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Andalucía, víspera de España

Cuatro días después, celebraremos los cuarenta años de la Constitución Española y sólo se me ocurre comprar una esquela aseada en el ABC.

En pocos años han llegado al Congreso dos nuevos partidos que muy probablemente VOX eleve a tres cuando Pedro Sánchez quiera someterse al voto que jamás ha obtenido. Tres, que son casi cuatro, si la llegada de Pablo Casado al PP se consolida como ruptura con la casta de la era Rajoy. En todo caso, son cuatro líderes políticos jóvenes y recién llegados a una candidatura para gobernar España: Santiago Abascal (1976), Pablo Iglesias (1978), Albert Rivera (1979) y Pablo Casado (1981)

Abascal nació en el año de la Ley de Reforma Política surgida de las cortes franquistas, el famoso "harakiri" que permitió pasar "de la ley a la ley" y que tanto molesta a esa parte de la izquierda que hubiera preferido sangre sin siquiera haber nacido a tiempo. Iglesias llegó al mundo cuando se promulgó la Constitución Española que hoy considera un obstáculo a derribar. Rivera lo hizo durante las segundas elecciones generales de la democracia, año también de la Ley de Amnistía de la que Marcelino Camacho dijo: "¿Cómo podríamos reconciliarnos los que nos habíamos estado matando los unos a los otros, si no borráramos ese pasado de una vez para siempre?". Casado, nació en el crucial año del golpe del 23-F, de tan oportuna mención en estos tiempos. ​Los cuatro, después de Franco al que, según parece, urge desenterrar.

El Partido Popular se incomoda cuando Casado desempolva los principios fundacionales de su partido. Barones instalados en las baronías, con o sin gobierno, parecen preferir la comodidad y el disimulo del notario y muestran pereza por aquello de "refundar" a estas alturas. El nuevo PP todavía no ha medido su tamaño en Génova 13 y, pese al impulso inicial, ya se ha perdido en algunas estrategias cortas y campañas de marketing de pésima factura. No, Casado no tiene el control de su partido pero es el único, en muchos años, que parece saber lo que convence a sus votantes que una vez fueron más de diez millones. En pocas semanas fue capaz de ofrecer como solución creíble a la crisis política todo lo que su antecesor tiró por la borda para enterrar a Aznar. Su discurso, libre de asesorías e hipotecas, podría ser definitivo para llegar a La Moncloa. De los tres jóvenes de "las derechas" que tanto preocupan a la izquierda que no permiten apellidar, es el que reclama menos culto al líder. Ya hubo bastante y acabó como acabó.

Ciudadanos quiso "normalizarse" demasiado rápido como gran partido nacional y sacudirse el polvo de su origen: la resistencia contra el separatismo. Erró en algunas estrategias europeas ya olvidadas y volvió a hacerlo con la inexplicable operación Valls en Barcelona. Murió, por Albert Rivera y por Rosa Díez, la posibilidad de un gran partido de centro con una idea clara de España. Dos liderazgos eran imposibles. Pero nadie podrá negar que Albert Rivera fue el único que levantó la voz contra la omertá participada entonces por el PP y alimentada siempre por el PSC. Hoy "adornan" sus espacios familiares con pintura y dianas. Una vez le enviaron en un sobre una bala sin percutir y su foto con un disparo dibujado en la frente. No era un político profesional sino un ciudadano y hoy podría ser presidente del Gobierno.

VOX tiene hambre desmedida de escaño animado por ovaciones que pueden convertirse en cantos de sirenas. No parece que Santiago Abascal tenga intención de atarse al mástil, pero de no ser por la personación judicial de su partido en la causa del golpe de Estado quizá hoy nos habrían zanjado el peor delito que se puede cometer en democracia como una travesura. Su carácter "extraparlamentario" sólo se debe a la sencilla razón de que no han conseguido escaños en unas elecciones, como Sánchez, por cierto. Pero el término quiere traducirse como ausencia de requisitos democráticos para hacerlo. ETA ha querido matarlo a él y a su familia muchas veces por defender la democracia. No parece mala credencial. Pero este mismo viernes, la vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo, abusó de la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros para calificar a VOX de partido con "ideas anticonstitucionales". Justo después, confirmó que su Gobierno tiene una "relación fluida, como debe ser" con los partidos del golpe de Estado que han colocado a Sánchez en La Moncloa. Un día antes, la candidata socialista, Susana Díaz, acusó a Abascal de "justificar la violencia de género". Imputar delitos o dudar de la legalidad de un partido mientras se consiente un golpe de Estado o se hace desaparecer por destitución a un presunto "acosador" de la Junta de Andalucía es tan revelador de la deriva del PSOE como positivo para Santiago Abascal.

Los tres deben su existencia política a un vacío culposo provocado por un partido, el PP, y un líder, Mariano Rajoy, que resumió su vocación de servicio público el día de su despedida, lejos del lugar donde debatían su desalojo. Los tres deberían poner un día sobre la mesa el interés general frente a la vanidad. Andalucía puede ser la primera oportunidad.

Al otro lado están Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. El primero es la mejor herencia de José Luis Rodríguez Zapatero, dinamitero oficial de la convivencia en España y primer instigador del levantamiento separatista. La Constitución está desahuciada y hay un plan concreto contra la monarquía –parlamentaria, no se olvide– por su papel contra el golpe, pero el PSOE ha elegido contagiarse de una izquierda, la de Iglesias, que no oculta su férrea referencia chavista y su afán último: ganar la guerra civil. No hay nostalgia peor.

Es indudable que Andalucía necesita salir de un régimen que esconde un agujero de corrupción de cinco mil millones de euros y medio millar de personas investigadas. Pero además, pocas veces unas elecciones autonómicas han sido tan cruciales para todos como las que se celebran este domingo en Andalucía. Las catalanas del 155, con el golpismo intacto, fueron un fiasco, una afrenta, un 23-F con urnas y Tejero de candidato, una burla y una ilegalidad manifiesta tan rebelde y sediciosa como el propio golpe. Las del domingo son las primeras urnas que llegan de verdad desde el inicio de la gran crisis política provocada por un golpe de Estado. Tal y como están las cosas, y con lo que podrían empeorar, son casi constituyentes.

Cuatro días después, celebraremos los cuarenta años de la Constitución Española y sólo se me ocurre comprar una esquela aseada en el ABC. Una nueva generación (1976, 1978, 1979 y 1981) se enfrenta ahora a este abismo. Los cuatro nacieron después de Franco en un país que se esforzó enormemente por convivir y alcanzar una libertad que jamás se viera amenazada por una guerra. ¡En qué poco tiempo y con qué poca valía ha enviado esta izquierda al guano tanto esfuerzo!

El domingo no habremos salido completamente de dudas pero asomará por Andalucía, esperanzador o negro, el futuro de España.

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