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HISTORIA

Mitos sobre la autarquía de los años 40

Sostiene el profesor Carlos Barciela, siguiendo la moda impuesta por Preston, que "la larga postguerra", sin comparación con lo ocurrido en Europa, quedó materializada en la existencia de una profunda depresión, que fue consecuencia de la política económica desarrollada por los vencedores. Una política, sustentada en principios erróneos, que fue "un fracaso sin paliativos".

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Difícilmente se exhibirá mejor la pobreza analítica de tantos especialistas. Para el señor Barciela, las dificultades económicas españolas de entonces no debieron nada, o nada importante, a las circunstancias exteriores, cuando éstas fueron mucho más duras que las de la crisis mundial de los años 30, por la que suele explicarse, bastante falsamente, la depresión y el estancamiento de la república.

Durante la guerra mundial, y en plena reconstrucción de la guerra civil, España fue sometida a un semiboicot británico en petróleo y otras materias primas, fertilizantes y alimentos, que volvió en extremo difícil la recuperación del país. La autarquía no impidió al franquismo buscar y obtener créditos exteriores, renunciando solo a aquellos mediante los cuales Roosevelt pretendía dirigir la política exterior española. Y al terminar el terrible conflicto europeo los vencedores, Stalin, Roosevelt-Truman y Churchill-Attlee, tan en deuda todos menos Stalin con la neutralidad de Franco, impusieron a España un aislamiento internacional que mantenía el semiestrangulamiento económico, mientras los comunistas desarrollaban un intento, muy peligroso en tales circunstancias, de volver a la guerra civil mediante el maquis. Nada de esto tuvieron que soportar ni la república ni los países de Europa Occidental, que pudieron concentrarse en la reconstrucción, beneficiándose además de una inmensa ayuda useña, negada a España.

En la década de los 40 la autarquía fue una política inevitable, dadas las circunstancias. Claro que también la favorecía una corriente del régimen, debido al éxito al menos aparente que había tenido esa política en Alemania e Italia. A pesar de todo, no es cierto que los años 40, ¡y mucho menos los 50!, puedan describirse como de depresión y estancamiento. Bajo las enormes amenazas y obstáculos de la guerra mundial, muchos indicadores de desarrollo crecieron notablemente: por comparación con la república, la esperanza de vida media se alargó considerablemente, descendieron de modo notable los índices de mortalidad infantil, aumentaron también en proporción importante los alumnos (y alumnas) de enseñanza media y universidad, y creció mucho el número de maestros por relación a los alumnos; la producción de electricidad y el número de teléfonos casi se duplicaron, la infraestructura de comunicaciones quedó restablecida y en muchos aspectos mejorada, y en 1944 el número de muertos por hambre había bajado al nivel de la república. Todo ello debe valorarse, insisto, en unas condiciones de amenazas, presiones y restricciones externas que no padecieron la república ni la Europa occidental en su posguerra.

Claro está que hubo errores, en economía se cometen siempre, solo tenemos que observar la crisis actual, sobre cuyas causas discrepan los especialistas. Un error claro fue el racionamiento, que debía repartir la escasez pero desanimó al campesinado y creó un marcado negro extendidísimo. Como ocurriría también en la Inglaterra de posguerra, donde el racionamiento desapareció casi al mismo tiempo que en España, en los años 50.
 
Discrepan los economistas, a veces de forma escandalosa, sobre los índices de desarrollo de aquellos años. Digamos que el asunto está en gran medida por estudiar seriamente. Y ya va siendo hora de que la profesión de antifranquismo deje de equivaler a licencia para falsear sin escrúpulo la historia.
 
 
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