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GUANTÁNAMO FRENTE A LA HAYA

Una Europa de teflón

La prisión de la Bahía de Guantánamo fue diseñada para interrogar a terroristas y yihadistas sacados directamente del campo de batalla: la idea era retenerlos como prisioneros de guerra de una guerra que no fue declarada y como combatientes enemigos sin uniforme o graduación militar [1]. Probablemente se cierre, debido a los clamores internacionales que ha suscitado su supuesta brutalidad. A pesar de toda la furia por su existencia, ni un solo detenido ha fallecido allí en los más de cuatro años que lleva funcionando.

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En contraste, el europeo Milosevic cayó muerto mientras estaba bajo custodia de la ONU en el posmoderno tribunal de La Haya. Muerte que sigue al reciente suicidio del líder serbocroata Milan Babic, igualmente recluido en un centro europeo de detención.
 
Pocos en Europa han dicho algo de las muertes de estos prisioneros de tan alto nivel, cuya brutalidad difería de la de muchos de los asesinos de Guantánamo principalmente en punto a magnitud. Si los rambos americanos pueden mantener a musulmanes yihadistas con vida, con sus costumbres, religión, lenguas y dieta radicalmente distintas, ¿por qué los más sensibles europeos no pueden garantizar que otros europeos no caigan muertos en sus prisiones?
 
A menudo escuchamos lo incompetentes que, bajo la tutela americana, han sido los iraquíes al juzgar a Sadam Husein. Después de todo, el juicio apenas está en sus etapas previas, dos años después de que aquél fuera capturado. Pero comparado con el más ilustre tribunal de La Haya, el juicio de Sadam corre que se las pela. Antes de su súbita muerte, Milosevic llevaba cuatro años sometido a juicio, sin veredicto. En términos de la utópica jurisprudencia internacional, el réprobo Milosevic murió como hombre libre, inocente con su último aliento hasta que se demuestre culpable.
 
Ratko Mladic.La gente se pregunta por qué los incompetentes americanos no pueden atrapar a Osama ben Laden o, al menos, a Abú Musab al Zarqaui. Pocos advierten que han pasado más de seis años desde el colapso del régimen criminal serbio, y nadie parece saber aún en qué lugar de Europa se esconden Radovan Karadzic o su comandante Ratko Mladic; y Europa no es, precisamente, el Triángulo Suní o las tierras fronterizas del Hindu Kush.
 
¿Nos dirán alguna vez los europeos: "Sabemos lo difícil que es atrapar a Zarqaui, puesto que no podemos atrapar a Karadzic o a Mladic", o: "Es duro juzgar a criminales de guerra como Sadam: mirad nuestro dilema con Milosevic"? Si un superventas francés insistía en que el 11 de Septiembre fue preparado por Estados Unidos, ¿el próximo thriller conspiratorio sostendrá que Milosevic fue envenenado por una camarilla europea temerosa de que el asesino de musulmanes pudiera resultar absuelto en La Haya y eso provocara la respuesta del Islam radical?
 
Europa se acoquinó ante el empleo de vaquerismos por George Bush, como "vaporizarlos" o "vivo o muerto"; nada que ver con la jerga de los hombres de Estado soberbios y sofisticados para señalar a, en lugar de jactarse de, su sustancial poder militar. Pero, una vez más, compare las palabras de Bush con la reciente y petulante amenaza de Jacques Chirac: Francia consideraría emprender una respuesta nuclear contra cualquier país que patrocinase un ataque terrorista contra ella. De haber dicho Bush algo parecido, los europeos estarían intentando procesarle en Bruselas por delitos de pensamiento de guerra.
 
Podríamos extendernos con estos contrastes de percepción y realidad entre Europa y Estados Unidos, examinando la perversa Patriot Act y la nueva legislación antiterrorista al otro lado del Atlántico o comparando el modo en que los inmigrantes árabes viven en Dearborn y en Marsella, o las violaciones en el extranjero de la libertad de expresión.
 
La labor más interesante no es enumerar tales hipocresías, sino explicarlas. Algunas de las críticas son hoy bien conocidas, a raíz del 11 de Septiembre: Europa es débil y América mucho más fuerte, de modo que la segunda ha de sortear un listón más alto y la primera adolece de resentimiento público y envidia clamorosa.
 
Al poderoso no le importa tanto adornar su omnipotencia con pretensiones utópicas; el débil, a falta de fuerza militar, sólo tiene eso. Y observe cómo la forja de vínculos más cercanos de América con Japón, Australia o la India no cumple los requisitos europeos de "multilaterialismo", un neologismo de deferencia para con Europa.
 
También hay en juego un elemento más preocupante. Europa trabaja con el No Occidente contra Estados Unidos, tanto para poner coto a la influencia americana como para buscar ventajas económicas mediante el ofrecimiento de una alternativa comercial occidental más sensible. Eso significa, en el caso de Oriente Medio, un deseo de mostrar la empatía europea con el mundo islámico. Así, hay una condena general de cualquier cosa que haga Estados Unidos, sin que se reconozca que detener a asesinos, juzgar a ex jefes de Estado o cazar a terroristas populistas no es fácil, ni siquiera para la Unión Europea.
 
Cuando hay occidentales que mueren en Afganistán, es noticia de contraportada; si es en Irak, va en primera plana. ¿Por qué? Porque la guerra "mala" en Irak era presuntamente "unilateral", mientras que la guerra "buena" para destronar a los talibanes es ahora una empresa multilateral. Pero para los yihadistas no hay diferencia alguna: un soldado alemán en Kabul parece exactamente tan cruzado como un americano en el Triángulo Suní. Nosotros, en Occidente, hacemos la distinción entre las guerras; los islamistas radicales no.
 
Una imagen de los disturbios registrados en Francia el pasado mes de noviembre.¿Hay consecuencias de este doble rasero? Un creciente número de americanos, que fueron criados en el aprecio a todo lo europeo, sienten un creciente hastío por los europeos. No escuchamos gran cosa de lo que dicen; y asumimos que siempre verán la paja en nuestro ojo.
 
Hoy las cosas empiezan a suponer una crisis, y los europeos están aprendiendo a destiempo –tras los disturbios franceses, los atentados de Madrid y Londres, los asesinatos en Holanda y el delirio por las viñetas danesas– que su apaciguamiento fracasó y que los islamistas radicales les odian incluso más de lo que nos odian a nosotros.
 
China y Rusia no son de ayuda en lo relacionado con Irán. Valoran el crudo iraní más que la amistad europea, y asumen que los terroristas y los proyectiles nucleares persas siempre señalarán al Oeste antes que al Este. Hamas no muestra gratitud por las sustanciosas donaciones que los europeos hicieron a los palestinos en el pasado, sino resentimiento por que los cheques lleguen tarde.
 
Como marca la costumbre de la manada, existe un muy manido juicio entre los expertos en la materia de que los días del activismo americano han muerto, y de que un nuevo enfoque más realista y multilateral –léase al estilo euro– tiene que corregir los excesos neoconservadores del pasado.
 
Pero yo pregunto: ¿vamos a prestar atención a la manera europea de juzgar a los criminales de guerra? ¿Debería ser transferido Sadam a la ahora vacía celda de Milosevic? ¿Es la coalición modélica de Afganistán más apreciada o eficaz que la de Irak? ¿Deberíamos clausurar Guantánamo y extraditar sus reclusos a La Haya? ¿La policía europea lo ha hecho mucho mejor a la hora de atrapar a Mladic o a Karadzic que nuestros soldados en su más contundente caza de Osama? ¿Detendrán realmente Naciones Unidas, el EU3, los rusos o los chinos, al estilo multilateral, el programa nuclear iraní, o simplemente paralizarán cualquier acción significativa hasta que puedan encogerse colectivamente de hombros y suspirar: "Oh, bien, después de todo se trata, simplemente, de otro Pakistán"?
 
 
Este artículo fue publicado el 17 de marzo en la National Review.


[1] Alude a las dos condiciones necesarias para la aplicación del Protocolo II de la Convención de Ginebra. Incluso si Guantánamo estuviera en un territorio sujeto a la Convención, ésta sería inaplicable porque los islamistas no cumplen ninguna de las dos condiciones.
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