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MANIFESTACIÓN

Fiesta de la familia

El próximo 18J nos manifestaremos muchos cientos de miles de personas de toda España, no para defender intereses particulares o minoritarios, sino por valores y bienes comunes que, siendo anteriores al mismo Estado, fundamentan la estructura de la sociedad y justifican la existencia de la comunidad política para que los garantice y defienda.

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La familia, sí nos importa y mucho: en ella nace, crece y se desarrolla la vida humana. La familia es una condición básica para la defensa de la vida. Por algo la Constitución Española, en el artículo 39, dice que “Los poderes públicos aseguran la protección social, económica y jurídica de la familia (1); “Los niños gozarán de la protección prevista en los acuerdos internacionales que velan por sus derechos” (4).
 
Marciano Vidal explica que la familia es la institución humana más universalizada en el tiempo y en el espacio. Es una institución natural en cuanto está exigida por la condición humana, que necesita organizar los vínculos de parentesco (de matrimonio y de filiación) y, de este modo, asegurar la continuación del grupo humano incorporando a él nuevos miembros. El Concilio Vaticano II, en la Constitución pastoral Gaudium et spes, asume este contenido antropológico y, desde la visión cristiana, expresa la naturaleza originaria de la familia afirmando que ha sido “fundada por el Creador” (n. 52).
 
A Zapatero, que fue "líder pancartero", como él mismo hace días recordó, le irrita que salgamos a la calle, en un acto genuinamente democrático, a afirmar estos valores. Y los medios públicos de comunicación, TVE por citar sólo uno, están alcanzando unos niveles realmente indecorosos y preocupantes de ocultación y manipulación de la realidad. Mienten y manipulan aquellos que difunden que los que nos manifestaremos el próximo día 18 rechazamos a los homosexuales y les negamos sus derechos. Nada más lejos de la verdad.
 
Lo que pasa es que quieren inventarse un "derecho" que no existe. La institución del matrimonio normaliza socialmente el derecho del hombre y la mujer a unirse para amarse, procrear y ayudar a crecer en la vida y en la familia a los hijos. Y esto es así para los creyentes y los no creyentes, para los populares, los socialistas y los independientes; lo es incluso antes de que existiera la Iglesia Católica y todas las demás religiones históricas que defienden la institucionalidad originaria del matrimonio y la familia.
 
Estos principios los encontramos en el Compendio de la doctrina social de la Iglesia, del cual acaba de presentarse la edición española. Algún periodista que estuvo en la presentación se apresuró a decir en su crónica, al día siguiente, que el Compendio repite una vez más los habituales noes de la Iglesia al matrimonio homosexual, al aborto, a la eutanasia o a la clonación. Sin embargo, no dijo una sola palabra sobre la defensa que la Iglesia hace de la vida, la dignidad de la persona, los derechos humanos, la igualdad del hombre y la mujer, la justicia, las libertades, la paz, la opción preferente por los pobres, o los derechos de los trabajadores, y como todo ello se refleja en el pensamiento y en la acción, a través de las distintas etapas de la historia.
 
Reducir el problema, como hace Fernández de la Vega, a una cuestión semántica, “la cuestión está en la palabra matrimonio”, es ridículo. A nadie se le ocurre decir que, como Fidel Castro en su régimen habla de democracia y derechos humanos, es un demócrata y un defensor de los derechos humanos y que Cuba es una democracia. Por otro lado, argumentar que se trata de “reconocer derechos civiles a los que no los tienen”, es un argumento falso. Primero, porque la figura del matrimonio de dos hombres o dos mujeres no existe. En segundo lugar, porque el derecho de adopción es de los niños, no de los que quieren adoptar; y el derecho según la naturaleza originaria del niño es conocer a un padre y a una madre; estos derechos del niño son anteriores a todas las demás opciones subjetivas. José Antonio Marina dice que “hablar de un derecho a la adopción es como hablar de un derecho a cuidar enfermos o a alimentar hambrientos. Es raro que estos derechos no se reclamen y se reclame, en cambio, el derecho a adoptar. En la adopción ningún adoptante tiene derecho a nada. Ni homosexuales ni heterosexuales. Lo que se intenta por medio de la adopción es reconstruir el núcleo familiar donde un niño debió nacer”.
 
¿Qué ocurre entonces? ¿Vamos a dejar a estos pobres hombres y mujeres homosexuales sin derechos?- preguntan, unos con buena intención, otros con ingenuidad, otros por ignorancia y otros con ganas de confundir y manipular los sentimientos. Yo creo que hay una opción razonable que no merma en nada ni los derechos ni las opciones subjetivas de las personas con tendencia homosexual: existe doctrina suficiente y experiencia para innovar en una fórmula jurídica que equipare, en lo esencial, la unión o convivencia homosexual con los efectos del matrimonio, excluyendo la posibilidad de la adopción. Pero estaremos de acuerdo en que ninguna ley puede sancionar como igual lo que no lo es. Los poderes públicos deben desvincular esta cuestión de la pugna partidista y anteponer la defensa de la institucionalidad del matrimonio a otras pretensiones subjetivas. En efecto, el objeto de la institución matrimonial está muy determinado; lo que parece reclamar la unión homosexual es una nueva figura jurídica correspondiente a una opción distinta a la institución matrimonial.
 
Entonces, ¿por qué ahora este interés combativo por algo que hace poco consideraban una antigualla? Mi hipótesis es doble: por un lado, ZP paga un favor político más a sus socios con una aberración jurídica y un atropello al sentido común y a la convivencia; por otro lado, esto representa un golpe más a los valores que defiende la moral católica. El objetivo no es defender “los derechos de...”, sino propinar un golpe más contra la institución eclesial.
 
ZP necesita victorias rápidas que den la sensación de que él gobierna e inutiliza la influencia de los adversarios. Estos éxitos exprés en temas particulares y minoritarios vienen bien para la política de propaganda mediática, que es la de Zapatero, Rubalcaba y Pepiño Blanco, otro artista pintor de una realidad que no existe. Por otro lado, esconde la incompetencia y la demagogia de un Gobierno que no es capaz de enfrentarse y dar soluciones a los problemas generales y mayoritarios, como el de la vivienda, el trabajo, la inmigración, la sanidad, la justicia, el agua, la cultura, las relaciones exteriores, el terrorismo, la educación y la seguridad. En estos problemas, los ministros de ZP están entre la ineficacia, la irresponsabilidad, el desastre y el ridículo.
 
Algunos dicen que la Iglesia, al apoyar una manifestación bajo el lema “La familia, sí importa”, da la espalda a la mayoría social y al progreso. Yo creo que esto no se tiene en pié. Primero, la Iglesia no está en la batalla de las mayorías; segundo, la verdad y el bien sobre el matrimonio, la familia y la dignidad del ser humano, no lo decide la mayoría; y tercero, ¿qué progreso? Progreso será llevar a cabo políticas que aprovechen al bien común y a la cohesión social y familiar, como manda la Constitución. Cuestionar y socavar la institucionalidad natural del matrimonio y de la familia, o inventarse experimentos sociológicos antinaturales sobre los cuales los científicos han advertido ya consecuencias graves, no creo que sean en ningún caso manifestaciones de progreso, sino de desmoralización y decadencia.
 
Ya en el año 1994, un grupo de científicos, en un curso sobre “Cerebro Humano”, en La Granda (Asturias) advirtió de los riesgos. José M. Segovia de Arana, médico, Santiago Grisolía, bioquímico, Juan José López-Ibor, psiquiatra, Francisco Mora, neurobiólogo, y Alberto Portera, neurólogo, concluían un manifiesto diciendo que “un experimento psicosocial de este tipo con seres humanos y en el contexto de una sociedad y cultura milenariamente heterosexual es, cuando menos, de una enorme irresponsabilidad social”.
 
Los derechos humanos formulados como fundamento de las Declaraciones internacionales se refieren a una realidad de fondo, común a todos los seres humanos: la naturaleza propia y originaria del hombre constituye la dignidad objetiva, cuyo origen es Dios, y funda los derechos de todo ser humano. Esta concepción radical de la dignidad es, más que cualquier reconocimiento humano, garantía de igualdad. Juan Pablo II, en un discurso a la Academia Pontificia para la Vida, febrero 2002, afirmaba algo que puede ser aceptado por todo el mundo: “Los derechos humanos deben referirse a lo que el hombre es por naturaleza y en virtud de la propia dignidad, y no ya a las expresiones de las opciones subjetivas propias de los que gozan del poder de participar en la vida social o de los que consiguen el consenso de la mayoría”. Y en Evangelium vitae denuncia el peligro grave de que esta falsa interpretación de los derechos humanos, como de derechos de la subjetividad individual o colectiva, liberada de la referencia a la verdad de la naturaleza humana, pueda llevar también a regímenes democráticos a transformarse en un sustancial totalitarismo (números 19-20). Por eso, el próximo 18J nos manifestaremos, porque la familia sí importa.
 
 
Juan Souto Coelho es miembro del Instituto Social “León XIII”.
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