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Francisco Pérez Abellán

Cinco atentados y un bofetón

El fallo de seguridad que nos avergüenza fue monstruoso: nadie reparó en que un joven marcado como peligroso se preparaba a traición para dejar al candidato fuera de combate.

Francisco Pérez Abellán
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Además del tancredismo, la desinformación trata de hacernos ver que el puñetazo a Rajoy, un verdadero bofetón a la piel de toro, que descentró totalmente al presidente, no fue otra cosa que la travesura de un pariente que le pegó en la Pontevedra de sus amores porque está turulato o quizá por desencuentro familiar. Y sin embargo la prueba evidente de que no fue así es que un numeroso grupo de personas aplaudieron al autor del atentado celebrando su éxito cuando salió esposado por la policía.

El video con vítores y aplausos está a disposición en la videoteca. También se sabe que el inocente muchacho había comunicado sus intenciones y que llegó acompañado y arropado al lugar del crimen, sin que de ello se extraigan consecuencias.

Es cierto que el presidente Rajoy después del golpe se tambaleó, trastabilló y casi se derrumba si no le sujetan con sus cuerpos los que le rodeaban, pero también lo es que inmediatamente erguido siguió su programa, con la cara como un tomate y las secuelas del ataque. Dice la doctora en Medicina Legal y Forense Marimar Robledo que un golpe con esa fuerza y en ese sitio puede dejar lesiones internas y afectar a la vista, al oído y al cerebro. Incluso es posible que si el agresor le hubiera acertado con el puño en la sien lo hubiera dejado en el sitio.

A pesar de que la televisión muestra que el puñetazo empezó en el talón derecho y golpeó con todo el cuerpo, esto es, más de setenta kilos de peso, contra un punto muy delicado de la cabeza, con la mano izquierda como un maldito crochet, tras una preparación que se prolonga en el tiempo, sin que el aparato de seguridad se active, tratan de hacernos ver que aquí no ha pasado nada, que se trata de un acto de gamberrismo. Eso a pesar de que el chico, que es menor por un cuarto de hora, como tantos otros utilizados por el crimen organizado, había advertido de que preparaba un atentado contra el PP y lo ha llevado a cabo contra el máximo representante de este partido.

Como estudioso de los magnicidios que cambiaron la vida política, cinco en poco más de un siglo, añado el bofetón de Pontevedra, la prueba del algodón de que la historia se repite. Menos mal que los espadones de la Isabelona han sido borrados por el vendaval, que si no es posible que el presidente hubiera recibido algo más que un golpe.

El fallo de seguridad que nos avergüenza fue monstruoso: nadie en una ciudad pequeña reparó en que un joven marcado como peligroso se preparaba a traición para dejar al candidato fuera de combate. Hacía fotos, resoplaba, dejándose ver ostensiblemente con una pinta de sospechoso imposible de disimular pero, aunque sabían de sus andanzas, nadie le apartó. Alrededor del grupo de notables con la ministra Ana Pastor, Feijóo y Rajoy, pululaban al menos una docena de guardaespaldas, según dicen la créme de la créme de la protección personal, pero los cogieron con el carrito del helado. Como a otros presidentes del Consejo de Ministros: Prim, Cánovas, Canalejas, Dato y Carrero, con muchos fallos y ausencia de eficacia, intencionada o no, que les hirieron de muerte.

Y sin embargo la intención es sepultar el incidente como si no hubiera ocurrido, tratar al agresor como un menor díscolo, cerrar los ojos. Igual que ante los casos sin resolver o los desaparecidos inquietantes. Rajoy fue ministro del Interior pero eso no le ha ayudado a mejorar su seguridad. Una cosa es juzgar a los menores con la Ley del Menor que este candidato-víctima se había comprometido a reformar, pero no lo hizo, y otra cosa muy distinta tomar una agresión al presidente como una cosa de menores. En los cinco atentados con resultado de muerte también se acabó disfrazando la verdad.

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