasta forzar una moción de censura. Además, debemos impugnar bajo el común denominador de ley mordaza las medidas encaminadas a preservar el orden burgués contra el que nos alzamos los antifascistas.

Allí donde gobernamos los antifascistas, tenemos la obligación de utilizar todos los medios de comunicación para inculcar las ideas justas al pueblo desde la más tierna infancia, al mismo tiempo que dictamos las leyes necesarias para impedir que los fascistas ocupen las calles, que son siempre nuestras, y engañen al pueblo con sus mentiras.

Cuidaremos que se consolide la diferencia entre nosotros, la izquierda antifascista, que encarna el futuro, y ellos, la derecha fascista, que pone las libertades y los derechos humanos formales al servicio de los explotadores capitalistas.

Actualizaremos nuestro programa antifascista incluyendo la defensa acérrima de la plurinacionalidad, que conserva la identidad milenaria de cada pueblo, garantizándole el ejercicio de sus privilegios históricos y la intangibilidad de sus tradiciones, su cultura, su lengua propia cuando la tiene, y sus fronteras territoriales. Lo cual implica denunciar y combatir la política niveladora de los fascistas, empeñados en diluir las peculiaridades heredadas desde tiempos inmemoriales, peculiaridades estas impresas en los genes que convierten a unos pueblos en superiores a otros. Si cediéramos a las presiones de la derecha fascista terminaríamos todos fusionados en una sola nación, compuesta por los que estos imitadores incorregibles de los jacobinos franceses llaman ciudadanos libres e iguales.

Es un deber irrenunciable de los luchadores antifascistas exhumar y expulsar la momia del dictador fascista Francisco Franco, y extirpar la cruz retrógrada que corona el adefesio del Valle de los Caídos, para cumplir lo que prometieron nuestros heroicos combatientes de la Guerra Civil acogidos en la gloriosa Unión Soviética. Lo prometieron congregados frente al portentoso mausoleo donde descansan los restos incorruptos del genial guía de la Revolución de los pueblos, Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, redentor de los proletarios del mundo y azote implacable de los parásitos capitalistas que aniquiló en una guerra sin cuartel. En ese monumento indestructible lo acompañarán hasta la eternidad la hoz y el martillo, que simbolizan la Némesis del fascismo.

Pondremos fin a los abusos pedófilos de los curas fascistas, colocando a l@s niñ@s bajo la protección de los antifascistas del colectivo LGTBI, para que puedan desfilar tranquil@s con sus compañer@s de género en el Día del Orgullo Gay.

Los antifascistas abominamos de las monarquías regidas por constituciones fascistas como las que oprimen a la población indigente de los países escandinavos, Holanda, Bélgica o el Reino Unido, y elegimos como modelo digno de emular a las repúblicas de Venezuela, Cuba, Nicaragua, Bolivia, y aquellas que en África se emanciparon del yugo colonial.

Fosas sépticas

Basta de chirigotas. Las emociones de los idólatras del sanguinario Lenin, admiradores de los mamarrachos arquitectónicos del bolchevismo, y fetichistas de sus símbolos arcaicos, están gobernadas por genes que podrían haberlos convertido igualmente en perfectos fascistas, devotos de Mussolini y apegados a toda la parafernalia de su régimen. Y vista la semejanza entre la mentalidad totalitaria de los sedicentes antifascistas y la de los próceres de la Falange, tampoco son creíbles los argumentos que aquellos emplean para justificar su animosidad contra Franco y sus reliquias.

Actualmente España transita por el filo de una navaja a cuyos costados se abren abismos insondables. Por un lado, la fosa comunista tapizada con los parches del populismo nacionalista y del guerracivilismo sectario. Allí pulula la izquierda reaccionaria capitaneada por podemitas y colauitas. Por otro lado, el sumidero secesionista, donde fermenta el odio cainita que, sintomáticamente, lleva su toxicidad hasta el extremo de encarnizarse tanto con los hermanos españoles como con los camaradas de su propia tribu, divididos por razones tácticas y crematísticas en puigdemontistas y junqueristas.

Estas dos fosas sépticas están intercomunicadas por una cloaca donde chapotean, masticando la casquería del poder mal habido, el usurpador Pedro Sánchez y su Armada Brancaleone.

Un coco ficticio

Nos provocaría risa, si no fuéramos nosotros las víctimas expoliadas, este espectáculo grotesco que protagoniza una tropa de fingidos antifascistas, desenmascarados por sus genes ostensiblemente autoritarios, chovinistas y racistas. Esta tropa es la que nos amenaza con un ficticio coco fascista representado por los partidos liberales y conservadores, cuando son estos, precisamente, los que vienen a rescatarnos de la debacle.

Y sería reconfortante para los ciudadanos adictos a la sociedad abierta y plural, que a estas fuerzas constitucionalistas se sumaran aquellos socialistas todavía leales a la monarquía parlamentaria y al patriotismo cívico, valores de los que ha renegado su partido en franca descomposición. No es hora de sectarismos ni de ortodoxias. Esta emergencia exige firmar, sin tardanza, un pacto para poner en marcha el frente mayoritario de salvación nacional.

En España

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