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El partido de Aznar

Javier Somalo
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Lo único que aleja al PP del destino sufrido por el PSOE es la matraca de que es el partido más votado, que no es poco además de cierto. En el PSOE, los pésimos resultados consiguieron que las voces de pasillo dejaran de ser anónimas y se erigieran en alternativa. No sé si eso regenerará al partido acéfalo socialista pero su caída completa y estrepitosa era necesaria. Felipe González fue uno de los artífices de la defenestración de Pedro Sánchez y por ello se ganó el apodo de golpista y hasta le volvieron a mentar la bicha del GAL.

Ahora alza la voz hacia su partido otro ex presidente: José María Aznar, o FAES, o sea Aznar pero sin firma y contra el nuevo Poder Fáctico Fácilmente Reconocible, mucho más reconocible, de hecho, porque antaño era el Poder político de su partido. Detrás de un nuevo patronato que estatutariamente ya no es del PP, el ex presidente del Gobierno se ha dirigido directamente a la vicepresidenta Soraya Sáez de Santamaría por su renuncia pública a los principios del partido en la relanzada política de apaciguamiento con el separatismo catalán. La respuesta oficial del aparato ha sido la habitual: FAES ya no es… Pero, ¿y Aznar? ¿Es o no es? La firma explícita del presidente de honor les habría dejado, al menos, sin la manida coartada de que los que molestan ya no son o ya no están.

Antes de caer en la tentación de vislumbrar un gobierno formado por el Patronato actual de FAES conviene analizar si estamos ante otro toque a rebato sin espadas. Casi todas las veces que Aznar, por él mismo o bajo el paraguas fundacional, ha analizado la actualidad de forma crítica pienso dos cosas: que tiene razón y parte de culpa. Es muy difícil explicar por qué no resolvió ciertos asuntos cuando pudo hacerlo.

Una vez más, la llegada de José Luis Rodríguez Zapatero ayuda a responder muchas de estas interrogantes: nadie esperaba que fuera posible hundir España como él lo hizo. Las debilidades y cesiones sucedidas en la era absoluta de Aznar fueron aprovechadas al milímetro por Zapatero para voltear a España y al PP. Es triste reconocerlo pero el socialista sentó cátedra: todo lo que él discutió ahora es discutible para el PP gobernante, hasta las armas de resistencia usadas por el propio PP contra aquel Zapatero del Estatut que hoy huele a fotos y banderas quemadas. A golpe de Estado. Zapatero no era Sagasta, fue Fernando VII y Aznar no supo o no quiso preverlo.

"No se preocupe Alteza, usted no podrá gobernar como yo", le dijo Franco al entonces Príncipe Juan Carlos cuando ya estaba casi seguro de su sucesión y del destino de España. Pero el joven Juan Carlos preguntaba por mera cortesía y por si la camarilla de El Pardo hacía de las suyas aprovechando con nocturnidad alguna fiebre. El Príncipe tenía un plan trazado, apoyado en brillantes informes, análisis y comentarios de muchas personas de valía para caminar hacia la democracia después de cuatro décadas de dictadura; Zapatero también tenía un plan: destruir el modelo de esa España que se alcanzó. Aznar ni se planteó que Zapatero podría cosechar tanto éxito como el Príncipe Juan Carlos –esta vez destruyendo lo construido– porque de hecho, nada invitaba a pensar que Zapatero llegaría a gobernar hasta que el 11-M catalizó el desastre. El relevo que no llegó era Mariano Rajoy y fue ahí donde se rompió la cadena que Aznar tenía pensado engranar desde su condición de ex presidente. Estando inesperadamente en la oposición, Rajoy fue destensando la tutela de su mentor hasta moldear un partido propio cuyo parecido con el fundacional es ya mera coincidencia, siempre salvo heroicas excepciones.

Recientemente FAES se desvinculó orgánicamente de su partido. FAES era el PP de Aznar, pues con las fundaciones hizo lo mismo que con el partido: unirlas bajo unas siglas que albergaron a conservadores, liberales, democristianos y los sempiternos socialdemócratas que moran en todos los partidos. Así como existía la AP, el PDP o la UL también estaban las fundaciones Cánovas del Castillo, Humanismo y Democracia y tres dedicadas a Iberoamérica. Las derechas en España siempre han tenido que aliar sus tendencias. Lo hizo la CEDA, lo hizo AP y lo hizo el PP. También las izquierdas pero de otra forma, más a su estilo, con más cadáveres, como tendremos oportunidad de recordar en el año que se nos viene encima, centenario de la revolución bolchevique.

El caso es que ahí andan liberales, conservadores y democristianos –y cada vez más socialdemócratas autóctonos– jugando al centro reformismo con tal de no ponerse enfrente de la izquierda y que les digan de derechas. Pero sin duda fue en Elche, en marzo de 2008 y tras el segundo fracaso electoral, donde la refundación del PP, de la derecha, se fue al garete por orden verbal y pública de Mariano Rajoy:

"Quiero que este partido sea lo que es,un partido popular, moderado, abierto e integrador, y no un partido de doctrinarios (…) Quiero estar donde estamos, en el Partido Popular Europeo, en el grupo popular en el Parlamento Europeo, teniendo como socios a Merkel y Sarkozy, y si alguien se quiere ir al partido liberal o al conservador que se vaya".

La prueba inequívoca de que la obsesión era ya entonces borrar la huella de Aznar es que tales partidos señalados como puerta de salida no existían, salvo en la memoria congelada de Rajoy, desde que el propio Aznar los refundó en el PP. Tras aquel discurso llegó el incesante goteo que acabó en copiosa fuga. Así que la orilla más cercana para los náufragos fue FAES, siempre más liberal que otra cosa y, en todo caso, lo más parecido a esos "doctrinarios" que no quisieron perder las señas de identidad del PP. FAES siguió elaborando papeles semanales, cuadernos mensuales, cursos y editando interesantes libros… pero perdió lectores dentro del partido. De hecho, muchos de los asuntos tratados empezaron a tocar seriamente los principios ideológicos –abandonados– de la formación política bajo la cual actuaba la fundación. FAES dejó de ser el tanque de ideas del PP cuando Rajoy les señaló la puerta en Elche y a partir de entonces, la mayor parte del PP se ha dedicado más bien a defenderse del trabajo de su Fundación.

Los argumentos "doctrinarios" eran los mismos antes que ahora, más aun en el asunto de la soberanía nacional: el separatista es inintegrable, el separatista no depone su actitud por dinero; lo coge y sigue avanzando con más dinero. El separatista necesita serlo siempre. Nada ha cambiado jamás frente a un separatismo con el apaciguamiento por más que quiera revestirse de una concienzuda realpolitik que, en caso de fiasco, daría paso presuntamente al inexorable imperio de la Ley. Aun si fuera cierto que el último cartucho es la Ley, ¿por qué unos merecen más oportunidades que otros ante el incumplimiento? ¿Por qué la aplicación de la Ley no es la primera instancia para la derecha actual en el gobierno? Aznar apaciguó, consciente de que entonces no era necesario –los mayores errores se comenten con abultadas mayorías absolutas porque se baja la guardia– y creyendo sinceramente que el liberalismo había llegado a España para quedarse con el cambio de siglo. El abrupto zapaterismo posterior a la tragedia del 11-M despertó de ese sueño a Aznar y anestesió a su partido.

Dicen que la vicepresidenta critica a Aznar en círculos privados acusándole de aquello del "catalán en la intimidad" y de haber sacrificado a Vidal Quadras en el altar de Jordi Pujol. Siendo eso cierto, ¿cómo puede Soraya reprochar nada a Aznar y luego triplicar la apuesta, quemar cuatro millones de firmas, naturalizar el golpismo y tratar de enjugarlo con nuestro dinero? En todo caso, la vicepresidenta ya ha sido respaldada oficialmente y sin ambages por Rajoy así que seguimos en Elche 2008, con el partido de Rajoy y reservado el derecho de admisión.

La única pega al escrito de Aznar es que no estuviera firmado por Aznar. Vuelve a tener razón y ya está más repartida la culpa. A ver qué pasa.

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