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LA ESTRICTA GOBERNANTA

¿Princesas o sapos?

Leo con fruición en El Mundo las columnas de Salvador Sostres, y el día dos construyó una, bastante verde, por cierto, y con tanto trasfondo que más que una columna parece una sala hipóstila.

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Dice que, en su día, conoció a la chica más rica y más guapa de la ciudad, cuando ella –a la que llama Princesa– tenía veinte años, y que llegó un momento en que, conforme estaban las cosas, sólo le quedaban dos alternativas, a saber: salir corriendo o entrar a matar. ¿Cuál de las dos escogió Sostres? Él parece satisfecho por haberse decantado por la primera opción y se refugia en una excusa etérea y bíblica: que la belleza, cuanto más pura, más trasfondo tiene de atrocidad, y que sabía que si tocaba a Princesa quedaría convertido en estatua de sal. Pues vaya. En mis tiempos de princesa bíblica, cuando yo era la más atroz de mi pueblo, los mozos se atizaban cantazos por magrearme, aunque yo me hacía valer y todo el mundo sabía que eso de convertirse en estatua de sal sólo les pasaba a los que, según iban saliendo de Sodoma, miraban atrás. Que yo sepa, nunca se exigió el requisito de tocar a una maciza.

Bueno, el caso es que, pocos meses después, un desconocido llamó a la puerta de Sostres para buscar consuelo. Él sí que había iniciado con Princesa una relación amorosa, que había prendido hasta el punto de que ella tuvo su anillo, y para festejar el dulce "sí" hubo un viaje a Londres. Y héteme aquí que fueron a cenar a un sitio que le dicen el Nobu, que está en Park Lane. Debe de ser un sitio rarito de verdad, porque, según cuenta, las camareras y los camareros te hacen dudar de tu condición sexual, y eso se me antoja difícil, a no ser que seas un querube. El asunto es que, en plena cena, Princesa tuvo que ir al baño y, como tardaba mucho, también fue él.

¡Oh, qué decisión tan equivocada! Cuando este pobrete llegó al servicio, dentro de uno de los excusados alguien emitía unos gemidos que él reconoció enseguida. Los gemidos consiguieron, además de torcerle el gesto, paralizarlo en la puerta hasta que, una vez acabada la faena, salió el camarero negro que les había servido en la mesa, "con lo suyo todavía al fresco". Y lo suyo era, según el cornudo, "como una de esas gruesas butifarras negras con que mi madre le da gusto al caldo". Se la guardó –la butifarra–, se subió la cremallera y volvió a su trabajo. Princesa, cazada in fraganti, lloriqueó al pardillo, alegando locura transitoria y todo eso.

Pues bien, a pesar de que la vida de este pobre hombre se había convertido desde entonces en un infierno, no se sentía capaz de dejar a Princesa porque estaba demasiado enamorado. Acabada la confesión del burlado, va nuestro Salvador y se funde con él en un abrazo, "como se abrazan dos hombres vencidos por una misma mujer". ¡Jopé, qué fuerte!

Un día, al pasar por delante del domicilio de Princesa, camino de Crónicas Marcianas, Sostres le dijo a Nuria Bermúdez, que lo acompañaba: "Aquí vive la chica más guapa y más rica de la ciudad". "No, Salvador –lo corrigió ella–. Si es la más guapa no es la más rica, es la más cara". No sé si ser la más cara invalida para ser la más rica, pero lo paso por alto porque me muero por saber algo más de este caso. Mi ansia por llegar al fondo de los sucesos es infinita y me impele a preguntar:

  • Salva, vida, si tú la tuviste a huevo en su día, ¿es posible que hayas renunciado al honor biológico de catar una belleza atroz para no convertirte en estatua de sal?
     
  • ¿Era Princesa la más rica de la ciudad por su casa o es que ya a los veinte años era tan cara que había conseguido apañar un dineral? Si es así, era la mar de precoz.
     
  • ¿Y qué tamaño tenía la ciudad en la que ella era la más rica y la más bella? Porque no es lo mismo ser una princesa en Guarnizo que en Nueva York.
     
  • Y, si no era la chica más rica, sino la más cara, ¿por qué tiró los precios con el negro de la butifarra?
     
  • Por cierto, ¿existen de verdad las butifarras negras o se trataba más bien de una morcilla de Burgos?
     
  • ¿Por qué se metió Princesa en el servicio de caballeros? ¿No había papel higiénico en el de señoras? Las princesas huyen del servicio de caballeros, que es un sitio feo y desagradable, con pinta de cadena de producción, que en el mejor de los casos huele a zotal y en el peor huele a cabra.

Pero el quid de la cuestión, lo que de verdad me obsesiona es esta pregunta:

¿Se lavó el negro las manos?

Parece que no, señor, porque salió metiendo la butifarra en la despensa. Y eso me parece muy mal. Los negros pueden tener el alma blanca como la nieve –quién se atreve a dudarlo–, pero no por eso se debe transigir con ellos en lo tocante a las manos, sobre todo si son camareros y pasan directamente de hacer unas cosas a hacer las otras. ¿O es que vamos a tener aquí un caso de discriminación positiva?

Por último, me cuesta creer que una princesa, en el trance romántico de aceptar un enamorado y estrenando anillo, opte por escurrirse y hacer el amor en una taza de caballeros con un desconocido, sea negro y tenga una morcilla negra o sea irlandés y tenga un chorizo de cantimpalo.

Las princesas también odian las cochinadas de riesgo, porque, a corto plazo, son una ordinariez y dejan el pelo, la ropa y el maquillaje hechos una plasta. Y a largo plazo pueden costar un tratamiento con antibióticos e insecticidas o algo peor. Además, te expones a que te pillen y te llamen esto y aquello. Simplemente, Salvador mío, ese que describes no es un estilo principesco.

Por todo lo cual, y después de meditarlo al menos cinco minutos, llego a la conclusión de que la Princesa no era tal sino, más bien, un sapo resabiado y viscoso. Y como no me gusta que me den sapo por princesa y no me parece bien que los sapos carden la lana y las princesas se lleven la fama, procedo a embutirme en mi refajo XXL, de cuero negro con cintas rojas y encaje Richelieu, para atar a nuestro Salvador a su columna y aplicarle, en nombre de la Liga de Princesas que tengo el honor de presidir, un cariñoso pero severo correctivo en la zona glútea con mi látigo de seda. Hala y hala, ya está.

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