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DRAGONES Y MAZMORRAS

Autores de culto

Como siempre que escribo a pie de obra, la inmediatez de lo referido, las prisas con las que acometo la referencia, y mi inmoderada predilección por la anécdota, hacen que omita cosas mucho más relevantes.

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Y es lo que me ocurrió la semana pasada, cuando por transmitir rumores chuscos sobre la real boda, oídos entre las filas de la prensa durante la visita de Aznar al Instituto Cervantes, olvidé contar algo muy significativo que completaba lo que les dije sobre que aquella visita institucional era también una visita de amistad y de afirmación pública de dicha amistad. Como recordarán, en mi crónica destaqué el hecho realmente singular de que Juaristi agradeciera públicamente al presidente todo lo que había hecho por él, tanto a nivel personal como institucional, primero con el nombramiento de director de la Biblioteca Nacional, y después con el de la dirección del Instituto Cervantes. Pues bien, lo que olvidé referirles, fue que el presidente, además de hablar de lo mucho que había prosperado el Instituto Cervantes estos últimos años, en los que había visto aumentada en un 128 por ciento su capacidad presupuestaria, respondió a las palabras de agradecimiento de Juaristi con la siguiente frase, que a pesar de tener fielmente apuntada mi cuadernillo de campo sin embargo omití, y bien que me pesa, en mi crónica: “Si a alguno les molestó el nombramiento (se refería al de la BNN), pues me alegro mucho” y lo repitió al referirse nuevamente al posterior nombramiento de Juaristi como director del Instituto Cervantes. Esa afirmación atravesó las apretujadas filas de la prensa como un vendaval que en todos hizo mella, casi más que las alusiones incisivas de Aznar hacia aquellos que, frente a las cifras que lo dejan claro, insisten en que España no prospera. Tenía que contarlo aquí sobre todo porque he visto esas declaraciones sacadas de contexto en algunos medios, y me daba rabia no haberlo explicado en su momento.
 
Paso pues, con la conciencia tranquila, a otro tema que nada tiene que ver con la pastelera política (que diría Galdós), que en definitiva es flor de un día, sino con la maltratada pero sempiterna cultura, concretamente con el coloquio-homenaje que la Universidad de Navarra prepara sobre José Jiménez Lozano y para el que estoy yo, a mi vez, preparando una comunicación que versa sobre el secretismo en literatura, concretamente sobre qué es eso de un escritor secreto, calificación que es muy difícil de encontrar en las historias de la literatura, a pesar de que lleva siendo utilizada constantemente desde hace algún tiempo para cualquier autor que sea mínimamente desconcertante y sobre los que los críticos y los estudiosos no saben muy bien qué decir. La verdad es que me estoy encontrando con cosas realmente contradictorias. Por ejemplo, parecería que el escritor secreto, también llamado muchas veces “de culto”, es algo así como un “rarito” o un marginado, al que le leen cuatro gatos. Pues bien, siendo cierto en algunos casos, he podido comprobar que lo que caracteriza a muchos de los autores que pertenecen por derecho propio a esa categoría es que siguen siendo secretos a pesar de haber obtenido el reconocimiento oficial, con grandes y reputados premios. Es el caso del propio Jiménez Lozano que ha recibido el premio Cervantes, o de Isaac Bashevis Singer (de quien acabo de leer Un amigo de Kafka y otros relatos) que recibió el premio Nobel y siguió escribiendo sobre la vida en remotas y ya inexistentes aldeas polacas. A pesar de su reconocimiento oficial, ambos mantienen todas las características de lo que yo considero un escritor secreto, o sea, independencia, acontemporaneidad, sencillez, curiosidad y humildad, y una nutrida secta de lectores incondicionales que les siguen a todas partes y rastrean toda su obra con la misma delectación que un coleccionista maniático. En este sentido he llegado a encontrar otra calificación para ellos, en un chat sobre el tema; sería la de “escritores amados”, que no está mal. Un culto a la personalidad que no hace daño, excepto tal vez a ellos, aunque en el fondo, tampoco.
 
Otros autores que también entrarían en esa clasificación, serían el uruguayo Felisberto Hernández, el argentino Roberto Arlt, el búlgaro Elías Canetti (otro premio Nobel), el yugoslavo (hoy sería croata) Ivo Andric, (también premio Nobel, y hay que destacar que el premio tiene una marcada predilección por los “secretos” y los “de culto”, como está demostrando últimamente con Kertsz y Coetzee), el suizo Robert Walser, que vivió los últimos veinte años de su vida recluido voluntariamente en un manicomio. De él dijo Herman Hesse (autor nada secreto) que si hubiera tenido 100.000 lectores la humanidad sería mejor. Pero eso sería impensable. Veo también que hay una gran confusión entre el escritor secreto y el escritor de culto, y que algunos identifican a este último con el escritor esotérico. Pero casi todos los que emplean ambos términos suelen abundar en que tienen pocos lectores, que son autores en cierto modo marginados por la crítica o por la sociedad, que cultivan, a veces voluntariamente, a veces por la fuerza de las cosas y la persecución política (y aquí tendría que dar tantos nombres rusos que sería un capítulo aparte), una estética del desdén y del fracaso. Se equivocan y eso es lo que si consigo salir del jardín en el que me he metido, pretendo demostrar con mi comunicación en el citado homenaje, en el que van a participar especialistas de todo el mundo y de cuyo desarrollo espero poder hablarles la semana que viene. Hasta entonces.
 
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