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Federico Jiménez Losantos

El Rey piensa en España, no en Cartagena

Bajo el fuego cruzado de dos bandas miserables, socialistas y comunistas, el Rey ha sabido resistir.

Federico Jiménez Losantos
Bajo el fuego cruzado de dos bandas miserables, socialistas y comunistas, el Rey ha sabido resistir.
Felipe VI, en su discurso de Navidad 2020. | EFE

Durante este año maldito en el que el comunismo ha vuelto a España por donde más daño puede hacer y siempre hizo, que es en el Gobierno, y en el que tantos paralelismos, buscados o casuales, estamos viendo con la llegada de la II República, lo que más me ha preocupado es que Felipe VI pudiera dar la espantada como su bisabuelo Alfonso XIII, que antes de contar los votos de unas elecciones municipales se largó por Cartagena.

El discurso de Nochebuena ha aventado esa preocupación. Nadie sabe lo que nos deparará el futuro, pero en lo que se refiere al compromiso personal del Jefe del Estado con el Estado y, lo que es más importante, con la Nación, no ha dejado lugar a dudas. Bajo el fuego cruzado de dos bandas miserables, socialistas y comunistas, el Rey ha sabido resistir en un discurso de seis folios, cuatro y medio de ellos, obligados y convencionales; uno y medio, personalísimo, en el que casi nadie ha reparado. Todos parecían empeñados en ver si seguía o no el guion suicida redactado por Iglesias y Sánchez a cuenta de su padre, compromiso que solventó nítidamente para los que sepan leer, una minoría ya en la casta política y en el gremio periodístico.

Dos mamarrachadas prisaicas

Sánchez y Calvo han estado encima del discurso hasta el último momento para ayudar a proteger a la Monarquía”, titulaba “El País”, firmada por el flexible Carlos E. Cue, su primera noticia de información nacional. Que, obviamente, ni era noticia, ni tenía información nacional. La redacción adelantaba la estupidez oceánica del juntaletras: para “estar encima de un discurso”, o éste es del género asnal, o Calvo y Sánchez se subieron al cuadrúpedo para romperle el espinazo, o ayudaban lo protegido o protegían lo que no precisaba ayuda, porque, aunque Cué no lo intuya, ayudar es una forma de protección y proteger es un modo de prestar ayuda.

Un antiguo periodista que ahora aspira a dirigir, de la mano de Zapatero, ese periódico que tan sañudamente buscó su asesinato civil, fue más lejos y bautizó “renovador” a Felipe, adjetivo inconveniente en toda dinastía, añadiendo que el fenómeno se producía “gracias a Sánchez”. O sea, que el responsable de todos los ataques a la Corona, el que tiene a todas sus televisiones con la murga de Campechano, el que ha proclamado la “crisis constituyente” en las Cortes, el que lo mandó a Cuba y le vetó en la entrega de despachos judiciales en Barcelona, el que afrenta a diario al Rey, quiere salvarlo, pero “renovándolo”. Lo renovará en Estoril, si puede. Luego, el Gobierno, que estaba tan “encima del discurso”, según “El País” no lo defendió frente a los ataques comunistas y separatistas. Será por el acreditado rechazo de Sánchez a los derechos de autor. O porque Calvo no quiso presumir de “expertitud” asesorando a un menor de edad, Felipe VI. Mamarrachadas. El Gobierno metería tres o cuatro folios de paja, pero el grano, puramente personal, lo puso el Rey. Y remitiéndose a su coronación.

El compromiso personal en la coronación

Es inútil pedir memoria en un país que ha hecho una ley para impedir que exista. Pero, al menos, los coronistas oficiosos, podrían recordar que el que durante años dio la batalla contra la corrupción del campechanato en el primer caso serio, que fue el de Cristina y Urdangarín, fue precisamente el entonces Príncipe de Asturias. Y que se quedó solo, traicionado por Elena y su madre -que se fue a Washington para posar con Cristina en la portada de “¡Hola!” y finalmente por su padre, que se pasó al bloque dinástico.

Hubo entonces una campaña contra Letizia, supuesto punto débil de Felipe, teledirigida por el campechanismo, con otra portada de “¡Hola!”, titulada “Letizia, la princesa de los contrastes”, que la daba por loca. Hasta el elefantazo, el entorno de Juan Carlos I conspiró contra su heredero. Los pocos que pedimos la abdicación, por avalar el pacto de ZP con la ETA, entramos en el mismo saco de golpes que los “ambiciosos príncipes”. Eso lo habrán olvidado ya hasta los príncipes, pero ahí está la hemeroteca. Los que luego defendieron el golpe de Estado en Cataluña insultaban a los que decíamos que la Corona no sobreviviría a su descrédito moral; y que era peor el pacto con la ETA (“y si sale, sale”) que los trinques de La Meca, inseparables de Corina y La Angorilla, covachuela de alibabás cortesanos.

Pero llegó el discurso de la Coronación, que, hasta esta Nochebuena, era la vez en que el Rey había hablado más en primera persona, es decir, que más se había comprometido individualmente, una responsabilidad que reivindicó como propia de la ciudadanía. En realidad, el discurso de esta Nochebuena fue una continua alusión a aquel primer discurso a la Nación como Jefe del Estado. Por lo visto, nadie se acuerda, con lo cerca que está.

Las frases clave son éstas:

Ya en 2014, en mi Proclamación ante las Cortes Generales, me referí a los principios morales y éticos que los ciudadanos reclaman de nuestras conductas. Unos principios que nos obligan a todos, sin excepciones; y que están por encima de toda consideración, de la naturaleza que sea, incluso de las personales o familiares.

Así lo he entendido siempre, en coherencia con mis convicciones, con la forma de entender mis responsabilidades como Jefe del Estado y con el espíritu renovador que inspira mi reinado desde el primer día.”

Y esta es la renovación de aquel no tan lejano compromiso:

Y como Rey, yo estaré con todos y para todos. No sólo porque ese es mi deber y mi convicción, sino también porque es mi compromiso con todos vosotros, con España.”

El Rey no piensa en Cartagena

Yo no sé lo que esperaban, temían o soñaban otros. En todo caso, pensando en el desastre que supuso para España la espantada de Alfonso XIII, desasistido de las fuerzas políticas no golpistas -los republicanos lo habían intentado en 1930, con Galán y García Hernández, y renovaron su compromiso golpista en el Pacto de San Sebastián-, lo que yo quería ver era que el bisnieto estaba más dispuesto que el bisabuelo a defender lo que es más que una dinastía: el único régimen de libertad posible hoy en España. Y lo hizo, como siempre, con esa tranquila seguridad en sí mismo que casi resulta contagiosa. Por resumir: nos transmitió la seguridad de que, en los días feroces que vendrán, el Rey estará en Madrid, no en Cartagena.

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