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Ha llegado la hora para que Carrizosa, Fernández y Garriga entablen un diálogo desprovisto de prejuicios y afanes competitivos.

Eduardo Goligorsky
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Ha llegado la hora para que Carrizosa, Fernández y Garriga entablen un diálogo desprovisto de prejuicios y afanes competitivos.
Albert Boadella junto a Carlos Carrizosa. | EFE

Por fin vuelve a la palestra una iniciativa política cuya argumentación, estrictamente racional, desprovista de exabruptos sectarios y de consignas demagógicas, se declara abierta a la confluencia fraternal con partidos que en otro contexto podrían antojarse rivales. Una iniciativa política que, además, aborda sin complejos la sutura de heridas recientemente autoinfligidas y asume en su totalidad un pasado en el que reconoce aciertos y errores.

El manifiesto

Me refiero al manifiesto firmado por la casi totalidad de los fundadores de Ciudadanos, un partido con el que no tengo compromisos ni vínculos formales, pero al que he votado desde su nacimiento después de haberlo hecho primeramente por el PSOE de Felipe González y después por el Partido Popular de José María Aznar. Es cierto, igualmente, que casi siempre me he sentido próximo al pensamiento liberal y laico que impregnaba e impregna las opiniones vertidas en escritos y disertaciones por los firmantes Francesc de Carreras, Félix de Azúa, Albert Boadella y Arcadi Espada (que prologó y presentó mi libro Por amor a Cataluña).

Con el añadido de que aprobé las tácticas intransigentes de Albert Rivera y apruebo las pragmáticas de Inés Arrimadas, adaptadas ambas, en cada trance, a las circunstancias imperantes. Creo, por lo tanto, no haber incurrido en ninguno de los excesos contradictorios a los que se refiere Fernando Ónega (LV, 16/1/2021): “¿Será una maldición? Cuando Albert Rivera dirigía Ciudadanos no se le perdonó que no se entendiera con Pedro Sánchez. Ahora, a Inés Arrimadas no le perdonan que haya querido entenderse con Sánchez”.

El programa sigue en pie

Los ayer fundadores y hoy reconstructores de Ciudadanos recuerdan que, en sus inicios, “el objetivo primordial de este futuro partido debía consistir en defender los valores de libertad e igualdad, lo cual comportaba el rechazo del nacionalismo identitario que contaminaba a las demás formaciones”. Una vez implantado en Cataluña, Ciudadanos ensanchó su horizonte e “intentó contribuir a la gobernabilidad de España mediante acuerdos y pactos con las fuerzas que ocupaban el centro político, fueran estas conservadoras, socialdemócratas o liberales, excluyendo solo a los partidos populistas que pretendían liquidar la Constitución y las reglas de la democracia parlamentaria”.

El programa originario sigue en pie, oponiéndose, “sin cesiones ni renuncias, a quienes pretenden poner fin a nuestro sistema constitucional, dividir a los españoles para enfrentarlos de nuevo entre sí enarbolando supuestas identidades nacionales y obligar en la comunidades bilingües a que el castellano deje de ser lengua vehicular en la enseñanza y en las instituciones”.

Vocación pactista

El manifiesto de los veteranos fundadores insiste una y otra vez en la vocación pactista del partido:

Ciudadanos es una opción política útil para garantizar el cumplimiento de la Constitución en el ámbito de Cataluña y articular grandes pactos en España entre aquellos partidos que no se sitúan en los extremos, es decir, ni en el populismo social ni en el nacionalista. Partidos, en definitiva, dispuestos a defender los principios básicos de la democracia parlamentaria y de la Unión Europea.

Pero, se pregunta el observador profano, ¿se necesita otro partido de centro liberal? ¿Acaso no tenemos ya al Partido Popular reciclado? ¿Por qué pactar y no fusionarse? Mario Vargas Llosa, liberal de pura cepa, se adelantó a este interrogante y respondió, con fina ironía (“Liberales y liberales”, El País, 26/1/2014):

Los congresos y encuentros liberales suelen ser, a menudo, parecidos a los de los trotskistas (cuando el trotskismo existía): batallas intelectuales en defensa de ideas contrapuestas. Algunos ven en ello un rasgo de inoperancia e irrealismo. Yo creo que estas controversias entre lo que Isaias Berlin llamaba “las verdades contradictorias” han hecho que el liberalismo siga siendo la doctrina que más ha contribuido a mejorar la coexistencia social, haciendo avanzar la libertad humana.

Terreno abonado

La controversia es fecunda, como sostiene Vargas Llosa, pero tampoco hay que exagerar. El Partido Popular y Ciudadanos discrepan en cuestiones de trascendencia social como, por ejemplo, el aborto y la eutanasia, y sin embargo cogobiernan en autonomías y municipios repartidos por toda España, casi siempre con el apoyo nada desdeñable de Vox, y las encuestas los premian.

Además, el terreno parece abonado para clausurar el circo de la chirigota independentista. Confiesa el decepcionado escriba secesionista Francesc-Marc Álvaro (“La gente pasa”, LV, 18/1/2021):

Hay que recordar que el último sondeo de La Vanguardia pone encima de la mesa que un 34 % de encuestados cree que la situación política dentro de un año será igual y un 27,1 % piensa que será peor, mientras que solo un 27,4 % tiene expectativas favorables. Actualmente, y según la misma encuesta, un 58,4 % la califica de mala. Añadamos que la gestión del Govern tiene el suspenso de un 60,4 % de los encuestados, un dato más que relevante.

Enfoque racional

La ostentosa dilución del virus independentista en un caldo de cultivo poblado de siglas antagónicas, produce una falsa sensación de seguridad en la buena gente. Los secesionistas nunca superarán el 50% de saturación a partir del cual el cenobita Junqueras profetiza la insurrección. Pero… Pero hay trampas en el laboratorio del doctor Frankenstein y su corte de los milagros chavi-peronista. La cepa mutante triangular (PSC, ERC, Comuns), cuyo portador es el multiuso Salvador Illa, se propaga para convertir en crónicas las plagas de la discriminación étnica, la proscripción de la lengua española, la impunidad de los sediciosos y la mitificación de la nación feudal.

Ha llegado la hora para que Carlos Carrizosa, Alejandro Fernández e Ignacio Garriga entablen un diálogo desprovisto de prejuicios y afanes competitivos, con el mismo enfoque racional que guio a los autores del manifiesto aquí citado, para concertar el acuerdo patriótico que ayude a preservar y consolidar la sociedad abierta. Durante la campaña preelectoral las cúpulas de los partidos constitucionalistas deberán poner la Monarquía parlamentaria, la integridad territorial y la convivencia entre compatriotas libres e iguales, por encima de sus intereses personales y sectarios.

Si votamos unidos demostraremos, una vez más, que el constitucionalismo supera con creces el cincuenta por ciento del censo de Cataluña. Unidos, repito, sin abstenciones estériles. Y así podremos volver a respirar tranquilos. ¡Por fin!

En España

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