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UN VIAJE POR LAS HURDES

Camino de Nuñomoral

Y el viajero resuelve seguir por aquella tierra de nombres sonoros como ecos de leyendas: Pinofranqueado, Caminomorisco, La Fragosa, Martilandrán, Nuñomoral… Había tenido intención de empezar su visita por Cabezo en lugar de Las Mestas, siguiendo desde La Alberca una senda señalada en un mapa del Instituto Geográfico y Catastral. Pero la senda ya no existe. Bastantes de estos mapas, que no salen baratos, son viejísimos –de los años 40 y anteriores–, y a menudo poco útiles. Saliendo de Las Mestas rumbo a Vegas de Coria el camino cruza por montes amenos, huertecillos, algún prado.

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Al de la mochila el paisaje le recuerda a zonas de Orense, si bien aquí faltan las vacas y los carros, y las hostiles aliagas gallegas están sustituidas por la jara y el brezo. Tampoco observa maquinaria agrícola, y se cruza con pocos vehículos a motor. Opina, con egoísmo de excursionista, que es una felicidad. Unas cabras deambulan perezosamente, de vuelta al corral, haciendo sonar las esquilas. Al viajero, echado en un prado, le complace en extremo ese clan-clon perdido por los campos mientras empieza a caer la tarde, y contempla el planear de alguna ave de presa.
 
Vegas de Coria se asienta en un terreno abierto, que permite cultivos relativamente extensos. El pueblo se compone de una mayoría de casas encaladas, de apariencia razonablemente confortable, entre las que asoman, por callejas barrosas, viviendas del viejo estilo hurdano. Ancianos y ancianas se sientan al exterior de las puertas, a charlar o a contemplar el fin del día. Unos niños juegan y corretean junto a la carretera. Huertos y cerezos.
 
Al viajero le pesan los casi treinta kilómetros recorridos. Un error hacer tantos el primer día, pues al siguiente vienen las agujetas. Contrariamente a lo que le habían dicho en Las Mestas, no hay fonda en Vegas de Coria. En Nuñomoral, a casi dos horas de marcha todavía, sí. En compensación, existen varias tascas, y en una están el dueño y un paisano de hondas arrugas en la cara y humor socarrón, el humor socarrón del campo. Habla rápido, con acento muy pronunciado, parecido al andaluz, con un tonillo característico. Al recién llegado le cuesta entenderle.
 
– Que el pueblo se ve bien, dice usté. ¡Por fuera! ¡Por fuera se ve bien! La vida está mu joía. Hasta el agua que ha caío empieza a perjudicá. Demasiá y mal administrá. Y como ha venío con frío, perjudica a las colmenas. Las abejas se quean arrecías. Lo que decía el tonto: "Como no tién sangre, las pobres se mueren de frío"…
 
Lo de Icona, mal, apenas da jornales. Trece en lo que va de año, eso no es ná. Al principio vino mu bien, porque al repoblá traía mucho trabaho, pero luego que los árboles crecieron… Hombre, no se pué hacé como en Caminomorisco, que han quemao los montes. ¿Qué no dan jornales? ¡Pues cerilla! Pero es un mal sistema, una barbaridá. No lleva a ningún sitio…
 
Aquí hay barbos, mayormente. Las truchas no se puén criá porque en verano baja poca agua en los ríos y se calienta demasiao pa las truchas. ¿Vacas? ¿No ve que casi no hay praos?
 
– Aquí se han pasado moradas, ¿sabe usted? Y peor aún por ahí arriba, por El Gasco y Martilandrán. Ya lo comprobará. Allí los pobrecitos no tienen casi tierra para los huertos, en medio de esas montañas. Tenían que meterla a puñados dentro de los muros. Ha habido tiempos que teníamos que salir por ahí, a pedir limosna, porque se acababa la comida. Si ahora se vive algo es porque la gente ha emigrado, han traído unas perras…
 
A las afueras del pueblo una casa abandonada deja sus paredes para pintadas políticas y de "los quintos del 84". Una dice: "Pedro tiene dos bolsillos. Para ser alcalde tiene que cortarse el frednillo" (sic).
 
A los dos kilómetros, el maestro de Asegur recoge en su coche al cansado caminante, y quedan en verse el día siguiente. Lo deja en Rubiaco. En un bar despacha una chica desenvuelta, gordezuela y simpática. Mientras sirve canta siguiendo la música, demasiado alta, de la radio: "Leidi, leidi, leidi, se pinta los ojos de-a-zul…" En un cristal, una pegata: "I [corazón] discotheque". El visitante tiene en mente un reportaje de la revista Viajar, firmado por J. A. Pérez y Florentino Velaz, donde se mencionaba a un hombre del pueblo, Santos Iglesias, que, mochila a cuestas, había ido hasta la India y que intentaba construir un museo de Las Hurdes.
 
– Ya no vive aquí. Se ha ido a Madrid, de guardia forestal. También su padre. Sí, en casa tiene una piedra muy bonita, una diosa antigua o así. Uf, muy antigua, árabe o así. Muy interesante. Pero ahora está cerrada. ¿Vas a Nuñomoral? Pues te voy a recomendar una fonda muy buena, de la señora Isabel. Le dices que vas de parte de Isabel, de Rubiaco. Deja, que yo te lo escribiré.
 
Una jaca.Según camina a Nuñomoral, al tuercebotas le alcanza un hombre a caballo, con una carga de ramajes, seguido de un muchacho en bicicleta.
 
– ¡Eh! ¿Quieres subir a la jaca?
– Muy bien.
 
Aupado por el de la bici, el caminante sube de un salto, detrás del jinete.
 
– Es una jaca como no hay otra en Las Hurdes. En Las Hurdes casi no hay caballos. Ciento treinta mil pesetas vale. No es mía, es de un hermano. Por mí, me deshacía de ella. ¿Sabes por qué?
 
El jinete es de edad media, flaco y nervioso, más bien bajo, levemente desmadejado y de espíritu realista. "De los pinos hay quien se queja y quien está contento. De todas formas, la gente se queja siempre, por lo que sea". Prefiere hablar de temas digamos eróticos, y alude a una mujer acerca de la cual tiene intenciones que no aclara, seguramente porque no es preciso. El ciclista, que se ocupa en el reparto del pan, tiene expresión de persona tranquila y sensata.
 
A la entrada de Nuñomoral los tres –el visitante por pura excepción– se toman sendos cubalibres en una tabernilla.
 
– Bueno, amigo, muchas gracias, eh, por el paseo a caballo.
 
Algo más arriba, en el exterior de otro bar, se exhibe una gruesa pintada: "Vota Fuerza Nueva". La fonda de la señora Isabel cae cerca y tiene un letrero que anuncia: "Comidas naturales de pueblo".
 
 
UN VIAJE POR LAS HURDES: En Las Mestas.
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