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IMPUESTOS AL PECADO

El erróneo impuesto a la comida rápida

Mientras los políticos buscan nuevas formas de engordar sus hundidos presupuestos, el alcalde de Detroit es la última figura política en lanzar la idea de un “impuesto a la comida rápida”. Si su empeño tiene éxito, Detroit será la primera ciudad en la nación que apruebe un impuesto extra a la comida de servicio rápido.

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En el presupuesto de la ciudad propuesto por Kilpatrick, un impuesto del 2% a la comida rápida “significa que si un Happy Meal cuesta $2.99, su coste total será $3.05, así la ciudad ingresaría 6 céntimos de dólar”. La página editorial del Detroit Free Press hasta le sugiere a Kilpatrick algo mejor: que el gobierno ponga en todo el estado un impuesto a la comida para llevar, calculándolo por calorías y no por el coste.
 
Uno de los grandes ejemplos del espíritu empresarial americano, los restaurantes de comida rápida, están bajo una creciente amenaza en estos tiempos. El impuesto a la comida rápida o “impuesto a la grasa” es en realidad la más reciente reencarnación de ese viejo impuesto pigoviano* al “pecado”. La razón es que la comida rápida –que tiende a ser más rica en calories, grasa y colesterol que otros tipos de comida– no es sana y por lo tanto se merece una atención gubernamental especial.
 
Los impuestos pigovianos tienen una larga historia llena de altibajos siendo el impuesto al pecado más conocido el que grava las bebidas alcohólicas y el tabaco. Pero recientemente, otro tipo de impuestos pigovianos han llamado la atención ya que tantos gobiernos de todos los niveles están enfrentándose a recortes fiscales. Algunos han sugerido impuestos extra a los bares y a los clubes de alterne. Este impuesto a la comida rápida promete ser de mucho mayor alcance ya que la Asociación Nacional de Restaurantes estima que las ventas de los servicios de comida rápida del país sobrepasaron los 140 mil millones de dólares en 2004.
 
Pero, ¿por qué debería el Estado tratar de fomentar una vida sana usando los impuestos? Hablar de pecado no es realmente apropiado cuando se aplica a cosas como la comida o la bebida. Un entendimiento cristiano de la responsabilidad incluye cuidar de nuestros cuerpos, pero dentro de este mandato hay una visión amplia para juzgar con prudencia sobre cómo nos alimentemos y cómo disfutemos los lícitos placeres de la creación. Como escribió Santo Tomás de Aquino: “La gula denota, no un deseo de comer o beber, sino un deseo excesivo”.
 
Pero en este caso, vale la pena preguntarse quién es más glotón: si los consumidores que piden comidas tamaño combo o los gobiernos que constantemente buscan nuevas formas de alimentar sus propios apetitos insaciables. Es una vergüenza que los que tan a menudo se quejan de los intentos del gobierno de “legislar la moralidad” no encuentren nada malo en la presión fiscal arbitraria sobre ciertas industrias y mercancías legítimas.
 
Además, el interés estatal en promover un comportamiento sano rapidamente se convierte en contradictorio cuando se imponen impuestos pigovianos. Si semejantes actividades son tan dañinas, el gobierno no debería tener un interés económico en la continuidad de esas actividades. En realidad, los presupuestos gubernamentales, tratando de buscar el apoyo a corto plazo que le prestan los impuestos pigovianos, pueden rapidamente convertirse en dependientes de ellos por su viabilidad a largo plazo.
 
Y la industria de la comida rápida es un blanco demasiado fácil para el gobierno. Acosados por los medios de comunicación y por la opinión pública (póngase a pensar en el éxito de la película Super Size Me) los restaurantes de servicio rápido han adquirido la reputación de ser extremadamente dañinos para la salud.
 
Pero la verdad del asunto es más compleja. La Asociación Nacional de Restaurantes informa que dos tercios de los restaurantes de servicio rápido han añadido opciones de bajos carbohidratos a sus menús. Como siempre, la hostelería responde rápida y eficazmente a las exigencias de sus clientes.
 
El Presidente de Burger King, Greg Brenneman, dijo recientemente en una entrevista al Wall Street Journal que no siente la presión de tener que estar respondiendo a los críticos de la industria de la comida rápida. “Usted debería poder venir a Burger King y escoger una comida sana, de bajas calorías y de poca grasa. Y puede. Más allá de eso, no creo que sea mi trabajo decir a los americanos lo que deben comer. Para eso mejor regresamos al comunismo”. En verdad, quien escoge es usted.
 
Si la propuesta de Kilpatrick se aprueba o no, al final fracasará porque un impuesto tan caprichoso como el de la comida rápida encontará su contrapartida en el mercado. En palabras de la joven de 18 años Ebony Ellis en un informe para AP: “Dígale al alcalde que si pone ese impuesto en Detroit, me iré a a comer al McDonald’s de Bloomfield Hills, a las afueras de Detroit”.
 
Como regla general, los gobiernos no deberían buscar apaños rápidos y temporales a sus problemas estructurales de presupuesto. Los impuestos al pecado como el impuesto sobre la comida rápida son apaños precipitados que tendrían serias consecuencias económicas y morales. En realidad, los líderes gubernamentales deberían controlar sus propios apetitos por gastar el dinero público antes de tratar de regular los apetitos de sus votantes.
 
Acton InstituteJordan Ballor es editor asociado con el Instituto Acton para el Estudio de la Religión y la Libertad en Grand Rapids, Míchigan.
© 2005 Traducción por Miryam Lindberg del artículo original.


* Nota de traducción: Un impuesto pigoviano es un impuesto intervencionista decretado supuestamente para corregir los efectos de las externalidades negativas. Los impuestos pigovianos llevan ese nombre en honor al economista Arthur Pigou (1877-1959) que desarrolló el concepto de las externalidades. Ejemplos clásicos de impuestos pigovianos son los que gravan el alcohol, el tabaco y la polución. En inglés también se le llama “sin tax” o “impuesto al pecado”.
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