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Manuel Valls contra 'monsieur' Chauvin

Valls no viene para someterse a la estéril disciplina sectaria, sino para romper las barreras de la endogamia retrógrada que nos transmitió Chauvin.

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EFE

El estereotipo favorito de los difamadores que se ensañan con nuestros vecinos franceses consiste en acusarlos de chovinistas, palabra que es sinónimo de fanatismo nacionalista. O sea que atribuyen a todos los ciudadanos de Francia el talante que, según cuenta la historia, hizo famoso a Nicolas Chauvin, soldado de la Revolución Francesa y del ejército napoleónico. Quienes emplean esta generalización para descalificar a todo un pueblo son, ellos sí, modelos de chovinismo.

Esto no significa que Francia no fuera, cíclicamente, protagonista de accesos de chovinismo, como casi todos los países. Pero hace bastantes años que monsieur Chauvin se fue de vacaciones y solo dejó a madame Le Pen administrando la boutique del odio. La prueba de su ausencia es que la gaditana Anne Hidalgo pudo ganar la Alcaldía de París con mayoría de votos y que el barcelonés Manuel Valls desarrolló una brillante carrera política que culminó cuando el presidente François Hollande lo designó primer ministro de Francia.

Taumaturga de vodevil

¿Y a dónde se fue de vacaciones monsieur Chauvin con su bagaje chovinista? ¡Sorpresa!A la históricamente cosmopolita Barcelona, donde sus discípulos forman "un frente común que abarca desde la oposición hasta Colau contra la candidatura de Valls" (suplemento "Vivir", LV, 27/9). El hijo pródigo, nacido en el barrio de Horta, vuelve portador de los valores republicanos de su segunda patria francesa, cuya matriz racionalista es intolerable para los republikanos bananeros de su tierra. Y es aquí donde choca con los bajos instintos discriminatorios de monsieur Chauvin.

En el artículo citado, la taumaturga de vodevil Ada Colau aparece acusando a Valls de ser el candidato de las "élites económicas", molestas –dice– por las políticas de BComú que han tocado "los privilegios de las grandes corporaciones". Lo que no ha tocado su camarilla antisistema es la invasión de narcopisos, de manteros, de okupas, de incívicos y de vándalos acosadores de turistas. Un titular ("Vivir", LV, 16/9) completa el panorama: "Más de veinte delitos por hora – La escalada delictiva de Barcelona no tiene parangón con las otras grandes ciudades españolas". Y Màrius Carol opina en su carta diaria ("Avisos a Barcelona", LV, 29/8)

En pocos días de diferencia, la revista Monocle, que es la mirada literaria más inteligente sobre las ciudades, ha bajado dos puestos a Barcelona en el ranking de las mejores urbes (del 17 al 19), mientras el Reputation Institut la ha hecho retroceder siete (del 8 al 15).

Para completar la andanada demagógica de Colau, fue su mano derecha, Gerardo Pisarello, quien, según el mismo artículo, disparó la artillería de la revancha guerracivilista contra el candidato de la convivencia civilizada: "Me gustaría saber cuál es la política de memoria histórica de Valls". Tranquiliza pensar que será radicalmente opuesta a la de Pisarello, quien durante la reciente visita a su Argentina natal fue a chapotear en el estercolero kirchnerista para rendir pleitesía a la cleptócrata enjuiciada Cristina Fernández, vociferante aduladora de los asesinos, secuestradores y atracadores montoneros que, además, empleó como amanuense al tenebroso enredador Baltasar Garzón. Las cloacas los crían…

Burla cruel

El funambulista Antoni Puigverd, que no vive en el barrio degradado del Raval, ni en la Barceloneta depredada, ni tiene una tienda atracada en el Born, ni viaja en el Metro hacinado con carteristas, ni transita entre manteros, escribe, burlándose cruelmente del calvario crónico que padecen los barceloneses, víctimas del régimen anarcoide de Colau, Pisarello y su patio de Monipodio ("Billar francés", LV, 26/9):

También [Valls] pondrá a prueba con el discurso que ya tenía en Francia, "ley y orden", el predominio cultural del progresismo tolerante, multicultural y relativista que la alcaldesa Colau representa.

Y como si esta tergiversación colosal de la realidad, fabricada para ocultar el ocaso provinciano tramado por el Ayuntamiento, supiera a poco, el canonizador sobrevenido de la alcaldesa se s de antorchas y figurantes disfrazados de miquelets. Quienes exhuman los mitos identitarios etnocentristas del pasado para plantar nuevas fronteras entre hermanos son el trumpista Steve Bannon, Carles Puigdemont y Quim Torra, con Ada Colau en el furgón de cola, y no Manuel Valls y sus acompañantes modernizadores de la sociedad civil catalana.

Enclave tercermundista

El chovinista consuetudinario Carles Mundó, investigado por prevaricación, malversación de fondos públicos y desobediencia al Tribunal Constitucional, ha dado el golpe de gracia, sin quererlo, al candidato rival del cartesiano Valls, el maniqueísta Ernest Maragall, cuando explicó que este aceptó la candidatura por Esquerra Republicana de Catalunya para construir un proyecto amplio, "que se parezca al máximo a lo que hoy es Barcelona" ("Maragall o Valls", LV, 27/9). Vade retro. Esto significa que su proyecto es el propio de una brigada de demolición, encaminado a fundar un enclave tercermundista que se parezca al máximo a los escombros que dejará el clan Colau con sus 11 concejales insumisos si no los paran los 30 restantes.

Mundó nos toma por imbéciles cuando promete que este talibán –ahora encargado de reclutar mercenarios que viajarán por el mundo con documento español despotricando contra España– va a "sumar gente diversa y de tradiciones políticas diferentes, que tiene en común la pasión por Barcelona". Basta recordar que cuando a este Maragall le tocó presidir la Mesa de Edad que inauguró las sesiones del Parlament elegido el 21-D, pronunció una inflamada arenga supremacista que Inés Arrimadas juzgó "propia de un mitin de ERC".

Perder el miedo

Afortunadamente, el sector pensante de la sociedad catalana ha perdido el miedo a llamar las cosas por su nombre y empieza a pronunciarse sobre el potencial de Manuel Valls para corregir el rumbo al desastre que los nacionalistas y populistas han marcado a Cataluña y a Barcelona. Escribe el profesor Francesc Granell ("El president y Valls", LV, 29/9):

Pese a lo dicho por sus detractores, Valls mostró un amplio conocimiento de las cuestiones que preocupan a los barceloneses y que van desde la cuestión del uso ilegal del espacio público, los narcopisos, los ocupas, la falta de viviendas sociales, los problemas de movilidad y transporte público en el Área Metropolitana y la falta de iniciativas que vuelvan a hacer que Barcelona retome el entusiasmo colectivo y el orgullo que exhibió cuando los Juegos Olímpicos.

(…)

A fuerza de sincero creo que la ciudadanía debería estar más de acuerdo con el realismo de Valls que con las utopías de Torra, en sus distintos planos barcelonés y catalán. Veremos qué nos deparan las próximas elecciones que nos esperan.

Manuel Valls vuelve a Barcelona del brazo de Ciudadanos, un partido liberal guiado por el patriotismo cívico, pero no viene para someterse a la estéril disciplina sectaria sino para romper las barreras de la endogamia retrógrada que nos transmitió monsieur Chauvin, y para restaurar la Barcelona emprendedora, culta, fraternal, mestiza, plurilingüe, inseparable del Reino de España y abierta al mundo, que conquistó la admiración global en tiempos que hoy se nos antojan remotos por culpa del actual desbarajuste.

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