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Quién ayuda y quién no ayuda

Oxfam extrae el dinero de los ciudadanos a través de sus impuestos, y además marca la agenda de lo que tienen que hacer los gobiernos.

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El exministro guatemalteco de Finanzas y presidente de Oxfam Internacional, Juan Alberto Fuentes, capturado este 13 de febrero | EFE

Si alguna organización en el mundo se ha creído con derecho a darnos lecciones de ética a todos, ha sido Oxfam. Si alguien se ha creído que tiene el monopolio de los buenos sentimientos, ha sido Oxfam. Si alguien, en fin, nos ha juzgado como inhumanos a todos los que somos liberales, o simplemente a todos los que nos resistimos a creer que el socialismo sentimentalizado saque a nadie de la pobreza, ese ha sido Oxfam. Valga como ejemplo de su arrogancia moral una de las frases con las que se abre un informe publicado este mismo mes de enero: "Los gobiernos tienen la obligación de crear una sociedad más igualitaria priorizando a los trabajadores comunes y a los pequeños productores de alimentos en lugar de a los ricos y a los poderosos". ¡A ver quién se atreve a decir lo contrario!

Oxfam clama contra la desigualdad, pero hay que preguntarse: ¿de verdad están en una relación de igualdad las mujeres haitianas que se prostituyeron y los integrantes de Oxfam que organizaron la gran fiesta a la que éstas acudieron? ¿O es que la desigualdad mala es la de los que no forman parte de Oxfam?

Oxfam habla del capitalismo como un sistema criminal, que mantiene sojuzgados a los más débiles. ¿No es una relación de fuerza y de sometimiento la que está presente en una organización que en solo un año ha registrado –y silenciado- hasta 87 casos de abusos sexuales cometidos por sus integrantes?

Oxfam extrae el dinero de los ciudadanos a través de sus impuestos, y además marca la agenda de lo que tienen que hacer los gobiernos. ¿No resulta increíble, entonces, que el presidente de su board internacional, el exministro izquierdista guatemalteco Juan Alberto Fuentes Knight, haya sido detenido bajo la acusación de corrupción?

Sin duda todas estas acusaciones deberán probarse ahora mediante el debido proceso, y mientras eso se produce prevalece la presunción de inocencia. Lo que ya no puede prevalecer es esa jactancia moral con la que Oxfam se ha comportado durante todos estos años. La misma arrogancia que le ha habilitado para presentar las cifras de la pobreza en el mundo de manera engañosa, cuando no directamente manipulada.

Más allá de los escándalos, mentiras y uso indebido de fondos ajenos que haya podido hacer Oxfam, subsiste algo más importante aún: lo que dice y lo que hace no sirve para reducir la pobreza en el mundo.

En primer lugar, el problema no es la desigualdad, como insiste Oxfam, sino la pobreza. Como decía recientemente Johan Norbergal presentar su libro Progreso, "Oxfam insiste continuamente en la desigualdad, pero olvida que la pobreza es algo mucho más importante y ninguno de sus informes aclara que la tasa de miseria se está reduciendo a pasos de gigante".

En segundo lugar, porque la ayuda al desarrollo no es la solución para reducir la pobreza. No estoy hablando de la ayuda humanitaria en caso de catástrofes, sino de esa cooperación a la que una zambiana inteligente, Dambisa Moyo, se atrevió a llamar Dead Aid (hay traducción española: Cuando la ayuda es el problema, Gota a Gota FAES), en el que dice literalmente que "incluso si se consigue que no la roben sigue sin ser productiva".

No se conoce el caso de un país en el mundo que haya salido de la pobreza gracias a la ayuda al desarrollo. Lo que sí sabemos es que las instituciones que protegen la libertad, la propiedad y los contratos generan las condiciones para el crecimiento. Por eso son tan interesantes iniciativas como Doing Development Differently, de Atlas Network: cuando un país mejora cinco puntos en el índice Doing Business, la pobreza se reduce en un punto porcentual.

La solidaridad ejercida con el dinero de los demás, extraído de sus impuestos, no es eficaz y ni siquiera es solidaridad. La ayuda verdadera es la que es voluntaria, y eso me lleva a pensar en una solidaridad auténtica, que es la que millones de emigrantes de todo el mundo hacen a través de las remesas.

Según un reciente estudio de Pew Research Center, en 2016 los emigrantes mandaron 574.000 millones de dólares en remesas. Es una enorme satisfacción ver en ese estudio cómo las remesas de los emigrantes latinoamericanos aumentaron un 7%.

Ahí está la auténtica cooperación: una persona, generalmente no acomodada, que cada mes toma la decisión libre de privarse de una parte de lo ganado con el sudor de su frente, para mandárselo a otros que sabe que lo necesitan: sus hijos, sus padres, sus hermanos, o cualquier otra persona que decide libremente. Eso es heroico, y en vez de silenciarlo –las remesas, por algún motivo absurdo, no son del gusto de los políticamente correctos- merecería homenajes.

La solidaridad, si no es voluntaria, no es solidaria, sino forzado cumplimiento de una orden. Y cuando la solidaridad ha dejado de ser voluntaria se convierte en una lucrativa industria que permite los abusos que se están viendo en Oxfam.

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