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Los muertos no hablan, pero nosotros sí

Los muertos no han muerto mientras recordemos que sus campanas, aún no demasiado lejanas, también tañeron por nosotros

Fernando Navarro García
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Una de las placas que Covite colocó en Bilbao y San Sebastián en memoria de los asesinados por ETA. | EFE

Los muertos no hablan, ni besan ni cantan, ni abrazan hijos que lloran eternamente, ni escriben libros ni poemas, ni pintan lienzos ni huelen el jazmín de la noche mientras sueñan mañanas. Los muertos no hablan pero gritan por nuestro silencio. Los muertos no besan, pero anhelan abrazos. Los muertos no cantan, ni pintan ni escriben pero escuchan nuestros pensamientos y así reviven sin realmente hacerlo. Los muertos no abrazan a sus hijos, ni a sus padres ni a sus amores pero pueden hacerlo con nuestras voces que besan y abrazan por ellos, por los muertos, por los asesinados. Los muertos no han muerto mientras recordemos que sus campanas, aún no demasiado lejanas, también tañeron por nosotros.

¡No murieron, los mataron! Los asesinó ETA. Por eso quiero que mi voz sea su sangre en su corazón de nuevo palpitante. Por eso quiero recubrir sus calaveras con carne y nervios de sentido, de amor, de besos y también de hijos que no fueron o no crecieron.

¡Pero yo aun estoy vivo! Por eso no quiero callar como un muerto en vida envilecido, torpe, esquivo y cobarde. Por eso no quiero callar, porque estoy vivo y lo estoy gracias a aquella sangre ignota que, sin embargo, era mía. E intuyo que si vivo es porque otros fueron los elegidos por la canalla asesina. Y es por eso que siento que mi voz y mi sangre son algo suyas y es por ellos que devuelvo una simple gota con mi grito de NO A LA IMPUNIDAD DE ETA.

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