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Felipe González se acuerda ahora de Cataluña

Si González hubiera asumido la responsabilidad de rehacer un partido socialista español en Cataluña, no podrían llegar los separatistas hasta donde hoy pueden llegar.

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El expresidente del Gobierno con más años –y delitos- en su haber, casi catorce, ha publicado hoy en El País un extraordinario artículo sobre el separatismo catalán. Tiene un pequeño problema: que llega treinta años tarde. Y otro mayor: que se titula "A los catalanes", cuando, para ser eficaz y creíble, debería titularse "A los socialistas de Cataluña". Porque, incluso escrito con tres décadas de retraso, Felipe González tiene en su debe como gobernante la responsabilidad pasiva o activísima, a través de la actuación estrepitosamente prevaricadora de los magistrados socialistas del Tribunal Constitucional, de la implantación de la dictadura nacionalista, que siempre ha tenido como ariete la persecución de los derechos lingüísticos y cívicos de los habitantes de Cataluña que no comulgaban con el trágala de Pujol y sus monaguillos del PSC, que aún es el partido de González en Cataluña.

No hay nada, absolutamente nada, en el proceso separatista dirigido por Pujol y CiU que no haya sido respaldado fervorosamente por el PSC. Nada que los gobiernos de Pujol hayan hecho contra España, el español y los derechos de los que en Cataluña se niegan a dejar de ser españoles –la mitad al menos de la población, sometida a un escandaloso apartheid mediático- ha sido corregido o mitigado por el PSC cuando alcanzó la presidencia de la Generalidad. Al contrario, no sólo arreció la persecución contra los que se atrevían a rotular en español sus modestos establecimientos o a reclamar el derecho a la educación también en español, sino que desde el Tripartito, o, para ser precisos, desde el pacto de Carod Rovira con la ETA en Perpiñán, el PSC contribuyó a diseñar la estrategia de liquidación del régimen constitucional del 78. Esta estrategia, conviene repetirlo, tiene en la secesión catalana –con la anexión de Valencia, Baleares, parte de Aragón y de Francia para crear los Països Catalans– una pieza clave, no la única, en la destrucción del Estado nacional español, eso que desde hace muchos siglos venimos llamando España.

El proceso disgregador partió del PSOE

Las otras piezas de ese Proceso, del que el Procés es sólo una parte, son la independencia del País Vasco, previa anexión de Navarra y suelta de presos etarras, la eliminación de la base simbólica del régimen democrático mediante una Ley de Memoria Histórica que proscriba a la media España que no perdió la Guerra Civil y una etapa constituyente que supondría la apertura de un proceso de disgregación del Estado mediante la legalización de la autodeterminación de las partes de España que quieran abandonarla, es decir, destruirla. Para ello, naturalmente, hay que eliminar a quienes en la política y los medios de comunicación nos hemos opuesto siempre a ese proceso que los socialistas suelen llamar federalismo pero que en Cataluña y las regiones donde se han aliado siempre con los separatistas y contra el PP han llamado, sin temor al ridículo, asimétrico (Maragall, en el mismo periódico y la misma página de González) y, a menudo, derecho a decidir.

¿Y quién ha encabezado la lucha contra los que, dentro y fuera del PSOE, se han opuesto al separatismo, sea en el País Vasco, en Cataluña, en Galicia, en la Comunidad Valenciana, en Baleares o en Canarias? Ni más ni menos que Felipe Gonzalez, siempre, como seguramente hoy, con Juan Luis Cebrián como escriba asentado y gran maestre de esa instalación del PSOE y la izquierda en general en el perpetuo "cordón sanitario" contra el PP, en esa ideología guerracivilista asumida por Zapatero, actualizada por Podemos y Pedro Sánchez, y que, día a día, hora a hora, minuto a minuto, la SER, todas las televisiones que ha tenido y tendrá PRISA y, por supuesto, El País, han instilado en toda la Izquierda, fuerza política que, hoy como hace décadas, es la clave de que triunfe o fracase esa liquidación de la Libertad y la Nación Española en la que el 27S es sólo un paso más.

Porque González escribe hoy su gran artículo en el diario de Cebrián y seguramente a medias con él, como en su libro "El futuro no es lo que era", título injusto, porque el futuro de España empieza a ser precisamente el que ellos buscaban. Y hay que reconocerles constancia y eficacia en esa tarea. ¿Quién escribió "El discurso del método" instando a romper la alianza del PSE de Redondo Terreros con el PP de Mayor Oreja en el País Vasco? Cebrián. ¿Quién lo apoyó? González. ¿Quién atacó ferozmente a los que nos oponíamos al proceso separatista catalán, desde el Manifiesto de los 2.300? Cebrián. ¿Quién lo apoyó siempre? González. ¿Quién forjó con Godó y otros editores un frente desinformativo, sectario, siempre favorable a Pujol –su casero- y al apartheid de los no nacionalistas en Cataluña? Cebrián. ¿Y quién lo ha apoyado siempre o criticado nunca? González.

Pero sobre su responsabilidad directa –mano a mano con Cebrián y el imperio prisaico que él creó- en el gueracivilismo del PSOE, nacido en sus dos últimos mandatos presidenciales, González hizo algo que hoy podría empezar a deshacer: el PSC como partido distinto y opuesto al suyo, que es el PSOE. González y Guerra entregaron a los señoritos nacionalistas del irrelevante PSC (Congrés) –Raventós, Maragall, Obiols, Narcís Serra–, la base electoral, inmensa entonces y considerable ahora, de la Federación Catalana del PSOE, dirigida por Triginer. Con ello, convirtió a su partido, junto con el PSUC –supuestamente hermano del PCE, pero siempre ajeno– en la punta de lanza del separatismo. Si la Izquierda catalana, con el PSC a la cabeza, no hubiera asumido el separatismo como horizonte político, hoy no estaríamos donde estamos. Y me atrevo a decir que si González hubiera asumido hoy la responsabilidad de rehacer un partido socialista español en Cataluña, no podrían llegar los separatistas hasta donde hoy pueden llegar.

Una solución para dos caprichosos

En realidad, bastaría que González y Cebrián volvieran a convocar el Pacto de los Editores de comienzos de los 90 para proteger de sus enemigos del PP y la Prensa –la había al felipismo, al pujolismo y a la argamasa de ambos regímenes: el polanquismo. Los curiosos pueden leer al respecto mi libro La dictadura silenciosa, desde cuya publicación González me llama en sus mítines "Jiménez Losdemonios". Ese Procés separatista que hoy asusta al que fuera durante cuatro legislaturas Presidente del Gobierno, está realmente dirigido por uno de sus cuates de entonces: el Conde de Godó, el urdidor de la candidatura de Mas, Junqueras y el intrépido Romeva, el que denunció en el Parlamento Europeo a España por tratar de aterrorizar con los atronadores vuelos de sus aviones de combate la voluntad separatista de los catalanes. Porque no se puede ser catalán si no eres nacionalista; y a eso se ha llegado gracias a González y a su hoy casero Cebrián. Pero con decir que el PSC ha incumplido su tarea histórica y que, además de votar el 27S a Ciudadanos –nacido de esa deserción española y democrática del PSC, hay que reconstruir un PSOE democrático y español en Cataluña, todo lo que hoy parece preocupar a González estaría en vías de solución. Tal vez incluso el propio González, cuya herencia histórica hoy tanto le espanta.

¿A qué viene el aspaviento de González, que, se supone, es también el de Cebrián y elpais.cat? ¿A que PRISA levanta acta de su poder a cambio de más licencias de televisión? ¿A que son otros –los separatistaslos que han roto el juguete que durante tanto tiempo González y Cebrián han disfrutado casi a solas? ¿A que temen que otros arreglen lo que ellos –porque son dos tanto han contribuido a desarreglar? ¿A que la Izquierda en España se siente con derecho a hacer y deshacer cuanto se le antoje? ¿A que sus antojos han ido demasiado lejos y ahora se les antoja cambiarlos?

Obras son amores y no buenas razones, dice el refrán. Y otro, que parece de encargo para escarmentados de las buenas intenciones de la izquierda, nos permite añadir: a otro perro con ese hueso.

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