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Golpistas Sin Fronteras

Entre los que nos hacen daño y los que sabían que nos lo iban hacer, España ya ha estado demasiadas veces al borde del colapso. Hay que aprender la lección por una mera cuestión de supervivencia.

Entre los que nos hacen daño y los que sabían que nos lo iban hacer, España ya ha estado demasiadas veces al borde del colapso. Hay que aprender la lección por una mera cuestión de supervivencia.
Imagen de la invasión de Ceuta por miles de inmigrantes el pasado 31 de julio. | Europa Press

Las fronteras son malas hasta que de pronto un extraño entra en tu casa, te saluda mientras cenas y, sin perder la sonrisa, se mete en tu dormitorio y cierra la puerta.

Se identifica como bueno lo que carece de fronteras, esas líneas artificiales que estropean los mapas y marcan los límites de la avaricia. Pero los que defienden tanta diafanidad critican a la vez el libre mercado. O sea, no hay que tener fronteras, pero hay que fijar los precios.

Hay payasos (de verdad), bomberos, farmacéuticos, médicos y todo tipo de voluntarios 'sin fronteras' que emplean su tiempo libre en ayudar a los demás y, por lo general, lo hacen sin dobles fondos, aunque ni mucho menos es oro todo lo que reluce en esto del altruismo. Y luego están los tontos de solemnidad que pregonan el amor incondicional al prójimo desde un sofá y tras una cerradura de alta seguridad con cámaras inteligentes que distinguen a un caniche de un chorizo. Otra cosa es que llamen a su puerta y otra peor que se cuelen sin más desde una ventana. La hipocresía habitual, que ya es doctrina mayoritaria.

Paraísos tradicionales de la izquierda como China, la de la Gran Muralla, nunca abrió ni abrirá de veras sus fronteras que esconden millones de vergüenzas. Rusia mataba a sus soldados de la Segunda Guerra Mundial que volvían a casa con los ojos llenos de otro mundo. En Cuba o en Venezuela —¡todavía en Venezuela! — hay pasaportes vetados…

Esas fronteras se guardan de la libertad, su particular criptonita. Pero las fronteras de los países libres se protegen del mal, de las drogas, del tráfico mafioso de personas y, por supuesto, de las invasiones, elemento principal, y a veces finalista, de cualquier guerra. La prueba está en que más de 450 millones de ciudadanos europeos no necesitan pasaporte dentro del denominado espacio Schengen, salvo que PS diga una memez y provoque la caída de barreras.

¿Y qué ha pasado en Ceuta? Pues que no hay una marea humana huyendo de una guerra o una tragedia en Marruecos. No hay desplazados forzosos saliendo del infierno de una invasión genocida. Ni siquiera ha habido mafias porque esta vez estorbaban a una estrategia muy superior. Lo que hay es un estado teocrático expansionista que insiste en quedarse con territorios ajenos que nunca fueron suyos. Ni siquiera lo niegan: ya tienen el Sáhara, quieren Ceuta y Melilla y no tardarán en apuntar formalmente hacia las Islas Canarias. Y su método de invasión es meter a población civil de forma aparentemente espontánea.

La muy débil versión oficial de PS es que Marruecos no planeó cosa alguna. Si acaso hubo "incapacidad o inacción" y estaría por ver. De lo primero, cualquiera puede dudar porque el manejo de masas como ariete bélico es la mejor arma del país vecino desde la Marcha Verde de 1974. Y lo segundo, la inacción, se expone como si fuera un eximente. La clave exculpatoria es que no hubo un plan hostil. O sea que, en el mejor de los casos, según Sánchez, Marruecos no mató a la vieja… solo vio cómo la asesinaban y siguió a lo suyo. Además de mentir, no cabe más desvergüenza.

Lo resumió bien Alberto Núñez Feijóo. "Si es verdad dimita por incompetente y si es mentira dimita por cómplice". Pero la duda no cabía a la luz de los datos que demuestran la organización del asalto: "La operación salió de Marruecos", remarcó el jefe del PP. Faltan las razones de la ocultación: "¿Por qué tiene miedo a Marruecos? ¿Qué sabe Marruecos de usted?". Todo, por lo visto.

Santiago Abascal aportó un dato ineludible: "Entró más gente de la que reside". No cabe más invasión que la que supone mayoría numérica sobre la población invadida. Y Margarita Robles, cuyo teléfono también fue curioseado por Pegasus, declinó las ovaciones al líder, se quedó sentada y, después de promover el ascenso a coronel de Antonio Balas sin dejar la UCO, quizá deba buscarse otro sitio donde seguir sentada. Haberlo pensado antes, mucho antes.

Han quedado señalados por Pedro Sánchez agentes de información e inteligencia de las Fuerzas Armadas, policías, guardias civiles y, con la inestimable ayuda del ministro Marlaska, también jueces como María Tardón. Pero su querido parisino Mohamed tenía que salir airoso; despistado, como mucho. Y eso que ahora sabemos que, además, nos estuvieron espiando antes de desatar la invasión. A lo mejor si nos declararan la guerra o nos bombardearan… ¿Dónde queda en este episodio la tan cacareada 'legalidad internacional'?

No nos defienden ni los Estados Unidos ni Israel, quizá porque hemos sembrado demasiada cizaña con Gaza (Hamás) y la OTAN (gasto militar y chulería) y porque ni Estados Unidos ni Israel están en su mejor momento de liderazgo mundial. Y aquello de que hay que apoyar a Marruecos porque juega el papel de moderador del islam empieza a sonar a meme barato, sobre todo cuando en la partida de invasores nos exportan paquetes de asesinos yihadistas que ya eran conocidos por cualquier Policía del mundo, agentes alauitas infiltrados y guías militares de conquista.

Al final van a contestarnos, siempre a destiempo, a aquella pregunta que sólo se gritó en España los días 11, 12 y 13 de marzo de 2004: "¿Quién ha sido!". Entre los que nos hacen daño y los que ya sabían que nos lo iban hacer, España ha estado demasiadas veces al borde del infierno.

El que con golpes se acuesta… Hay que aprender la lección por una mera cuestión de supervivencia.

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