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Hacia una gran coalición

Me queda confesarles una duda, y es sobre la manera en que se va a llevar a cabo.

Jaime de Berenguer
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España se encamina inexorablemente hacia un Gobierno de gran coalición por distintos motivos. Existen motivos electorales: el cálculo de las distintas sumas a derecha e izquierda no da para más con la actual configuración del Parlamento, y no parece que vaya a variar sustancialmente en el caso de repetirse las elecciones. Así que cualquier Gobierno aglutinado alrededor de un criterio ideológico, o bien no suma mayoría, o bien es un verdadero pandemónium de siglas, intereses individuales y regionalismos de poca monta que no pasaría de la investidura y un reparto de carteras ministeriales al estilo tripartito de Cataluña, pero con un agravante: en el caso de la izquierda serían seis o siete formaciones para el reparto del botín, y en el de la derecha dos o tres (considerando que el PNV prefiera gobernar a desgobernar). Se dibujaría así una situación en precario que impediría no solo la gobernabilidad, también la supervivencia del Gobierno.

No menos importantes son los motivos políticos. Nos encontramos en una verdadera encrucijada histórica, con un sistema político que debe ser reformado completamente. Las autonomías, los municipios, la judicatura, la enseñanza, las pensiones, los partidos precisan de cambios profundos si de verdad queda en España una sola cabeza de Estado que piense en el futuro de nuestro país y no en el suyo propio. Esto supondría un giro total no solo en la manera de hacer y comprender la política, sino en la psicología colectiva de los españoles, que no podría hacerse de manera responsable, y en ningún caso llegaría a buen puerto, sin un amplísimo compromiso colectivo como el que se alcanzó en la transición de 1978.

Igualmente, existen motivos económicos. España no pude permitirse tasas endémicas de paro y pobreza, es inexcusable la realización de cambios muy profundos en la función sindical, la estructura empresarial, la burocracia; hay que combatir el intervencionismo y la hiperlegislación, y afrontar el desafío del tamaño, la organización y la sostenibilidad de la Administración.

También hay motivos prosaicos, como que ningún partido político llevará a cabo los cambios necesarios asumiendo en solitario la responsabilidad de unas medidas que incendiarían las calles y las redes clientelares de los propios partidos.

Y sin duda otro motivo de gran importancia es que nuestros socios de la UE se han cansado de nosotros; nos va a exigir cumplir los compromisos de déficit y endeudamiento, también que les devolvamos hasta el último céntimo que nos han prestado. En esta situación, a la UE le conviene más la estabilidad que la inestabilidad política y social.

Ante esta tesitura, el Gobierno de gran coalición parece cantado, como la única manera de hacer los cambios necesarios. Siempre y cuando, claro está, los partidos asuman de una vez que lo importante no son sus intereses sino la modernización inaplazable que precisa nuestro país.

Me queda confesarles una duda, y es sobre la manera en que se va a llevar a cabo esta gran coalición. Si los líderes políticos optan por la visión de Estado y la responsabilidad, es posible que haya un Gobierno multicolor presidido por un independiente y sin la presencia de los cabezas de lista, para que no haya exceso de egos. Esta posibilidad añade no pocos beneficios, puesto que los líderes de los partidos evitarían quemarse y siempre podrían echar al independiente la culpa de todos los males. En el caso más que probable de que los intereses particulares, o el miedo, se impongan al interés nacional y sigamos mirándonos el ombligo, no descarten que la UE tome cartas en el asunto, utilizando el modelo griego (corralito temporal incluido) o italiano (un tecnócrata que haga lo que hay que hacer sostenido por los partidos de la gran coalición).

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