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El guardiolismo, enfermedad crónica del catalanismo

¿Qué enfermedad moral lleva a Guardiola y los guardiolos catalanes a vivir instalados en la mentira compulsiva, en el embuste total y absoluto?

Pep Guardiola, en un acto independentista con Puigdemont, Junqueras y Forcadell el pasado mes de junio. | Cordon Press

El ayer futbolista, hoy entrenador y siempre pesadísimo hijo de Sampedor, fiel a su cita semanal con la vanidad al modo nacionalista, que es la pública denigración de España, porque sólo denigrándola logra sentirse superior al resto de los españoles y a buena parte de la humanidad, ha resumido en pocas frases el mal crónico del catalanismo, nacionalismo o separatismo catalán, una fiebre con diferentes grados de temperatura pero que revela una misma enfermedad: el autobombo servido por la mentira.

Guardiola ha dicho: "Estoy como toda la gente que no quiere el mal para los demás ni para sus familias. Todo lo que hemos hecho seis millones de personas saliendo a la calle en estos años lo hemos hecho de manera pacífica... o más que eso. Cuando dicen que somos generadores de violencia, se equivocan de lleno. Puedes estar de acuerdo o no, ya sabemos que las ideas son de cada uno, también los jueces pueden hacer su trabajo".

Y, añadió:"Es una gran injusticia que nos comparen con la kale borroka o con ETA. (…) Esto es muy sencillo: es ver lo que pasó el 1 de octubre. La fotografía no engaña, los vídeos no engañan. Y hay muchos. Hace años se podía, pero ahora no. Todos los mensajes, desde el presidente Puigdemont, el vicepresidente Junqueras, presidente de la ANC, presidente de Ómnium... Toda la gente de allí lo ha dicho mediante el pacifismo y expresarse mediante el voto de las urnas. Por eso es muy injusto: puedes no estar de acuerdo conmigo, pero hay fotos e imágenes".

Ni seis millones, ni fotos ni imágenes verdaderas

Nunca han salido seis millones a la calle, como dice el demagogo de Sampedor, ni catalanes, ni norcoreanos. Esos seis millones son los que el mayor ladronazo de Europa, Jordi Pujol, exhibió en una campaña pagada en diarios de todo el mundo para fingir que la Barcelona del 92, cuyos Juegos Olímpicos consiguió el franquista Samaranch y pagó toda España, no estaba en España sino en un ente sin fronteras llamado, solo en catalán, Catalunya. Ente unívoco, "un sol poble", donde no había más diferencia que la de ser catalán de nacimiento, amb arrels, o con "voluntat de ser-ho".

El sueño totalitario de Pujol era el de cualquier cerdito con nostalgia de jabalí: "Ein Volk, ein Reich, ein Führer". Un solo pueblo, el alemán; un solo Estado, al que todo se somete; y un Caudillo, al que todos obedecen. Ni siquiera entonces, cuando los gobiernos de Madrid celebraban aquel vasto sistema de latrocinio que "aseguraba la gobernabilidad de España", toda Cataluña pensaba lo mismo ni aceptaba el proyecto separatista. Menos aún ahora, cuando una mayoría de votantes catalanes rechaza la violenta imposición de la ruptura de España de los separatistas como Guardiola.

En realidad, sólo la pereza analfabeta del periodismo inglés impide preguntarle al entrenador del Manchester City: ¿cómo es posible que, de esos seis millones de los que habla, sólo dos voten a partidos separatistas; que la mayor manifestación de la historia de Cataluña haya sido la de las banderas españolas, un millón en la calle; y que el partido más votado en las últimas elecciones legales sea antinacionalista, llamado Ciudadanos? ¿Y por qué se empeña en contar las votaciones ilegales como si fueran legales?

Pero hay algo peor que la pereza analfabeta del periodismo deportivo inglés: la pereza criminal del Gobierno de España para contrarrestar esas fotos e imágenes trucadas, la campaña de intoxicación internacional que no sólo orquestaron los corresponsales amaestrados por la Generalidad, sino la TV3, el gang Roures y las televisiones de Soraya, con La Sexta a la cabeza. Hoy sabemos que de los mil heridos sólo hubo dos; que Marta Dedosrrotos es una mentirosa compulsiva que ni fue manoseada por la policía, como dijo Colau, ni nadie le rompió nada; que la famosa anciana ensangrentada se había caído por una escalera antes de que llegase la policía; que por orden de la Generalidad se computaron todas las altas en hospitales como lesiones a manos de la policía; que no hubo ni una foto de los políticos separatistas con sus heridos porque los heridos eran policías, más de un centenar; que en las fotos de las cargas de la Policía nacional se añadieron imágenes de los Mozos de Escuadra contra el 15M ¡y de la policía turca!

La violencia de los compinches de Guardiola

Más aún: en el auto del juez Llarena se reseñan más de 300 actos violentos por parte de los separatistas, dentro del cuadro violentísimo de convocar a millones de personas a participar en un Golpe de Estado, más de lo que se nunca han atrevido a hacer la ETA y sus cachorros callejeros. El terrorista Otegui es el héroe de las Diadas a que convoca Guardiola. En el último cerco institucional se coreaban gritos de apoyo al terrorismo. Y la mayoría golpista del Parlamento se niega a condenar los actos violentos.

Cataluña es una dictadura nacionalista desde hace cuarenta años. La persecución de los disidentes políticos la llevan a cabo las instituciones que en teoría representan al Estado y bandas organizadas de matones que atacan en la calle o el trabajo a quienes pretenden algo tan elemental como que sus hijos reciban la enseñanza en su lengua materna, el español, proscrito de la enseñanza pública y objeto de multa si se usa para rotular establecimientos. La violencia política en Cataluña no es la que por orden judicial padecen unos pocos golpistas sino la que desde hace décadas sufren los que se han opuesto a la dictadura separatista. El presidente en el exilio es Boadella, al que le talaron los cipreses de su casa, no Puigdemont, que no se atrevió a convocar elecciones y a evitar la cárcel, por miedo a los radicales de ERC.

El mismo día en que hablaba –o sea, que mentía- Guardiola, un muchacho era apaleado por llevar una bandera española. Lo mismo les sucedió a dos chicas por llevar el uniforme de la Selección Española de Fútbol a la que Guardiola perteneció porque económicamente le convenía. Son continuos los asaltos a los tenderetes de Sociedad Civil Catalana y las sedes del PP y Ciudadanos, que, conviene repetirlo, ha sido el partido más votado por los catalanes en las últimas elecciones legales. Nadie en España ni ningún país europeo ha acudido más veces a las urnas que los catalanes. Lo que pretendían los separatistas era convocar por la fuerza un plebiscito ilegal para proclamar la ruptura del régimen constitucional español, la sumisión de media Cataluña a la otra media y la destrucción del Estado. A eso, la máxima violencia posible contra la legalidad española y europea, le llama el cantamañanas de Sampedor "pacifismo", "democracia" y "votar".

Complejo de superioridad, complejo de inferioridad

¿Qué enfermedad moral lleva a Guardiola y los guardiolos catalanes a vivir instalados en la mentira compulsiva, en el embuste total y absoluto? Esta misma semana, el médico del Bayern, que tuvo que dejar el club por los celos de Guardiola y que ha vuelto a su club al largarse el demagogo, daba esta pista en un libro: "Guardiola se cree más que nadie, pero esa superioridad que exhibe esconde un profundo complejo de inferioridad". Hay quien dice que el famoso complejo de superioridad de los catalanes les ha llevado al extremo de creerse argentinos. Con Messi en el Barça, difícil. Pero es cierto que la fatuidad que a diario exhiben, al modo de Guardiola, tantos políticos y periodistas catalanes esconde una duda primordial: si somos tan modernos y tan superiores al resto de España, ¿por qué nunca hemos sido independientes, ni capaces de vencer a esa antigualla de Estado casposo? Si España vale tan poco y Cataluña tanto, ¿cómo es que nunca jamás, ni antes ni después de los romanos, hemos valido más que ellos?

Para no contestar esta pregunta han hecho falta cuarenta años de dictadura política, de inmersión lingüística, de desinformación mediática, de corrupción de los Gobiernos de Madrid y de la conversión de toda la clase dirigente de Barcelona en una mafia cleptocrática para, finalmente, perpetrar un golpe de Estado, luego arrepentirse, después reafirmarse en plantar cara a los jueces, a continuación huir de la Justicia, luego gemir, siempre llorar y, mientras se agrede a los indefensos, seguir quejándose.

Esa enfermedad moral de vivir en perpetua impostura, exhibiendo a diario su fanfarronería miedosa, no la cura el médico de Sampedor ni Freud resucitado. Para mí que no tiene cura. Lo importante es evitar el contagio.

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