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La España detenida, un año después de la rumba

Javier Somalo
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A veces, la Transición vuelve a nuestros días como alma en pena para saldar deudas que quedaron pendientes. Lo demuestra el hecho de que hoy han sido útiles libros antiguos de Federico Jiménez Losantos, de Luis Herrero o de Jesús Cacho para ilustrar, por ejemplo, la figura de Mario Conde –y su séquito–, aquel que siempre quiso ser presidente del Gobierno aunque siempre tuvo mucho más poder que cualquiera de ellos. Vuelve la violencia familiar en los partidos superando en descaro y grosería aquellos episodios de guerristas, renovadores, turbo-renovadores… y vuelven los dosieres y escuchas de antaño, mucho más sofisticados pero de casi idéntico contenido. Pero los libros políticos de los ochenta y los noventa hoy son imposibles. Primero, porque hay menos libertad para escribirlos pero también, porque la precipitación de los acontecimientos acabaría con la paciencia de cualquier editor.

Todo sucede de pronto y, sin embargo, España está detenida en el tiempo y en la acción, sin gobierno ni visos de tenerlo en breve. Detenida también, porque genera población reclusa a marchas forzadas como si, súbitamente, hubiera que llenar ese vacío con redadas. España está detenida pero la familia Pujol lee las noticias desde su casa y el Supremo no atisba indicios contra Podemos ni se digna a indagar en los papeles de Venezuela o Irán porque es Panamá lo que está de moda. Detenida, pero Arnaldo Otegui anuncia peligro mientras concede entrevistas en las mismas televisiones que ahora interrogan a Bertín Osborne y respetan a Pedro Almodóvar, que está de estreno.

Por eso es lógico no resistirse a la tentación de pensar quién maneja los hilos o si todo es como una mesa de billar en la que se producen interminables y ya alocadas carambolas. Cuántas detenciones son cortina de humo, cuántas son daños colaterales necesarios para cobrarse una pieza mayor. Cuánta información permanece custodiada en el armero, lista para ser disparada, y cuántas respuestas posibles tiene el Qui Prodest que siempre cabe y conviene formular. La arbitrariedad y la total ausencia de independencia de poderes están añadiendo tensión al vacío de poder más importante de nuestra democracia. Y lo más grave es que es para llenarlo.

Pues esta es la España que la semana que viene se le presenta al Rey. ¿Quién quiere dirigirla? ¿Quién puede? ¿Habrá acaso pendiente en el armero algún titular que pueda o quiera afectar a Felipe VI, siquiera de rebote, a cuenta de los supuestos tejemanejes entre las manos sucias, las limpias, los que se las lavan y los que sujetan la bacinilla en el patio donde se juzga a su hermana? ¿Sigue enfadada la vicepresidenta con el sucesor de don Juan Carlos por no ser tan proclive a la injerencia política como el padre?

Renuncio al análisis sobre si habrá elecciones, pacto de izquierdas o triple salto mortal con pirueta. Me resulta imposible hacerlo sin disponer de un adelanto en exclusiva del calendario previsto de detenciones y registros, una première de la próxima película panameña off shore, off course. Lo malo es que, saliera lo que saliera de ese análisis –o de la realidad de los hechos– la democracia ha sufrido un zarpazo del que nos costará recuperarnos.

Pero aún falta algo para confirmar que, angustiosamente, repetimos lo vivido: la Feria de Abril. La rumba en caseta de la vicepresidenta del Gobierno. Nos la dedicó hace ahora un año, con el PP hundido en las encuestas, herido de muerte en las elecciones de Andalucía, a punto de perder por completo el poder regional y con su ex ministro Rodrigo Rato acogotado ya en un coche por un agente de la policía aduanera. Desde entonces han salido a escena Rita Barberá y la redada del PP valenciano, la dimisión de Esperanza Aguirre, la detención del alcalde de Granada, las cuentas de Aznar y sus presuntas citas con el ministro Montoro y el ministro de Industria José Manuel Soria.

Parece que el muñidor le haya cogido la medida a Mariano Rajoy desde aquellos SMS a Bárcenas: no sabía lo de Rita, no sabía lo de Alfonso Rus –"yo te quiero, coño"– y no sabía lo de Soria. Pero ahora todo se sabe y, lógicamente, se piden cuentas a Rajoy aunque haya perdido la afición al móvil. Y entonces, aquella oferta a Pedro Sánchez que sería difícil de rechazar o aquel acercamiento táctico y sigiloso a Albert Rivera o a su entorno se rompen en pedazos. El plan puede ser mucho más sencillo: si hay gobierno de izquierdas Rajoy se apartará; si hay elecciones irá como el candidato que tiene a sus amigos en la cárcel, dimitidos, investigados o todavía escondidos. Y regalará así, magníficos eslóganes electorales al contrincante. En todo caso, durará poco lo que esté por llegar.

No mucho antes de aquel baile de feria, la vicepresidenta ya le había asestado un golpe letal a la secretaria general del partido imponiendo a Juan Manuel Moreno Bonilla –perdería estrepitosamente– como candidato a las elecciones andaluzas ante José Luis Sanz, alcalde de Tomares y uno de los más votados de España, que prácticamente había sido ya incluido en el cartel. Desde antes, pero sobre todo desde entonces, las profundas hostilidades abiertas entre las dos son tan insalvables que hoy resultan incompatibles bajo el mismo techo político.

La rumba de la vicepresidenta fue entonces la exhibición del poder; el repaso de lo acontecido en este año político inter-ferias resulta sobrecogedor. ¿Cerrará España este año ominoso con la Rumba Final?

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